jueves, 24 de septiembre de 2026

Cuando arde el hogar 2

Cuando arde el hogar 2

 


Buenas,

Seguimos con la campaña de Dragonlance Quinta “La Sombra de la Reina de los Dragones”. Esta vez el rolato lo hace Óscar desde el punto de vista de Vóskar un bardo kender de Vogler.

Alerta SPOILER: si vas a jugar esta campaña, no lo leas, te la vas a reventar entera, pese a que hay algunos cambios que he metido... lo dicho, mejor no la leas...

... ... ...

PRÓLOGO:

«Cuando los reyes alzan la espada, son los humildes quienes ponen el cuello.»

Astinus de Palanthas.

... ... ...

PRIMERA GESTA: LA BALADA DE VOGLER

Sangre, Acero y Cenizas

Por Vóskar Lengua Hiriente
Bardo kender de estas tierras olvidadas por los dioses
y recordadas por quien se lleva las cosas sin preguntar.

¡Escuchad, hijos de Ansalon, y los que no sois de nadie
porque vuestra madre tuvo un desliz con un mercenario de paso!
Dejad el vino, tapad la boca y atended al laúd,
que lo que vi en Vogler no fue pelea de borrachos en el vaso.

Fue el crujido de una Era de Oscuridad
abriéndose las bragas con prisa y sin pudor.
Mi lengua es afilada, sí; también corta de vergüenza.
Al recitar esta gesta me vuelve a la boca el sabor

a sangre, a humo y a ese olor a culo sudado
que deja un ejército cuando echa a correr.
Escuchad, escuchad, almas que aún no sois estatua,
ceniza ni rumor de taberna mal contado.

Soy Vóskar Lengua Hiriente, bardo de esta villa
que se empeña en vivir a pesar de sí misma
—y a pesar de sus héroes, que es más difícil—.
Vengo a contaros cómo un puñado de locos

—y uso «locos» con la seriedad con que un gnomo
dice «plan sencillo» y no se le cae la cara—
decidieron que el destino de Vogler merecía
su particular teatro de hostias y de llama.


 

I · El tiro de la catapulta

Empezaron, como siempre, con junta de osados.
La paladina Valeria y el druida Stromwood,
esos dos que se miran como si el mundo entero
dependiera de un colgante y de no saltarse el uno al otro

encima de la mesa, fueron a ver al inventor gnomo.
No a pedirle algo útil, no. A que «ajustara el tiro
de la catapulta». Porque nada grita «estrategia»
como lanzar a dos adultos armados por el aire

y rezar para que no se vuelvan mancha en el muro.
Utilizando los «Infames notestampes», decían.
Yo habría puesto un cartel: «Aterrizad de pie, por favor.
El pueblo no tiene presupuesto para funerales dobles

ni trapos para recoger sesos». El mago elfo Elesseryn
hizo lo que mejor se le da a un elfo cuando huele a lío:
subirse a lo más alto, cruzarse de brazos y mirar
como si el barro le fuera a manchar la dignidad.

«Apoyaré con hechizos de fuego de combate», anunció,
que es la forma elegante de decir «yo tiro bolas
y si a alguien se le quema el culo, fue el viento,
fue Paladine, fue lo que sea menos yo».

II · El enano y la gravedad

Mientras tanto, el enano bribón Brottor y la bárbara Rayna
decidieron que escalar en silencio era idea excelente.
Rayna trepó como si la ladera le debiera dinero
y además le hubiera tocado el culo en la taberna.

Brottor insistió. Varias veces. El pobre no nació para trepar;
nació para quejarse a media altura, sudar por sitios
que no quiero imaginar y enseñar al grupo
qué es «paciencia» y «por los cojones, enano, sube».

Al final la bárbara plantó batalla arriba
y el enano siguió negociando con la gravedad.
Un clasicazo. Si hay un dios de las caídas de culo,
aquella noche le encendieron velas de verdad.

III · Sangre, oso y prisionero

Cruzaron los cielos —Valeria y Stromwood, se entiende,
no el enano, que a esas alturas discutía con una piedra—.
Se miraron, se tocaron los colgantes y pidieron
protección a Paladine y a Chislev. Muy tierno. Muy épico.

