domingo, 18 de octubre de 2026

Entre Luz y Sombra [Campaña Rolemaster] Temporada 5 - Capítulo 31

Entre Luz y Sombra [Campaña Rolemaster] Temporada 5 - Capítulo 31

La Piedra inmóvil. El Duque Estigian.

Aquella noche ninguno de ellos quiso dormir dentro de Arwex.

La decisión no tenía tanto que ver con la hospitalidad de los Argion como con aquello que habían descubierto bajo sus pies. Daradoth había percibido una estructura imposible en la Vicisitud, una malla de hebras rectas y prácticamente inmóviles que parecía aprisionar la realidad alrededor de la fortaleza, y nadie sabía todavía qué efectos podía tener sobre sus propias capacidades.

Antes de regresar al Empíreo, Galad decidió realizar una prueba sencilla. Mientras atravesaban uno de los patios interiores de Arwex murmuró una breve oración y canalizó sobre sí mismo uno de los hechizos de protección más básicos que conocía.

El poder de Emmán respondió, pero algo se resistió.

No fue una oposición violenta ni una interrupción del vínculo con su dios. Galad continuaba sintiendo perfectamente la presencia de Emmán, pero tuvo que canalizar bastante más poder del habitual para conseguir un efecto que normalmente habría realizado casi sin pensar.

No dijo nada hasta que volvieron al dirigible.

—He probado a realizar un milagro dentro de Arwex —explicó entonces—. Ha funcionado, pero me ha costado bastante más de lo normal.

Daradoth frunció el ceño.

—¿Dentro de uno de los edificios?

—No. En un patio, todavía dentro del recinto.

Aquello hacía todavía más interesante el fenómeno. La influencia no se limitaba a las estancias excavadas en la montaña, aunque parecía lógico pensar que cuanto mayor fuese la cantidad de aquella piedra a su alrededor, mayor podría ser el efecto.

Symeon tenía su propia prueba en mente.

—Esta noche entraré en el Mundo Onírico. Pero desde aquí.

No quería descubrir qué ocurriría si intentaba atravesar las fronteras de la vigilia desde el interior de Arwex. Tal vez no sucediera nada, o tal vez consiguiera entrar y después no pudiera regresar.

Galad realizó sobre él las protecciones habituales y Symeon se recostó, cerró los ojos y dejó que su conciencia descendiera hacia el sueño.

El Mundo Onírico recibió al errante con su familiar irrealidad.

El Empíreo tenía allí su representación, al igual que las presencias de sus compañeros. Las enormes ballenas celestiales flotaban en la distancia y las formas imposibles de aquella dimensión se deslizaban lentamente bajo un firmamento que no obedecía a las mismas leyes que el cielo de la vigilia.

Nirintalath estaba allí. También Norafel, encogido en su habitual trance, inmóvil mientras Galad no empuñara a Églaras.

Symeon dirigió inmediatamente la mirada hacia Arwex.

Y no vio nada.

La montaña estaba allí, convertida en una gigantesca y amenazadora masa gris semejante a tantas otras elevaciones del Mundo Onírico.

Pero la fortaleza había desaparecido.

Symeon permaneció unos instantes observando el lugar, convencido de que debía de estar pasando algo por alto. Arwex tenía siglos de historia. Miles de hombres habían vivido, rezado, combatido, juzgado y muerto allí. Un lugar de semejante importancia debía haber dejado alguna clase de huella.

No había torres, ni murallas, ni salones, ni Argion.

Solo la montaña.

Se ocultó todo lo posible dentro del paisaje onírico y trató de percibir alguna presencia disimulada tras una barrera, un velo o una ilusión.

Nada. No parecía haber algo escondiéndose de él. Simplemente, Arwex no estaba allí.

«Esto no es normal», pensó, y se acercó a Nirintalath.

—Desde que hemos llegado, ¿has percibido algo extraño en ese lugar?

El espíritu de Dolor negó cualquier conocimiento especial. Su interés continuaba centrado en aquella inmensa criatura que habían encontrado tiempo atrás en el Mundo Onírico y contra la que esperaba que Symeon cumpliera su promesa de combatir.

—Lo haremos —le aseguró—. Pero antes necesito averiguar qué ocurre aquí. Mantente alerta. Si percibes algo extraño, intenta avisarme.

La forma de hacerlo planteaba un problema, pues Symeon no pensaba introducir la Espada del Dolor dentro de Arwex. Finalmente acordaron que, si el espíritu detectaba un peligro, intentaría hacer brillar el pomo del arma.

Después Symeon miró a Norafel.

El arcángel permanecía recogido sobre sí mismo, como sumido en una meditación que trascendía cualquier sueño mortal. Symeon se acercó, se sentó a su lado y rezó durante unos minutos.

