domingo, 1 de noviembre de 2026

Entre Luz y Sombra [Campaña Rolemaster] Temporada 5 - Capítulo 32

Entre Luz y Sombra [Campaña Rolemaster] Temporada 5 - Capítulo 32

La Reina ante el Gran Maestre. El Rastro del Príncipe.

La noche cayó sobre Arwex y, una vez más, los compañeros prefirieron dormir a bordo del Empíreo.

La conversación regresó inevitablemente al juicio de Woderyan Estigian. Habían llegado hasta allí convencidos de que debían ayudar al duque, pero después de escucharlo ya no estaban tan seguros de que su defensa fuera sencilla. Sus contactos con la Federación y la ayuda enviada a Mervan podían justificarse; incluso podían convertirse en argumentos a su favor si conseguían demostrar que sus decisiones habían protegido indirectamente a Esthalia. Las cartas intercambiadas con Robeld de Baun eran otra cuestión, pues no conocían su contenido, y hasta que no lo hicieran, tampoco podían saber hasta dónde había llegado realmente Woderyan.

El Empíreo anclado en Arwex

—Sea inocente o no, necesitamos impedir que lo condenen —sostuvo Symeon—. Si queremos reunir de nuevo a los Grandes alrededor de Armen, perder a Estigian ahora sería desastroso.

Daradoth no compartía del todo aquella forma de plantearlo.

—Si descubrimos que realmente pactó con Robeld, tendremos que saber qué pactó y por qué. No podemos defenderlo a cualquier precio. Robeld sirve a la Sombra, aunque Woderyan no lo supiera.

Yuria recordó que el principal ejército estigio continuaba luchando junto a las fuerzas de Randor. Aquello no encajaba demasiado bien con la imagen de un duque comprometido en secreto con su enemigo. Podía haber jugado a dos bandas, podía haber intentado ganar información o sencillamente haber mantenido abiertas varias posibilidades mientras el reino se desmoronaba a su alrededor.

Al final, solo coincidieron en una cosa: necesitaban las pruebas.

Y necesitaban a Armen.

La posibilidad de presentar a la reina ante Gwintar cobraba cada vez más fuerza. El gran maestre había dejado claro que su lealtad pertenecía al Trono y no necesariamente a la persona que lo ocupaba; si comprobaba que Armen estaba libre y que Robeld había utilizado magia para dominarla, quizá su posición cambiara.

—Podríamos invitarlo al Empíreo —propuso Symeon—. No levantaría tantas sospechas. Después de todo, ninguno de ellos ha visto jamás una nave como esta.

La idea gustó.

No intentarían obligar a Gwintar a reunirse a solas con ellos dentro de Arwex. Aquello podía despertar la suspicacia del resto de los Argion. Sería mucho más natural ofrecer al gran maestre y a algunas personas de su confianza una visita al dirigible y buscar allí la ocasión de hablar con él discretamente.

Armen escuchó la discusión antes de asentir.

—Creo que puede funcionar.

La reina, sin embargo, aprovechó el momento para revelar algo que ninguno de ellos había comprendido hasta entonces.

Cuando había emprendido aquel primer viaje hacia Arwex junto a Matwann, llevaba consigo una de las dagas negras, y su intención era entregársela a los Argion.

—Sabía que aquí custodiaban reliquias antiguas y peligrosas —explicó—. Pensaba que era el lugar más seguro para guardarla. Además, quería poner a salvo a mi hijo.

Daradoth la miró con atención.

—Entonces la emboscada quizá no buscaba únicamente capturaros.

Armen permaneció unos instantes en silencio.

Ella misma parecía haber llegado a aquella conclusión mientras hablaba.

—No. Ahora que lo pienso, ya no estoy segura de que quisieran capturarnos solo a Matwann y a mí. Es posible que también supieran que llevaba la daga. O que quisieran ambas cosas.

La posibilidad añadía una nueva dimensión a la traición que había permitido a los hombres de Robeld conocer el itinerario de la reina. Alguien había sabido demasiado.

Antes de dormir, Symeon regresó al Mundo Onírico. No encontró ningún cambio importante y mantuvo con Nirintalath las conversaciones ya habituales, pero Galad decidió realizar una prueba distinta.

Si Emmán insistía en mostrarle visiones sobre el reinicio de la realidad y Arwex parecía comportarse de una forma completamente anómala, quizá pudiera preguntarle directamente por la fortaleza.

Rezó antes de dormir y pidió a su dios una visión.

El sueño llegó.

Galad se encontraba frente a Arwex.

Los campamentos de los nobles se extendían alrededor de la fortaleza, exactamente como en la realidad. Miles de soldados permanecían allí, observando las murallas.

Entonces, todos se volvieron a la vez hacia él, como uno solo.

Estaban muertos.