Muy «si esto sale mal, al menos morimos con estilo
y con joyería religiosa colgando entre las tetas
y el pecho peludo». Aterrizaron. La paladina de Solamnia
desenvainó sus aceros como si el honor pesara menos

que el acero y el acero menos que las ganas de partir cabezas.
Stromwood, por supuesto, se convirtió en un oso pardo enorme.
Porque cuando uno es druida y la cosa se pone seria,
lo más razonable es dejar de hablar, enseñar el culo peludo

al enemigo y empezar a rugir. El combate fue una puta bestialidad.
Ganaron. Incluso hicieron un prisionero, que es la forma educada
de decir que alguien sobrevivió lo bastante para hablar
antes de mearse encima. El preso desveló planes de ataque.

Sorpresa: el enemigo pensaba atacar. Quién lo habría imaginado.
Menos mal que tenemos héroes para enterarse de lo que
un ciego borracho habría olido a media legua. Luego la bárbara,
el enano y el oso —perdón, el druida; a veces se me olvida

cuál de las dos bestias paga la ronda— fueron a buscar
al último vigía, el enlace con el ejército enemigo.
Lo encontraron. Lo despacharon. Rápido y mortal.
Sin discurso, sin poesía, sin que Brottor se cayera de culo.

Un milagro menor. Casi me da pena: un kender vive para el espectáculo,
y aquellos tres fueron y lo resolvieron como quien mata
una gallina detrás del gallinero. Volvieron al pueblo.
La campana repiqueteó. La gente se reunió en la plaza,

que es lo que hacemos aquí cuando no sabemos si huir,
rezar o fingir que no hemos oído las campanas
y que el fin del mundo es cosa del vecino.

IV · La plaza, el plan y el río

La mercenaria enana Garrote y su antigua compañera,
la caballero, caballera o caballa de Solamnia Becklin Uth Viharin
—sí, otra más; parece que Solamnia produce mujeres acorazadas
con un par de huevos más gordos que alguna que otra

contrapartida masculina que me crucé en el pasado—
tenían un plan. Valeria, curiosa como kender
con las manos en los bolsillos ajenos, fue a preguntar.
Resultado: una caja. Dentro, una armadura para el escudero.

Porque nada anima más a un muchacho que enterarse
de que le van a vestir de metal justo cuando el cielo
se pone interesante y las probabilidades de cagarla se disparan.
La alcaldesa, con esa calma de quien ya ha visto demasiado

y le importa un carajo el decoro, informó de que el ejército
venía y que no se podría defender el pueblo.
Pánico. Revuelo. Gritos. El clásico. Gente que de pronto
recuerda que tiene dioses, deudas y una suegra

a la que no quiere dejar atrás. Entonces intervino Brottor
—o Broton, o Brotton; el nombre del enano cambia
según quién cuente la historia y cuánto haya bebido,
y a mí me da igual mientras no se me caiga otra vez de una pared—.

Habló. El pueblo se calmó. Milagro mayor.
Resulta que el enano que no sabe trepar sí sabe hablar
cuando hace falta. Evacuación por el río. Esperanza
con sabor a barro, a miedo y a «ojalá el río no esté ocupado también,

porque si nos tenemos que ir a nado con la ropa interior
llena de cagada, esto ya deja de ser gesta y pasa a ser chiste».
Becklin, Garrote y Jeyev explicaron la estrategia:
no era un plan para ganar. No era un plan para sobrevivir.

Era un plan para dar tiempo a la gente de Vogler a escapar.
Los tres viejos guerreros se despidieron y desaparecieron al galope.
Muy dramático. Muy «nosotros nos vamos a morir con estilo,
vosotros entretened al ejército un rato y si podéis

no os meéis encima delante de los críos».
Les habría robado un pañuelo de despedida,
pero iban demasiado rápido y, para variar,
yo tenía las manos ocupadas con el laúd.

V · La bestia, la piedra y el fuego

Cayó la noche. Otra vez las campanas.
Un campesino —bendito sea el mensajero que siempre llega tarde,
asustado y con la cara del color de la leche agriada—
avisó de que el gran ejército estaba cerca.

Dos mercenarios de Garrote volvieron.
La mercenaria apenas tuvo tiempo de gritar «¡ya están aquí!»
cuando una bestia alada decidió que ella era el aperitivo.
Valeria y Stromwood se interpusieron. Brottor disparó desde lejos,

que es su zona de confort y, seamos honestos,
la única distancia a la que no se le ve el culo cuando corre.
La bestia murió. Pero, por supuesto, no sin dejar un detalle encantador:
un veneno que convirtió a Stromwood-oso en estatua de piedra.