—Norafel —dijo finalmente—. Estamos en un lugar que no comprendo. Hay algo extraño en la propia realidad. ¿Os ha mostrado Emmán alguna visión sobre Arwex? ¿Existe algún peligro que debamos conocer?

Los ojos dorados del arcángel se abrieron, y una tenue y dorada bruma luminosa escapó de ellos.

Norafel miró a Symeon y negó brevemente con la cabeza. Después volvió a su trance.

El Errante permaneció un instante sentado, decepcionado, antes de incorporarse. Terminó sus oraciones, inclinó respetuosamente la cabeza y comenzó a alejarse.

Entonces, escuchó la voz a su espalda —la voz de Norafel— que lo atravesó como una vibración.

—Tenéis que entender que no hay otro remedio. Debemos reiniciarlo todo. Hacédselo comprender a Galad. Es la voluntad de nuestro señor.

Symeon se giró, pero Norafel había regresado a su inmovilidad.

Cuando despertó, contó a sus compañeros todo cuanto había visto; o, más exactamente, todo cuanto no había visto.

—Arwex no existe en el Mundo Onírico —explicó—. La montaña sí. La fortaleza, no. No hay ninguna representación, ninguna huella. He intentado percibir algo oculto y no he encontrado nada.

Daradoth miró hacia la mole oscura que se recortaba más allá del Empíreo.

—Entonces debemos investigar la montaña.

Symeon asintió, pero todavía tenía algo más que decir.

Transmitió las palabras de Norafel.

Galad permaneció en silencio.

No era la primera vez que surgía aquella idea. Desde hacía algún tiempo, determinadas revelaciones celestiales parecían apuntar hacia una solución extrema: la realidad se encontraba tan dañada que quizá la única forma de salvarla fuera destruirla y comenzar de nuevo.

—Sigo pensando que debe existir otra solución —dijo Daradoth—. Si algo se ha roto, puede repararse.

Fajjeem, que escuchaba la conversación, intervino con cautela.

—Muchas culturas de Aredia creen que las almas regresan. Que vuelven a nacer.

—¿Estáis diciendo que destruir el mundo no las destruiría? —preguntó Yuria.

—Digo únicamente que es posible que las almas se reencarnen. No que me parezca una buena idea averiguarlo de esta manera.

Nadie mostró demasiado entusiasmo ante semejante experimento.

Galad, sin embargo, decidió pedir otra respuesta a Emmán antes de dormir. Esta vez utilizó su poder para que el dios inspirara un sueño con el príncipe Matwann.

La visión llegó.

Matwann se encontraba suspendido sobre un precipicio, aferrado desesperadamente a una roca mientras fragmentos de la pared se desprendían bajo sus manos y desaparecían en el vacío. Más allá del muchacho, la sima crecía, extendiéndose como una mancha negra que devoraba cuanto tocaba.

No parecía una oscuridad normal.

Parecía idéntica a la inexistencia que ya había provocado en Usturna.

Entonces, la visión cambió.

Galad empuñaba a Églaras.

La levantó hacia el cielo invocando el poder de Emmán y después hundió la espada en el suelo.

De la hoja surgieron grietas negras, que se extendieron en todas direcciones y alcanzaron al príncipe.

Matwann desapareció.

Después desaparecieron las rocas, el precipicio y todo cuanto existía alrededor.

Solo quedó la nada.

Galad despertó sobresaltado.

Emmán había respondido, pero no le había dicho dónde se encontraba Matwann. Parecía haberle repetido, una vez más, el mismo mensaje.

 

Apenas había comenzado la mañana cuando una pequeña comitiva de Argion se presentó junto al Empíreo. Sir Haldran de Veghar encabezaba el grupo.

—Lord Gwintar desea hablar con vosotros antes de que comiencen las actividades del día —explicó—. Ha pedido expresamente la presencia de Symeon, lady Yuria, lord Daradoth y el hermano Aldur.

Galad solicitó acompañarlos y no encontraron inconveniente. Armen los observó marchar desde la cubierta.

—Tened cuidado.

La fortaleza apenas había despertado cuando atravesaron sus puertas. Los corredores estaban silenciosos y la mayoría de los invitados todavía permanecían en sus alojamientos.

Gwintar de Hasalon los esperaba acompañado únicamente por la custodia de archivos lady Maelin Stadyr y la comandante de los Velos Grises —el cuerpo de vigilancia interna de la orden— lady Arveth de Sannor.

No perdió tiempo.

—Sentaos, por favor. No disponemos de mucho tiempo y quiero ir directamente al motivo por el que os he llamado. 

Esperó a que ocuparan sus lugares.

