Soy de los que, si tengo ocasión, me gusta emplear miniaturas y escenografía en las partidas. No en todas, no siempre, pero es algo que me gusta hacer. Conozco jugadores que afirman que el uso de este tipo de recurso les saca de la partida. También conozco a otros que afirman que su empleo les facilita la inmersión en la partida. Como ambas cosas no pueden ser verdades objetivas de forma simultánea, no puedo sino pensar que es algo que funciona bien con unos y mal con otros. Alcanzado este punto la discusión se vuelve estéril, una de esas guerras de trincheras a las que tan aficionados parecemos ser.
En cuanto a mí, siempre me han gustado las miniaturas. Las primeras con las que me hice fueron algunas tropas británicas y alemanas, soldaditos y también algunos tanques y aviones, con los que me monté un pequeño diorama que representaba un campo de batalla desértico.
Mis primeras miniaturas aptas para juegos de rol, tal y como se suele entender ahora, fueron, como las de tantos otros, las del HeroQuest, el juego que Games Workshop preparó para MB. Los avatares del tiempo han dado al traste con la mayoría de mis componentes del juego, incluidas la mayoría de miniaturas, pero todavía conservo varias. Y les doy uso (a los zombis y esqueletos deben de haberles matado docenas de veces).
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| Algunas de mis primeras miniaturas |
La cosa se disparó cuando salió Warhammer Fantasy (el juego de batallas, no el de rol). Un amigo, miembro también del primigenio club que entre unos cuantos montamos por aquel entonces (con sede en un centro social del barrio) tenía este juego en inglés, antes incluso de que hubiese sido traducido (también disponía del juego de rol, igualmente en su versión original), y cuando lo trajo al club para mí fue una revelación. Jugué algunas partidas y descubrí que aquello me encantaba. Comencé a comprar algunas cajas de miniaturas de plástico -por aquel entonces Games Workshop tenía precios asequibles, quien lo diría-, algunos héroes y tropas especiales en metal y el libro de ejército de los altos elfos (y en inglés, que no se me daba muy bien. Como tantos roleros, la perentoria necesidad de poder leer los manuales que no se encontraban en castellano fue el mejor acicate para mejorar mi nivel en esta lengua). Luego salió el juego en castellano, que conseguí que me regalaran las siguientes navidades y a jugar como loco.
Algunos miembros más del club también estaban afectados por la fiebre de Warhammer (siempre el de Fantasía; el 40000 nunca me ha hecho gracia, aunque tengo el manual de la primera edición, que publicó Álfil Games en castellano hace, buf, una montonera de años) y jugamos mucho en el club, incluso organizamos campañas en las que los ejércitos de los dos bandos se desplazaban por un mapa del Viejo Mundo buscando la conquista de ciudades y acabar con ejércitos enemigos (llegamos a hacer esto con tal vez una docena de jugadores, y en dos ó tres ocasiones, lo que es ser joven y tener tiempo y ganas) para hacer puntos y ver el conteo final. En fin, buenos recuerdos, como se suele decir.
Incluso cuando jugábamos a Warhammer en aquel club, el apego por las miniaturas no parecía tan arraigado en otros como me ocurría a mí. Creo que yo era el único que tenía el ejército más o menos pintado. Los demás pasaban de ponerse con los pinceles -no les culpo, yo odio mucho y fuerte pintar miniaturas, lo que pasa es que me encanta tenerlas pintadas. Y eso a pesar de que con mi habilidad lo que hago más bien es mancharlas-, o incluso de contar con las miniaturas en sí. El que no podía hacerse un ejército montaba sus unidades con algunas miniaturas (todas grises) en primera fila y el resto con peanas vacías. Y a correr. Nunca se lo reproché a nadie ni lo voy a hacer ahora, pero me habría gustado que alguno de los otros también hubiese puesto un ejército con algo de colorido en las minis. En fin.