Temporalmente, dicen. «Temporalmente». Como el pánico.
Como la paz. Como la idea de que Vogler tendría una noche tranquila.
Como la virginidad de medio pueblo después de la última feria.
La gente intentó huir. El cielo se llenó de draconianos

planeando y vomitando fuego, que es una forma muy poco elegante
de decir que te cagan llamas encima. Los héroes plantaron cara otra vez.
Combate épico contra reptilianos. Escamas, sangre, gritos,
y el elfo por fin haciendo algo más que posar contra el horizonte.

VI · Tres armaduras negras y un dragón de verdad

Cuando parecía que había un respiro, Stromwood
—aún con instintos de oso, o quizá por fin usando
el cerebro animal que a veces le falta en forma humana—
olió lo que nadie quería oler. Y no hablo del enano.

Tres figuras. Tres caballeros. Tres armaduras negras.
Antiguas armaduras solámnicas. El tipo de detalle que hace
que uno se pregunte si los dioses tienen sentido del humor,
mala memoria, o simplemente se pajean viendo cómo

los mortales se matan con las reliquias de sus abuelos.
Y entonces… el sonido. Rozaduras metálicas.
Un rugido que heló la sangre hasta de los que ya no tenían mucha,
y hasta de los que la tenían caliente por otras razones.

Una máquina con forma de dragón, colosal,
obra de esa ingeniería gnoma que nunca, jamás,
se queda en «pequeño y discreto». Si un gnomo te dice
«es solo un prototipo», empieza a rezar o empieza a correr;

las dos cosas a la vez si te da el cuerpo.
Y por si el espectáculo no era suficiente,
un demonio rojo surcaba el cielo. Un dragón. De verdad.
No de feria. No de cuento para críos.

De esos que te asan, te cagan y después se limpian
los dientes con tu torre. Porque si los dioses han vuelto,
¿por qué no iban a volver también las criaturas
que los dioses usaban para recordar a los mortales

lo pequeños que somos y lo poco que importa
que te hayas puesto el calzón limpio?

VII · Coda del bardo

Así que aquí estamos, vecinos.
Los héroes han hecho lo que saben hacer:
lanzarse como sacos de carne, trepar a duras penas,
convertirse en osos, rezar a colgantes,

sobrevivir a venenos petrificantes
y mirar al cielo cuando el cielo decide devolverles la mirada
y, de paso, un poco de fuego por el culo.

Yo, Vóskar Lengua Hiriente, seguiré cantando.
Con ironía, con sarcasmo, con las manos
en los bolsillos equivocados y con la extraña certeza
de que, si Vogler sigue en pie mañana,

no será porque el plan fuera bueno.
Será porque estos locos se negaron
a dejar que el final fuera aburrido.
Y si alguien se ofende: que me robe el laúd.

Veremos quién canta después.

Fin de la gesta — por ahora.


 

SEGUNDA GESTA: LA BALADA DE VOGLER

Humo, Lanza y Murallas

Por Vóskar Lengua Hiriente
bardo kender de un pueblo que ya no tiene plaza
y que, aun así, insiste en que le canten

¡Otra vez, hijos de Ansalon! Ya sé que os dije «por ahora».
Los bardos mentimos. Es el oficio. Como el de héroe,
solo que nosotros sobrevivimos más a menudo
y olemos mejor… según el día y según el vino.

Dije que si Vogler seguía en pie no sería por el plan.
Acerté a medias. El pueblo no sigue en pie.
Sigue en barcas. Que no es lo mismo,
aunque a un kender le baste con que el suelo se mueva
para llamarlo aventura y no desahucio.

Atended otra vez al laúd.
Esta gesta huele a río, a humo y a acero roto.
Y a esa cosa que se queda en la boca
cuando uno ve morir a alguien
y no puede hacer más que remar.

VIII · El Dragón que no lo era

La máquina gnoma avanzó como avanzan las malas ideas:
ruidosa, cara y convencida de ser un dragón.
Cuatro draconianos la escoltaban,
que es la forma militar de decir
«alguien tiene que empujar el juguete
y si explota, que explote lejos del inventor».