Lord Gwintar, lady Maelin y lady Arveth

—Esta noche he recordado ciertas cosas. Vuestros rostros me resultaban familiares, pero habéis cambiado y han pasado demasiados acontecimientos desde entonces.

Symeon comprendió inmediatamente a qué se refería.

Gwintar los había conocido en Rheynald.

Aquella vez había llegado acompañando al rey Randor.

—Quería pediros disculpas —continuó el gran maestre—. Participé en una decisión con la que, incluso entonces, no estaba plenamente de acuerdo. No sabía con exactitud qué pretendía encomendaros el rey, pero colaboré con él y acabasteis enviados a una misión de la que era muy difícil regresar con vida.

Durante unos segundos nadie respondió.

El recuerdo de Rheynald adquirió un significado distinto allí, bajo el techo de Arwex. Symeon volvió a contemplar al anciano de espalda recta sentado ante ellos.

«Así que sí nos recordaba.»

Le hablaron de Valeryan, que seguía en coma como consecuencia de todo cuanto había ocurrido después de aquella misión.

Gwintar bajó la mirada.

—En cuanto tenga ocasión viajaré a Rheynald. Quiero presentar personalmente mis respetos, y mis disculpas.

Aldur, conmovido por el gesto de sincero pesar, fue el primero en responder.

—Como hermano en Emmán, por mi parte estáis perdonado, mi señor.

Yuria agradeció las palabras del gran maestre. Reconocer un error de aquella naturaleza después de tantos años requería una clase de rectitud que no era frecuente entre quienes ostentaban tanto poder.

Daradoth fue más lejos.

—¿Por qué nos envió Randor allí?

Gwintar negó con la cabeza.

—Nunca me lo explicó.

—¿Y obedecisteis sin preguntar?

—Entonces sí.

La respuesta quedó suspendida en el aire.

—¿Y ahora? —preguntó Symeon.

Gwintar escogió cuidadosamente sus palabras, intercambiando una mirada con lady Maelin.

—Randor sigue siendo para mí el rey legítimo de Esthalia. Pero algunos de sus métodos no me parecen los mejores.

Su expresión se endureció.

—Y nada de cuanto diga ahora abandonará esta habitación.

Todos asintieron.

—Mi lealtad es hacia el Trono —continuó—. No hacia la persona que se sienta en él.

Aquello era mucho más de lo que esperaban escuchar.

Daradoth empezó a explorar las implicaciones de aquella frase. ¿Hasta dónde obedecerían los Argion a un monarca cuyas decisiones perjudicaran al propio reino?

Gwintar respondió recurriendo a los juramentos de la Orden: discreción respecto a los asuntos internos del reino, lealtad absoluta al Trono y compromiso contra toda traición y herejía.

—Si un gobernante traicionara al reino —admitió—, o cayese en herejía, la situación sería distinta. Pero una acusación semejante tendría que demostrarse más allá de cualquier duda. No hablamos de algo que pueda decidirse por sospechas.

Aquello dejaba abierta una puerta.

Estrecha, pero abierta.

Gwintar aprovechó entonces la reunión para plantear una cuestión diferente.

—Hay rumores acerca de Rheynald.

Las miradas se cruzaron.

—Se dice que la marca se ha pronunciado a favor de la reina Armen. Si eso es cierto, vuestra situación podría llegar a ser comprometida. Para la Corona, Armen es actualmente una traidora.

No era una amenaza. Era una advertencia.

Gwintar quería saber también qué había de cierto en los rumores según los cuales la propia reina había estado en Rheynald.

Symeon decidió no mentir.

—Sí. Armen estuvo allí.

Maelin se mantuvo inmóvil, pero Gwintar fijó toda su atención en él.

Symeon continuó. Les pidió que considerasen la posibilidad de que la reina hubiera sido controlada. Su aparición pública junto a Robeld de Baun, su compromiso y sus declaraciones podían haber sido reales y, sin embargo, no proceder de su propia voluntad.

Habló del cambio sufrido por el marqués de Arnualles después de despertar del extraño coma que lo había afectado años atrás.

Habló de la Sombra.

Y de cuanto habían descubierto desde entonces.

Daradoth reforzó sus palabras con algo mucho más tangible.

—Hemos combatido contra los ejércitos de Robeld de Baun. Hay elfos oscuros entre sus tropas. Servidores de la Sombra.

Eso sí constituía un hecho que podían afirmar personalmente.

—Robeld es nuestro enemigo —dijo Symeon—. La reina no estaba a su lado por voluntad propia.

Gwintar quería creerlos, o, al menos, así les pareció.

Pero su expresión no cambió.

—Necesitaría pruebas.

—¿Qué clase de pruebas?

—Algo que pueda presentar ante el resto de la Orden. Mi convencimiento personal no basta.