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Estas no las pinté yo. Se nota porque están bien pintadas. Aunque también acusan el paso del tiempo. |
(pasé por la quinta edición, que era muy parecida a la anterior y me planté con la sexta, que aunque tengo, creo que no llegué a jugar jamás; y eso que aquella me gustó, pero lo que vino después ya me daba grima), nunca perdí mi interés por las miniaturas. Que me gustaba emplear también en los juegos de rol. Durante un tiempo estuve reuniendo muchas de las prepintadas para D&D, tanto de la época de tercera como de la cuarta edición. Algunas son espantosas, otras son sorprendentemente buenas, pero todas son muy prácticas de utilizar.
Ahora bien, cuando digo que me gustaba utilizar miniaturas en las partidas roleras, quiero decir que lo que hacía era poner las figuras que representaban a tal o cuál PJ, a los miembros de la oposición y dejar claro las posiciones y movimientos respectivos. No de forma muy estricta, no hacíamos uso de una cuadrícula ni se estipulaban los límites, más allá del sentido común, de lo que alguien pudiese moverse. Las miniaturas adornaban y ayudaban a hacerse una idea de la situación. Al final, casi daba lo mismo utilizarlas o no, pero yo era el tontico de las miniaturas y me gustaba verlas sobre la mesa, representando a los PJ y las situaciones a las que se enfrentaban. Tampoco tenía una gran variedad, así que las minis de la oposición se repetían más que Al Leong. Y cuando aparecía algo que no podía representar con lo que contaba, tocaba echar mano a la imaginación. La de botes de refresco vacíos que habrán pasado por gigantes y dragones.
Ni siquiera la publicación de D&D3ª pudo sacarme de esta forma de entender el empleo de las miniaturas en una partida. Yo pasaba mucho de las retículas con sus cuadraditos y demás. Y eso que se trata de un juego en el que se entiende que, por defecto, se juega de esta forma. Pero nada, yo a mi bola. Hasta que apareció Pathfinder.
En 2010, al poco de su publicación, compré un manual de este juego, que me tendría fuertemente atrapado durante los siguientes dos años, más o menos. Y Pathfinder -la primera edición, claro- no deja de ser una versión de D&D3ª -o D&D3.5, según se mire-, pero en esta ocasión sí quise jugarlo tan y como venía preparado. Y eso significaba no solo miniaturas, que ya tenía bastantes por aquel entonces, aunque la colección no dejaría de aumentar-, sino también la representación del entorno por el que se moverían. Y ahí entré en un mundo totalmente nuevo. El mundo de la escenografía.
Hasta aquel entonces, aquello era algo a lo que apenas había prestado atención. Después de todo, mi yo adolescente pensaba que si tenías algo de dinero, mejor usarlo en miniaturas que en árboles ¿no?. Lo normal era emplear cualquier cosa que se tuviese a mano para representar tipos de terreno y accidentes geográficos. Un par de jugadores con más iniciativa que el resto tuvo a bien recortar una cartulina azul para hacer lagos y ríos, una verde para hacer bosques y pegar algunos pedazos de un panel de corcho para hacer colinas. Anda que no quedaba resultón aquello comparado con lo que hacíamos los demás. Pero volvamos a los tiempos de Pathfinder.
Mirándolo en retrospectiva, se puede observar un interés creciente por el tema desde mi parte. No mucho después de comprar el manual de Pathfinder decidí que necesitaría un hule de esos de Chessex. Un battlemat. Con eso y unos rotuladores con base de agua dirigí algunos de los primeros Adventure Path del juego. Resultaba novedoso y divertido, tanto para mí como para los jugadores, utilizar las miniaturas de manera estricta y con el terreno claramente determinado. Y aquello daba pie a momentos como cuando uno de ellos se quedó mirando el battlemat con gesto arrugado "Esto... ¿era necesario que para la corriente de la alcantarilla utilizaras el rotulador marrón?". Con el tiempo adquirí otro battlemat, similar pero de un tamaño mucho mayor.