Los héroes se lanzaron. Otra vez.
Porque aprender no está en el contrato
y el contrato, si existiera, lo habría firmado Brottor
con el nombre mal escrito y una mancha de cerveza.

La lucha fue dura. De las que dejan
el aire espeso y las cuentas pendientes.
Se entendió al fin lo que ya olíamos:
no era dragón. Era ingeniería.
Un gnomo había mirado al cielo,
había visto una leyenda
y había dicho «yo también, pero con palancas».


 

IX · El oso y el río

Stromwood —el oso, el hombre, el problema de identidad
con más pelo de Ansalon— se plantó
delante del chorro de fuego
para que los últimos pescadores acabaran de huir
sin convertirse en sardina a la llama.

Cayó. Malherido. Como caen los que se creen árboles
y descubren que el bosque también arde.
Muy heroico. Muy «después me lamo las quemaduras».
Muy «si sobrevivo, que alguien me recuerde
que los osos no son cortafuegos».

Brottor y Elesseryn se quedaron de piedra.
Otra vez. «Momentáneamente», otra vez.
Empiezo a pensar que a este grupo le sienta
la petrificación como a otros el vino:
mal, pero con una puntualidad ofensiva.

Quedaron las dos: Valeria y Rayna.
La paladina y la bárbara.
Honor y hacha. Acero y mala leche.
Parando una locomotora con forma de lagarto
mientras el resto del mundo hacía de estatua
o de leña. Si hay un dios de las malas parejas de baile,
aquella noche les reservó la pista entera.

Llegó un ogro oficial con más escamas de refuerzo.
Saludó con la mano desde la orilla
—educado el cabrón—
mientras el último barco zafaba
entre fuego, llama y la certeza
de que «adiós» a veces se dice
sin abrir la boca y con el culo a merced del viento.

X · El último esquife

Se partió el grupo como se parte el pan en las hambrunas:
sin justicia y con prisa.
En un barco: Umi, Brottor, Darret y Stromwood
—el oso ya no rugía; apenas respiraba,
que es un descenso de categoría, pero sigue siendo vida—.

En el último esquife: Valeria, Rayna, Elesseryn,
la alcaldesa Raven —esa mujer a la que el decoro
le importa lo que a mí un inventario ajeno—
y Jeyev, o Yebef, o como lo llame el que cobre,
que llegó el último con el yelmo de Becklin bajo el brazo
como quien carga una reliquia
y una sentencia a la vez.

Dos pescadores remaban.
El río olía a humo, a miedo
y a esa cosa que hacen los pueblos
cuando dejan de ser pueblo
y empiezan a ser rumor de taberna
bien contado, por una vez.

XI · Lo que se ve desde el agua

Mientras las barcas se iban,
Vogler ardía con esa belleza indecente
que tienen los desastres cuando ya no puedes
hacer nada útil con las manos.

Garrote, Becklin y un puñado de mercenarios
segaban draconianos a diestra y siniestra,
llegando a los muelles como quien llega tarde
a su propio funeral y aun así discute
el asiento y el vino de la ofrenda.

El humo hizo la escena onírica.
De esas que un kender contaría con gusto
si no le temblara el laúd.
Garrote se perdió entre las brumas.
Una enana no debería poder desaparecer así,
pero la guerra tiene manías de prestidigitador:
ahora la ves, ahora es ceniza,
ahora es una deuda que nadie va a cobrar.


 

Becklin se quedó.
Por supuesto que se quedó.
Las de Solamnia no aprenden a irse.
Es su maldición y su lujo.
Se erigió como un bastión
frente a la marea de escamas.
Su acero, viejo y certero,
hacía el trabajo de décadas
en el tiempo que tarda un kender
en meter la mano donde no debe.
Al norte, la silueta del dragón de verdad
—no el de palancas, el otro, el que te usa
la torre de palillo— seguía sobrevolando
como quien revisa la cuenta
antes de prender el local.
Y cerca de los muelles el aire se puso pesado.
De esos pesos que no se miden en piedra
sino en ganas de no mirar.

XII · Ojo de gemas, lanza de bandera

Las huestes se apartaron.
No por piedad. Por miedo con uniforme.
Una presencia de puro acero y malicia
se abrió paso en la refriega
como se abre paso un impuesto:
sin pedir permiso y pisando lo sagrado.