Daradoth comprendió la dificultad. Los Argion podían aceptar que Robeld estuviera relacionado con la Sombra y, aun así, eso no demostraba por sí mismo que Armen hubiera estado bajo un hechizo.

—La reina no ha traicionado al reino —insistió—. Y gracias a nuestra intervención, jamás se casará con Robeld de Baun.

—¿Gracias a vuestra...?  —en ese momento, Gwintar pareció darse cuenta de algo y levantó ligeramente una mano—. Tendremos que continuar esta conversación en otra ocasión. Ya ha amanecido.

No quería que los demás nobles los encontraran reunidos a solas.

Antes de terminar, preguntaron una vez más por Matwann.

El gran maestre no sabía nada.

El príncipe había desaparecido el mismo día que Armen cayó en manos de Robeld, cuando ambos se dirigían precisamente hacia Arwex.

No había llegado ninguna noticia fiable desde entonces.

Symeon observó a Gwintar y a Maelin con atención mientras hablaban del muchacho, pero no percibió nada extraño.

Finalmente hizo una petición.

—Lady Theryn nos habló de las reliquias que custodiáis. Necesitamos examinarlas. No pretendemos sacar nada de Arwex, pero conocemos algunos objetos vinculados a la Sombra y podría haber algo peligroso incluso para vosotros.

Gwintar apenas necesitó pensarlo.

—Podéis hacerlo. Lady Theryn os acompañará junto con varios oficiales de la Orden.

Symeon ocultó su satisfacción. Al menos una puerta de Arwex acababa de abrirse.

Cuando abandonaron el edificio, unas trompetas resonaron en los caminos inferiores.

Una nueva delegación se aproximaba a Arwex. Era el séquito del marqués de Nátinar, otro de los antiguos Grandes del Reino. Con su llegada, el círculo de nobles convocados para asistir al juicio se estrechaba todavía más.

Lady Erwinna, representante de Dahier, era ya una de las pocas delegaciones relevantes que aún faltaban.

Los compañeros, sin embargo, tenían otros asuntos.

Lady Theryn de Gwendar los esperaba acompañada por cinco Argion.

—No sé cómo habéis conseguido que lord Gwintar os conceda permiso tan rápidamente —comentó a Symeon.

—Simplemente preguntando —contestó el errante, afable.

Theryn sonrió ligeramente.

Después los condujo hacia las profundidades de Arwex.

Atravesaron corredores cada vez más antiguos, descendieron escaleras y cruzaron puertas vigiladas hasta abandonar prácticamente cualquier estructura que pudiera considerarse parte de una fortaleza convencional.

Allí estaban dentro de la montaña.

Pero tampoco aquello se parecía a una cueva.

Las paredes habían sido trabajadas hasta formar superficies lisas y rectas. Los techos estaban igualmente tallados, con ángulos precisos y planos casi perfectos. No había marcas de runas, inscripciones protectoras ni ornamentación alguna.

Solo aquella piedra gris.

La misma que constituía buena parte de Arwex.

Llegaron finalmente ante una enorme puerta, que también estaba hecha de piedra.

Dos hombres necesitaron hacer un esfuerzo considerable para moverla.

—¿Alguna precaución antes de entrar? —preguntó Symeon.

—Las reliquias son inertes mientras permanecen aquí —respondió Theryn—. Esa es precisamente la razón por la que esta cámara se utiliza para custodiarlas.

Entraron.

Theryn fue la primera.

Symeon la siguió.

Después Yuria.

Y en el momento en que la pesada puerta quedó completamente cerrada, Yuria ahogó una exclamación.

El objeto protector que llevaba al cuello comenzó a provocarle agudos pinchazos.

Primero resultaron molestos. Después, insoportables.

Tuvo que quitárselo. La sensación desapareció inmediatamente.

Yuria sostuvo el objeto entre los dedos durante unos segundos antes de guardarlo.

Se sintió extrañamente desnuda.

Había llevado aquella protección durante tanto tiempo que solo comprendió cuánto dependía de ella cuando dejó de sentirla sobre su cuerpo.

La cámara era una bóveda rectangular de dimensiones considerables, con un techo escalonado y numerosos arcones, estantes y soportes distribuidos de una forma mucho más ordenada de lo que el aspecto exterior podía sugerir.

Allí los Argion habían almacenado objetos procedentes de prácticamente toda Aredia. Reliquias emmanitas, objetos vestalenses, piezas recuperadas en las regiones septentrionales y en el lejano sur, quizá incluso procedentes del otro lado del océano. Había armas, anillos, joyas, coronas, armaduras, bastones, cetros, varas...

También libros cuya procedencia se había perdido hacía generaciones.

Muchos tenían siglos de antigüedad.

Y todos permanecían apagados.

Symeon examinó varios de ellos, pero no percibía actividad. Daradoth tampoco detectaba Sombra.