Lo del gusto por el que las miniaturas se moviesen por lugares que pudiesen identificarse claramente era algo de lo que ya me había contagiado. Así que del battlemat -cuyo uso nunca he abandonado del todo, en realidad- me pasé a las tiles, las losetas que representan en 2D alguna localización o tipo de entorno concreto. De estas, en realidad, ya tenía unas cuantas, aunque en diferentes formatos. El mapa póster incluido en la Dragón Magazine nº1 para el escenario La Fuente de la Salud (estoy casi seguro de que ese era el título, me da pereza rebuscar entre las revistas para confirmarlo), el pequeño tablero que aparecía en uno de los pósters de Relatos de la Lanza (hasta que compré el battlemat, los primeros jugadores de Pathfinder que tuve habían estado empleando este último durante años para resolver sus partidas de D&D3ª; después, uno de ellos no tardó en hacerse con otro battlemat). Alguna campaña de AD&D, como The Rod of Seven Parts, también tenía este tipo de accesorios incluidos en sus mapas póster.
Pero las losetas eran otra cosa. De cartón duro, y formando secciones que se podían configurar al gusto. Y estéticamente resultaban, como no, mucho más agradables que unas cuantas líneas dibujadas con un rotulador. Así que tuve una nueva fase en la que estuve acumulando muchas cosas de estas. La gran mayoría destinadas a D&D durante la época de la cuarta edición (y algunas de estas serían publicadas de nuevo para la quinta). Todavía las tengo, aunque ya no las utilizo apenas. Las tres cajas básicas (campo, mazmorra y ciudad) y un montón de las más pequeñas, que parecen carpetas. También me hice con algunas de Paizo para Pathfinder, pero esas las encuentro mucho peores. Pero no tanto como sus propios battlemats, los que llevan ya impreso una localización o tipo de terreno, de los que tengo un par y eso son dos más de los que debería tener. No hay dios capaz de dejar esas cosas más o menos lisas sobre la mesa.
Pero la curva ascendente -o descendente, según se considere- prosigue. En unas LES a las que pude acudir (2014 ó 2015) conocí a Josemasaga, que estaba haciendo partidas para el Clásicos del Mazmorreo. Y estaba utilizando una escenografía asombrosa -que, al igual que con las miniaturas, les daba el mismo tipo de uso que yo había empleado hasta Pathfinder, es decir, tu personaje está aquí y los malos ahí, más o menos- consistente en piezas de cartón impresas y pegadas. Tenía de todo, paredes para detallar una mazmorra, la representación de un castillo, hasta un pequeño barco. Todo lo que se podía encontrar en Marineros del Mar sin Estrellas. Más tarde, hablando con él, estuvo explicándome sobre Fat Dragon Games, la empresa que comercializaba los archivos pdf de todas esas cosas. Luego cada cual ya se lo imprime y lo monta.
(Durante este tiempo también me estuve haciendo con las cuatro cajas de Dungeonspain puestas a la venta por Nosolorol (mazmorra, ruinas, suelos y alcantarillas). Siguen siendo de lo mejor que tengo dentro de este tipo de cosas, aunque en ocasiones su uso se vuelve algo engorroso).
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| Edificios y terreno de Fat Dragon Games |
En la actualidad, y desde hace varios años ya, Fat Dragon ya no crea más pdf de este tipo, se pasaron hace mucho a los archivos para hacer impresión en 3D. Pero a estas alturas tengo la mayor parte de lo que produjeron. Y más adelante descubrí a otro autor de este tipo de material, Dave Graffam, que también es una mina para estas cosas. Mucho de ello lo tengo impreso y montado. En la actualidad podría -de haber necesidad y espacio- poner una aldea sobre la mesa, con su río, caminos, algún molino -de viento o de agua- y sus casas. O las calles de una ciudad, con un montón de edificios. Por supuesto, una mazmorra de gran tamaño, con mobiliario, trampas, escaleras y muchas otras cosas. Un castillo completo, algunos barcos, incluyendo uno volador. Cavermas. un cementerio, la torre de algún mago... Si vierais mi colección es posible que terminarais hablándome de lo malo que es obsesionarse y eso.
¡Pero no pasa nada¡, porque ya no suelo añadir más cosas de estas a mi colección -algún edificio de vez en cuando- puesto que de ahí me pasé a hacer yo mismo la escenografía. ¿Lo veis? de todo se sale.
Esto se está haciendo bastante largo. Mejor paro aquí y dejo el resto (que queda bastante) para una próxima entrada.
Red de Rol
via MUNDOS INCONCLUSOS
October 14, 2026 at 12:50AM