Era una mujer de porte imponente.
Cabello blanco de ceniza, corto,
peinado hacia atrás como una amenaza
que ha aprendido a peinarse sola.
El flanco derecho del rostro:
una cicatriz de quemadura, rugosa,
mapa de todas las guerras
que los dioses no se dignaron a firmar.

Pero lo que hiela no es la herida.
Es la mirada.
En la cuenca izquierda, una gema
humeaba con fulgor carmesí.
Un ojo que no llora.
Un ojo que cobra.
Un fuego que mira y te deja
la sensación de haber sido inventariado.

Kansaldi Ojos de Fuego.
Nombre de pesadilla y de parte de guerra.
Avanzó empuñando una lanza
cuya bandera roja restallaba
como una herida que se niega a cerrar.
Los draconianos trazaron un corredor
directo hacia Becklin.
Muy teatral. Muy «ahora mirad, mortales,
cómo se acaba una época con un palo».

Becklin lanzó la estocada.
La última. La de las que se cuentan
aunque salgan mal.
Un arco de acero desesperado,
hermoso y tarde.
Kansaldi se movió como se mueve
lo que no debería ser tan rápido
dentro de tanto hierro.

Esquivó. Hundió la lanza.
El sonido del metal rompiendo metal
—y después carne—
llegó hasta las barcas.
La punta asomó por la espalda de Becklin,
bañada, puntual, profesional.
Como si el oficio de matar caballeras
tuviera también su gremio y su tarifa.

Luego —y esto es lo que no se le perdona
ni a un dragón ni a un dios—
Kansaldi alzó el cuerpo
por encima de las cabezas.
Un instante de agonía suspendida.
Ofenda o chiste, según quién mire.
Y clavó el asta en la tierra
con una violencia que hizo callar al río.

Becklin Uth Viharin
quedó empalada.
Un monumento inerte
bajo un cielo que no merecía
tanto honor ni tanta sangre.
Caballero, caballera, caballa de Solamnia:
elige el nombre. El acero ya eligió el sitio.

Desde el río el horror
nos agarró la garganta con las dos manos.
Solo se podía observar.
Kansaldi clavó su gema en nosotros
y lanzó un rugido gutural,
un grito de triunfo que ahogó las olas
y hasta el chiste que se me estaba ocurriendo.
La bandera roja reclamó Vogler
como se reclama un vaso sucio:
sin poesía y con derecho de conquista.

Vogler está perdido.
Escribo la frase y me sabe a cobre.
Un kender no debería decir
que un sitio se ha acabado.
Los sitios, para nosotros, son sitios
de los que uno se lleva algo.
Esta vez el pueblo se llevó a su gente
y nos dejó el humo.

XIII · Río abajo

Navegamos la noche y parte de la mañana.
Cansados. Tristes. Alicaídos.
Palabras pequeñas para una cosa grande.
Nadie cantaba. Ni yo.
Y cuando un kender cierra la boca
es que el mundo ha hecho bien su trabajo.

En la orilla sur, Kalaman:
murallas grises, estatuas de guerreros
que no se enteraron de nada
y por eso posan tan bien.
Ciudad de piedra que mira al río
como se mira a un pariente pobre
cuando todavía no ha pedido sitio a la mesa.

A tres leguas justas —o tres kilómetros,
que el miedo no mide con precisión de gnomo—
alzamos un campamento de refugiados.
Lona, barro, tos y la extraña dignidad
de quien aún tiene un cazo
y lo comparte.

Los héroes ayudaron a establecerse.
Sorpresa: también saben clavar estacas
y no solo clavarse ellos.
Valeria organizaba. Rayna cargaba.
El elfo intentaba no mancharse.
Stromwood respiraba, que no es poco.
Brottor no se cayó al río.
Otro milagro menor. Voy a llevar la cuenta.

Faltaban Bakaris padre e hijo.
Habían ido a la ciudad.
«Habían ido a la ciudad»
es una frase que en boca de un noble
suele significar
«hemos llegado antes
a contar la historia
y a sentarnos donde se firman las cosas».


 

XIV · Los buitres de Kalaman

Raven mandó a los locos
como emisarios de un pueblo
que ya no tiene plaza.
Entraron en el castillo.
Por una vez nadie los lanzó con catapulta.
Progreso.

Allí estaban los Bakaris,
usando el apellido como llave
y la desgracia ajena como mantel.
Explicaban, muy serios, al Consejo
que ellos habían salvado a Vogler.
Ellos.