Galad, en cambio, concentró su percepción sobre la Vicisitud.

El resultado fue todavía más extraño que el día anterior.

Las hebras de la realidad que correspondían a sus compañeros conservaban la vibración habitual. Pero alrededor de ellos se levantaba una auténtica jaula de líneas rectas, perfectamente ordenadas y apenas vibrantes.

También las reliquias parecían atrapadas dentro de aquella estructura.

El objeto que Yuria acababa de quitarse resultaba diferente: vibraba durante unos instantes, se detenía por completo y volvía a vibrar, una y otra vez, como si intentara responder a una presión que no conseguía superar.

—Esto está reaccionando —murmuró Galad.

Symeon intentó percibir el Mundo Onírico desde el interior de la cámara.

No pudo.

No era simplemente que no viera nada, sino que sentía una barrera. Aquella sala estaba aislada.

Lady Theryn comenzó a mostrarles algunas de las reliquias consideradas más peligrosas.

Una de ellas era una vara recuperada en el norte muchos años atrás. Estaba cubierta por símbolos extraños y había sido encontrada en una región devastada, relacionada según los registros con los acontecimientos del Año del Invierno Eterno.

Symeon contempló las inscripciones durante largo rato.

Le resultaban familiares.

Finalmente recordó dónde las había visto.

—El Círculo Externo.

Aquello hizo que los demás prestaran todavía más atención.

El Círculo Externo había estado vinculado precisamente a los acontecimientos que desencadenaron aquel invierno.

Theryn confirmó que la relación era una de las razones por las que los Argion consideraban la vara extremadamente peligrosa, aunque desconocían su poder concreto.

Yuria reconoció otra pieza.

Era una pequeña estatuilla de piedra, trabajada según un estilo propio de los pueblos de Irza. Poseía cuatro rostros y una extraña disposición de cuerpos entrelazados.

—¿Qué hace?

Theryn recurrió a los registros de la Orden.

—Según las crónicas, puede levantar cuatro seres de piedra.

—¿Gólems?

—No sabría llamarlos así. Los escritos los describen como criaturas de un tamaño y una fuerza difíciles de imaginar.

Yuria contempló la pequeña figura.

Resultaba difícil reconciliar aquel objeto inerte con algo capaz de realizar semejante prodigio.

Pero la pieza que más interés despertó en Symeon fue un gran volumen antiguo.

El título estaba escrito en cántico.

Una sola palabra: CREACIÓN.

Symeon lo abrió, pero las páginas parecían vacías.

—¿Qué contiene?

Theryn negó con la cabeza.

—Tendría que consultar los registros. Recuerdo que está relacionado con la creación de algún objeto o algo así, pero no mucho más.

No permitían sacar ninguna de aquellas piezas de la cámara. Ni siquiera para estudiarlas.

Los compañeros aceptaron la restricción. Después de cuanto habían visto, Symeon no estaba seguro de que él mismo quisiera descubrir qué ocurriría si aquella vara, aquella estatua o el libro recuperaban su poder en mitad de Arwex.

Experimentaron abriendo la puerta.

No ocurrió nada evidente.

Las reliquias no parecieron despertar inmediatamente ni aparecieron caracteres en las páginas del libro. Sin embargo, el fenómeno que había sufrido Yuria se había manifestado únicamente cuando la cámara quedó completamente cerrada, lo que sugería que la estructura funcionaba de algún modo como un recipiente aislado.

Y cuanto más lo estudiaban, más preguntas aparecían.

—¿Quién construyó esta sala? —preguntó finalmente Yuria.

Theryn negó con la cabeza.

—No lo sabemos.

—¿Los Argion no la excavaron?

—No. Arwex se construyó sobre un complejo que ya existía.

Los compañeros se miraron.

Aquello cambiaba las cosas.

Las estancias más profundas eran anteriores a la propia fortaleza.

Mucho más antiguas.

No existían registros sobre sus constructores ni sobre el método empleado para conseguir aquellas superficies casi perfectas. Las ampliaciones posteriores habían utilizado piedra procedente de la cantera cercana, tallada siguiendo instrucciones transmitidas durante generaciones para conseguir bloques extraordinariamente rectos, pero la estructura original ya estaba allí cuando los Argion se establecieron en la montaña.

Pidieron visitar otra de aquellas antiguas salas.

Theryn accedió.

La estancia tenía paredes de la misma piedra, pero la puerta era convencional, de madera.

Yuria entró.

Nada.

Su protección no reaccionó.

Aquello parecía confirmar que no bastaba con encontrarse rodeado por aquella piedra. La configuración de la cámara, y especialmente la posibilidad de cerrarla completamente con una puerta del mismo material, desempeñaba algún papel fundamental.