Los que no estaban
cuando el oso se puso delante del fuego,
cuando las dos mujeres pararon la máquina,
cuando Becklin se quedó
para que el resto pudiera dejar de ser vecinos
y empezar a ser supervivientes.

Los héroes interrumpieron la sarta.
Por una vez el espectáculo merecía la entrada.
Dejaron a Bakaris en evidencia
como se deja un cubierto sucio en medio de la mesa:
imposible de ignorar
y difícil de perdonar
si uno tiene algo parecido a una cara.

El Consejo —esa especie de hidra
que habla despacio y firma rápido—
accedió a ayudar a los refugiados
a cambio de que los locos
se metieran en el ejército de Kalaman
como «agentes especiales».

Que es la forma elegante de decir
«os vamos a usar,
y si salís vivos os daremos palmaditas,
y si no, ya tenemos estatuas de sobra
para copiaros el gesto».

Uno a uno, los Verdescudo juraron.
No del todo por Kalaman.
Por mantener viva una cosa
que se parece a la esperanza
si no te acercas demasiado
y no le preguntas el apellido.
Juraron para que la gente de Vogler
tuviera todavía un sitio al que mirar
que no fuera el humo.

XV · Coda del bardo, otra vez

Así que aquí estamos, vecinos.
O lo que queda de vecinos.
Vogler arde a nuestras espaldas.
Becklin no se va a levantar
por mucho que un bardo afine.
Garrote se la tragó la bruma.
Stromwood respira.
Y Kalaman nos mira de reojo,
calculando si merecemos el pan
o solo el sitio junto a la tapia.

Los héroes han hecho lo que saben hacer:
pararse delante del fuego,
quedarse de piedra,
remar cuando ya no queda pueblo,
desmentir a un noble
y jurar cosas grandes
con la boca todavía llena de ceniza.

Yo, Vóskar Lengua Hiriente,
seguiré cantando.
Con el laúd un poco más desafinado,
con las manos todavía
en los bolsillos equivocados
y con la certeza —esta sí, sin ironía—
de que los locos no salvaron el pueblo.

Salvaron a la gente.
Que es más sucio, más lento
y mucho más difícil de rimar.

Y si alguien se ofende:
que me robe el yelmo esta vez.
Veremos quién lo llena.
Veremos quién canta después.

Fin de la segunda gesta — por ahora.

(Los bardos nunca aprendemos.)

... ... ...

EPÍLOGO:

Kansaldi volvió a leer una última vez la misiva destinada a su señor. Una sonrisa fría, casi imperceptible, se dibujó en sus labios. Con deliberada calma, enrolló el pergamino, lo introdujo en un tubo de cuero y vertió sobre el cierre la cera roja. Después presionó el sello de su autoridad, dejando marcada en él la insignia de la Reina de los Dragones.

Desde una de las pocas edificaciones que aún permanecían en pie —la antigua alcaldía de Vogler—, Kansaldi contempló el pueblo. O, más bien, lo que quedaba de él. Las casas yacían reducidas a escombros. Columnas de humo se elevaban todavía hacia el cielo gris, mezclándose con el olor de la madera quemada, la sangre y la muerte. Allí donde antes había voces, mercados y risas, ahora solo quedaban cenizas y silencio.

Vogler había caído. Y aquel era apenas el comienzo. Kansaldi volvió a pensar en las palabras que acababa de escribir.

A mi señor, Lord Verminaard:

Vogler ha caído. Aunque solo contamos con la mitad del ejército del Dragón Rojo —pues la otra mitad partió con vos hacia Abanasinia, en pos de esa vara de cristal azul de la que me hablasteis—, nuestros progresos han sido mayores de lo esperado. Kalaman se encuentra ahora a nuestro alcance. Y caerá, mi señor. Os doy mi palabra: Kalaman caerá.

Pero antes deberán caer otras comunidades. No podemos permitir que ninguna permanezca en pie a nuestras espaldas cuando llegue el momento de marchar sobre la ciudad. El nigromante de negra túnica y el sacerdote de nuestra Diosa han concebido un plan. Ambos me han convencido de que es el momento de ponerlo en marcha.

Partiremos en breve.

Os mantendré informado de cada avance, de cada victoria y de cada tierra que sea sometida a la voluntad de nuestra Reina. Ruego a la Oscura Señora que os haya guiado hasta el objeto que buscáis en las tierras del sur. Pues si habéis encontrado aquello por lo que emprendisteis vuestro viaje, pobre será la suerte de quien ose interponerse entre vos y vuestro propósito.

Que los enemigos de Takhisis conozcan el precio de desafiarla.

Vuestra subcomandante y fiel servidora de la Reina de los Dragones,

Kansaldi Ojos de Fuego

Guardó el pergamino bajo su capa. A lo lejos, más allá de las casas calcinadas, los estandartes del Dragón Rojo ondeaban al viento. Kansaldi volvió el rostro hacia el horizonte.

... ... ...

Los héroes del Verdescudo ya están en Kalaman y al servicio de la mariscal… pero esto no ha hecho nada más que empezar. Como es costumbre a continuación las fichas de los personajes en el estado que estén conforme acaban la aventura rolatada:

Héroes de la Saga Verdescudo V.4.0

 

Marcados saludos.-



Red de Rol

via Crónicas del Clan Lobo Gris

September 24, 2026 at 03:42AM

Estamos jugando: DUNE: Agentes de Dune. ¿SOBREVIVIRÁ LA CASA NAGARA EN ARRAKIS?

Estamos jugando: DUNE: Agentes de Dune. ¿SOBREVIVIRÁ LA CASA NAGARA EN ARRAKIS?

Hola amig@s de albinusrol, hoy os dejamos una nueva partida de rol en el canal. En esta ocasión continuamos interpretando a los dirigentes de la Casa Nagara en este escenario alternativo donde tendremos que asegurar el suministro de la especia melange a todo el Universo Conocido. Hoy jugamos una nueva sesión de la caja de inicio de DUNE: Aventuras en el Imperio, titulada Agentes de Dune. Por nuestra parte, esperamos que la partida sea de vuestro agrado.



DUNE: AVENTURAS EN EL IMPERIO es un juego de rol narrativo ambientado en el universo de Frank Herbert que destaca por centrarse en  la política, intrigas y supervivencia en Arrakis. Utiliza una versión más narrativa y simplificada del sistema 2d20, enfocado en las acciones de una casa noble creada por los jugadores. La mecánica básica es lanzar 2d20 o más (si los adquieres por inercia o amenaza) para superar una dificultad sumando Habilidad + Motivación. No utiliza dados de seis caras para el daño, optando por un sistema más rápido y abstracto. 


A diferencia de otros juegos de rol más tácticos, Dune se centra en el desarrollo de la trama y la tensión narrativa sobre el combate directo. Las intrigas, la recolección de especia y la supervivencia son pilares clave de este juego de rol basado en las novelas, pero que nos presenta una estética influenciada por las películas. 


Sinopsis de la aventura: Agentes de Dune

En una línea temporal alternativa, los personajes jugadores son los líderes o agentes clave de la Casa Nagara, reemplazando a los Atreides en la gestión de Arrakis. Los héores deben equilibrar la producción de melange, sobrevivir a las intrigas de la Cofradía Espacial y otras casas, y decidir su relación con los Fremen.



Si no habéis visto los vídeos anteriores, aquí os dejo los enlaces para echarles un vistazo:


LOS CHICOS DE ALBINUSROL se enorgullecen de presentaros la aventura: 

JUEGO DE ROL

Dune: Aventuras en el Imperio

AVENTURA

Agentes de Dune

DIRIGIDA POR: 

Dani "Danpe"

 PROTAGONIZADA POR:

SHIZU NAGARA. Noble marcial
Fede "Scarver"


JIRO NAGARA. Noble carismático
Miguel


ZAFIR CALLAS. Maestro de armas
Bel "Belcro"


NATALIA KHAN. Consejera Mentat
Julio "Albinus"


A continuación os dejo el séptimo vídeo de esta aventura con mis colaboradores y amigos de albinusrol.


Si habéis jugado ya a la caja de inicio de AGENTES DE DUNE ¿Que os parece el sistema de juego?, ¿os parece una opción interesante la caja de inicio para enseñar el juego a nuevos jugadores?, ¿se adapta bien el sistema 2d20 a esta ambientación y temática?

Un saludo a tod@s.




Red de Rol

via albinusrol

September 24, 2026 at 12:48AM