—Es como una caja —murmuró Yuria.

Una caja que aislaba lo que había dentro.

No sabían de qué.

Al abandonar las profundidades de Arwex, Symeon explicó que tampoco había conseguido percibir el Mundo Onírico desde la cámara.

Yuria relató con detalle los pinchazos sufridos por su protección.

Galad añadió cuanto había observado en la Vicisitud.

Todas las piezas parecían encajar en un mismo misterio, pero todavía no sabían cuál era la imagen completa.

—Tenemos que ver la cantera —dijo Daradoth.

Lady Theryn les indicó el camino.

Decidieron llevar consigo a Garâkh, recogiéndolo del Empíreo. Aunque el enano no era cantero, quizá hubiera visto materiales semejantes en alguno de sus viajes. Arakariann también se unió a ellos.

La cantera se encontraba a unos veinte minutos de Arwex.

Era una explotación pequeña, utilizada únicamente cuando la Orden necesitaba nuevos bloques. Cuatro o cinco canteros trabajaban allí aquel día y recibieron a los visitantes con una mezcla de curiosidad y desconcierto.

La roca aparecía expuesta en grandes superficies.

Cuando estaba cortada en planos rectos adquiría aquel aspecto casi metálico que habían observado en la fortaleza. Los fragmentos irregulares, en cambio, parecían mucho más vulgares.

Los canteros explicaron el procedimiento.

Introducían cinceles y cuñas en los puntos precisos, utilizaban agua y cambios de temperatura y repetían el proceso durante horas, incluso días, hasta conseguir separar los bloques siguiendo líneas casi perfectas. La técnica se encontraba documentada desde hacía siglos y había sido transmitida de generación en generación.

Nadie sabía quién la había desarrollado originalmente.

—Nosotros utilizaríamos métodos más… invasivos —comentó Garâkh al escuchar la explicación.

Yuria sonrió.

—¿Más avanzados?

El enano meditó la palabra.

—Más violentos.

Ni Garâkh ni Arakariann habían visto nunca una piedra semejante.

Daradoth y Galad volvieron a concentrarse sobre la Vicisitud. Desde aquella distancia, la anomalía resultaba mucho más fácil de delimitar. Arwex destacaba como una región de geometría imposible.

Las líneas rectas y prácticamente inmóviles se extendían por buena parte de la fortaleza, penetraban en sectores concretos de la montaña y reaparecían en determinadas zonas de la cantera.

Fuera de allí, desaparecían.

Daradoth se aproximó mentalmente a una de aquellas hebras, que formaba parte de las rocas en proceso de corte.

Intentó tocarla con su consciencia.

No ocurrió nada.

Con las hebras normales de la realidad, cualquier contacto producía vibraciones. Era posible sentirlas, desplazarlas ligeramente o incluso deformarlas si se comprendía suficientemente bien la Vicisitud.

Aquella no. Era rígida.

Daradoth intentó hacerla vibrar. Nada.

Le transmitió una pequeña cantidad de poder. La hebra permaneció absolutamente inmóvil.

—No reacciona.

—¿En absoluto? —preguntó Symeon.

—En absoluto.

Galad realizó otra prueba.

Lanzó el mismo milagro de protección que había utilizado dentro de Arwex.

Funcionó.

Pero mientras permaneció entre grandes masas de aquella roca necesitó algo más de esfuerzo. Al alejarse hacia una zona abierta, el efecto volvió prácticamente a la normalidad.

La piedra estaba relacionada con el fenómeno, eso ya resultaba difícil de negar. Lo que continuaban ignorando era cómo.

Yuria pidió varias muestras para estudiarlas más adelante y encargaron a uno de los canteros que preparara algunos fragmentos tallados. Incluso plantearon la posibilidad de fabricar una pequeña caja completamente cerrada con aquel material.

Si conseguían reproducir el efecto de la cámara de reliquias, las implicaciones serían enormes.

Quizá podrían aislar objetos peligrosos.

Quizá incluso una kothmor.

Pero todavía era solo una hipótesis.

Cuando regresaron al Empíreo, encontraron a sus ocupantes bastante más nerviosos de lo habitual.

Alexadar Stadyr llevaba un tiempo buscándolos.

Había llegado el momento de entrevistarse con Woderyan Estigian.

Mientras ellos investigaban la montaña, la delegación del marqués de Nátinar ya se había instalado en Arwex. Lady Erwinna, en cambio, no llegaría previsiblemente hasta el día siguiente.

Antes de marcharse, contaron a Armen y Alexadar lo ocurrido durante la reunión con Gwintar.

La reina escuchó con especial interés la declaración de lealtad al Trono.

—Quizá haya llegado el momento de hablar con él —dijo.

Alexadar meditó unos segundos.

—Gwintar es un hombre recto. No creo que os traicionara deliberadamente. Pero tampoco traicionará sus juramentos por simpatía.

—Entonces no necesito su simpatía —respondió Armen—. Necesito que conozca la verdad.

La posibilidad quedó planteada, pero no la llevarían a cabo todavía. Primero debían hablar con Woderyan.

Dos jueces Argion los acompañaron hasta las habitaciones donde permanecía retenido el duque de Estigia. Antes de permitirles entrar, los guardias comprobaron que ninguno portara armas. Incluso los objetos más ambiguos quedaron fuera.

Woderyan no estaba encerrado en una celda.

Sus aposentos correspondían a su posición y no parecía haber sufrido malos tratos, pero el efecto psicológico de su cautiverio resultaba evidente.

El duque de Estigia, uno de los hombres más poderosos del reino, parecía cansado. Y humillado.

Cuando vio entrar a Alexadar, su expresión cambió.

—¡Alexadar!

Los dos nobles se saludaron con verdadero afecto.

—Vaya circunstancias para volver a encontrarnos.

—Quería comprobar personalmente cómo estabais.

—Los Argion me tratan correctamente. No puedo quejarme de eso. Pero todo esto es una trampa.

Alexadar presentó a sus acompañantes como aliados y consejeros. Con los jueces presentes no podían revelar la verdadera razón por la que habían llegado a Arwex.

Woderyan quiso saber inmediatamente qué ocurría fuera.

Pero antes necesitaban comprender su situación.

—¿De qué se os acusa exactamente? —preguntó Daradoth.

El duque suspiró, pues la lista no era corta.

Traición a la Corona, contactos no autorizados con la Federación de Príncipes Comerciantes, una alianza indebida con Mervan, acercamiento a la reina Armen sin mandato de Randor, y conspiración con Robeld de Baun para colocar a Armen y al propio Robeld en el Trono.

Tres de sus propios vasallos habían formulado la acusación.

Woderyan negaba la conspiración, pero no podía negar todos los hechos.

—He mantenido contactos con los Príncipes Comerciantes —admitió—. Como prácticamente todos los nobles de cierta importancia.

—La acusación parece referirse a algo más que relaciones comerciales.

El duque asintió.

Había enviado tropas a Mervan durante la invasión de los jinetes del sur. Desde el punto de vista de sus acusadores, Esthalia necesitaba aquellas fuerzas y desviarlas fuera del reino podía interpretarse como una traición.

Woderyan lo veía de otra manera.

La amenaza había afectado a toda la región y ayudar a Mervan había contribuido a detenerla antes de que pudiera crecer.

Aquello podían defenderlo.

Las cartas resultaban más complicadas.

—¿Habéis mantenido correspondencia con Robeld de Baun? —preguntó Daradoth.

Woderyan tardó un instante en responder.

—Sí.

La palabra cayó pesadamente sobre la habitación.

—Él inició el contacto. Quería atraerme a su causa.

Robeld había utilizado el compromiso con Armen como argumento. Afirmaba actuar en nombre de la reina, presentaba su facción como la fuerza capaz de restaurar el orden y aseguraba contar incluso con el príncipe heredero.

Woderyan había respondido.

Varias veces.

—¿Qué decían vuestras cartas?

—Nada que implicara una traición a la Corona.

Titubeó.

—Aunque admito que algunas frases podrían interpretarse de otra manera si se sacan de contexto.

Daradoth intercambió una mirada con Symeon.

Aquello era un problema.

Woderyan explicó que se había interesado por el estado de Armen. Quería comprender qué estaba ocurriendo y hasta qué punto la reina apoyaba realmente a Robeld. En algunos momentos había mantenido deliberadamente una posición ambigua para que el marqués continuara escribiéndole.

—Responder a un enemigo no significa servirlo —dijo Yuria—. Puede utilizarse para obtener información.

—Eso pienso yo.

—Pero una carta también puede ser una prueba —advirtió Daradoth—. Dependerá de lo que haya escrito.

Woderyan bajó la mirada.

—Lo sé.

La siguiente pregunta era todavía más importante.

—¿Quién sabía que manteníais esa correspondencia?

—Nadie de mi consejo.

Daradoth frunció el ceño.

—¿Nadie?

—Nadie. No confiaba suficientemente en nadie como para compartirlo.

—Entonces ¿cómo han conseguido las cartas?

Woderyan no tenía respuesta.

Solo los mensajeros conocían su existencia.

Había enviado varios, quizá cuatro o cinco a lo largo de aquellas comunicaciones. Algunos regresaron confirmando que habían entregado sus mensajes. Otros desaparecieron, aunque en un país en guerra aquello no constituía por sí mismo una prueba de traición.

—Si uno de los mensajeros trabajaba para vuestros enemigos… —murmuró Symeon.

—O si las cartas fueron copiadas antes de entregarse —añadió Yuria.

No podían saberlo.

Robeld, por su parte, había insistido una y otra vez en que Woderyan debía cambiar de bando. Hablaba de la legitimidad de Armen, de la necesidad de terminar con la sangría del reino y de la supuesta incapacidad de Randor para gobernar.

El duque dirigió una mirada fugaz hacia los jueces presentes.

—Randor abolió los títulos de los Grandes del Reino sin una razón que yo pudiera comprender. Y envió a Valeryan de Rheynald a aquella misión que vosotros conocéis. No digo que Robeld tuviera razón. Digo que algunas de las preguntas que planteaba no eran completamente absurdas.

Después guardó silencio.

Parecía mucho más viejo de repente.

—Había perdido casi toda esperanza —confesó—. Veros aquí, Alexadar… al menos significa que todavía queda alguna.

Mencionó entonces a su hijo, Rodyan.

También había sido apresado.

No porque existieran pruebas directas de que hubiera participado en aquellas decisiones, sino por ser uno de sus principales aliados y heredero del ducado.

—Él no sabía nada —aseguró Woderyan—. Espero al menos que lo liberen. Aunque no sé si quedará un ducado que pueda heredar cuando todo esto termine.

Alexadar decidió entonces darle una noticia.

—Quizá hayáis oído rumores procedentes de Rheynald.

Woderyan levantó la mirada.

—¿Qué rumores?

—Armen ha aparecido allí.

Por primera vez desde que entraron, el duque pareció olvidar su propia situación.

—¿La reina?

—Ya no está con Robeld de Baun. Todo apunta a que se encontraba bajo alguna clase de influencia.

La transformación en Woderyan fue inmediata.

—Entonces… ¿es libre?

—Sí.

El duque dejó escapar el aire lentamente.

—Esa es una noticia magnífica.

No podían contarle más con los jueces presentes.

Se despidieron poco después.

Alexadar prometió defenderlo en el juicio.

Pero cuando abandonaron la torre, ninguno de ellos estaba tan seguro de cómo hacerlo.

En cuanto estuvieron suficientemente lejos de oídos ajenos, comenzaron a discutir.

—Hay cosas que no me cuadran —dijo Daradoth—. No estoy diciendo que sea culpable de alta traición. Pero tampoco puedo decir que sea completamente inocente.

Yuria no veía el intercambio de correspondencia como una condena automática. Un comandante podía comunicarse con un enemigo para obtener información, ganar tiempo o descubrir sus intenciones.

Otros eran bastante menos indulgentes.

Robeld estaba en guerra con Randor, Woderyan sabía que aquello ocurría, y, aun así, había mantenido numerosas comunicaciones con él.

El contenido exacto de aquellas cartas se había convertido en el centro de todo.

—Tenemos que verlas —dijo Symeon—. Hasta que no sepamos qué escribió realmente, estamos discutiendo a ciegas.

También resultaba sospechoso que las respuestas de Woderyan hubieran acabado en manos de sus acusadores cuando, según él, nadie de su entorno conocía su existencia.

Quizá uno de los mensajeros lo había traicionado, quizá las habían interceptado, o quizá el duque no les había contado toda la verdad.

Su principal ejército continuaba combatiendo en el frente a favor de Randor, un argumento importante para la defensa. También podían justificar en buena medida la ayuda enviada a Mervan.

Pero las cartas seguían allí.

Alexadar reconoció la dificultad.

—Con tantos nobles inclinados en su contra, no será fácil. La aparición de Armen podría alterar la situación.

Daradoth no estaba convencido.

Demostrar la inocencia de la reina no eliminaba automáticamente la responsabilidad de Woderyan por mantener contactos con Robeld.

Pero podía cambiar el significado de esas cartas si realmente habían sido escritas para averiguar qué había ocurrido con ella.

Y, sobre todo, podía transformar por completo el equilibrio político dentro de Arwex.

—Necesitamos que Gwintar hable con Armen —dijo Symeon—. A solas.

Si el gran maestre escuchaba la verdad directamente de labios de la reina y encontraba razones para creerla, su posición podía resultar decisiva cuando llegara el juicio.

No sería suficiente para salvar a Woderyan.

Pero quizá fuera el primer paso.

Sobre ellos se alzaba Arwex, asentada sobre una piedra que se negaba a vibrar, a cambiar o a ceder ante el poder.

Dentro de sus muros, sin embargo, todo empezaba a moverse.

Y el destino de Estigian podía depender de unas cuantas palabras escritas sobre papel.

 





Red de Rol

via Rol Ex Machina

October 18, 2026 at 06:29AM