Los rostros se encontraban lívidos y descompuestos; algunos habían perdido los ojos bajo los picos de los cuervos y otros conservaban heridas abiertas en cuerpos que ya no deberían poder moverse. Y, sin embargo, comenzaron a caminar hacia Galad.

El paladín empuñó a Églaras.

Levantó la espada y la clavó en tierra.

Las mismas grietas negras que ya había contemplado en sus sueños anteriores surgieron alrededor de la hoja y se extendieron por el suelo. Los muertos desaparecieron dentro de ellas.

Después comenzaron a desaparecer los campamentos.

Las montañas.

Las nubes.

El cielo.

La propia realidad fue siendo devorada hasta que Galad quedó suspendido en medio de una nada absoluta.

Pero Arwex seguía allí.

La fortaleza permanecía en mitad de la inexistencia, las grietas la rodeaban, no podían atravesarla.

Galad sintió entonces que aquello no debía ocurrir. Si todo tenía que desaparecer, también Arwex debía hacerlo.

Corrió hacia la fortaleza y descargó a Églaras contra uno de sus muros.

La piedra se quebró, y por la abertura penetraron las grietas negras.

El paladín levantó de nuevo la espada para golpear.

Y despertó.

Durante unos instantes permaneció inmóvil, respirando con dificultad.

La visión no le había explicado quién construyó Arwex ni qué era aquella piedra, pero había reforzado de una forma inquietante todo cuanto habían descubierto.

Si aquel sueño reflejaba realmente el reinicio que Emmán pretendía provocar, Arwex podía resistirse a él.

—Todo desaparecía —explicó a los demás por la mañana—. Todo menos la fortaleza. Las grietas no podían entrar hasta que rompí el muro.

Daradoth recordó la rigidez absoluta de las hebras de la Vicisitud.

—Entonces no es simplemente una protección contra la magia.

—No sabemos qué es —respondió Galad.

Había otra cuestión todavía más perturbadora.

Si Arwex existía, ¿podían existir otros lugares semejantes en Aredia?

Nadie tenía respuesta.

El amanecer del siguiente día encontró al grupo de nuevo dividido entre varios objetivos.

Alexadar había solicitado autorización para visitar a Rodyan, el hijo de Woderyan, que también permanecía retenido a la espera del juicio. Mientras esperaba una respuesta, Symeon y Galad fueron en busca de lady Theryn de Gwendar.

La custodia de las reliquias los recibió con la curiosidad habitual. Symeon comenzó agradeciéndole que les hubiera permitido visitar la cámara el día anterior y aprovechó después para plantearle la invitación.

—Nos habéis mostrado uno de los lugares más extraordinarios de Arwex. Sería descortés marcharnos sin corresponder.

Theryn arqueó ligeramente una ceja.

—¿Correspondéis invitándome a vuestra nave?

—A vos y a lord Gwintar, naturalmente. Nos gustaría enseñaros el Empíreo.

La idea despertó inmediatamente su interés.

Symeon describió las vistas desde el aire, la velocidad de la nave y la extraña sensación de contemplar el mundo desde aquella altura. Theryn aceptó transmitir la invitación al gran maestre y preguntó, casi inevitablemente, si transportaban otras reliquias.

Symeon dudó solo un instante.

—Sí.

No quiso explicarle cuáles, pero admitió que llevaban consigo objetos extraordinarios y le pidió discreción. Theryn prometió guardarla.

Hablaron durante algunos minutos más. La Argion reconoció que todo cuanto estaba ocurriendo en Esthalia la superaba en cierta medida. Su verdadera preocupación eran las reliquias peligrosas, especialmente los rumores acerca de las dagas negras. Los reinos podían sobrevivir a malos gobernantes; ciertos objetos, en cambio, representaban peligros de otra naturaleza.

Symeon comprendió perfectamente aquella obsesión, pues él mismo la compartía.

Antes de separarse, pidió acceso a la biblioteca de Arwex.

Theryn no era responsable de ella, pero les indicó a quién debían dirigirse. Así que Symeon y Galad regresaron brevemente al Empíreo para buscar a Fajjeem. El veterano Maestro del Saber se encontraba trabajando en algo que había empezado a ocupar buena parte de su tiempo desde que se había unido a ellos: escribir; estaba recopilando la historia de sus viajes. La propuesta de visitar los archivos de una orden tan antigua como los Argion le interesó de inmediato.

Tras algunas gestiones consiguieron que lady Saelwyn de Ibrath les facilitara el acceso a la biblioteca. No era comparable con los inmensos repositorios de conocimiento que Symeon y Fajjeem habían conocido en otros lugares de Aredia, pero contenía crónicas, tratados legales, documentos religiosos y registros acumulados durante generaciones.

Lo primero que intentaron encontrar fue información sobre los orígenes de Arwex, pero tuvieron poco éxito.

La fortaleza había sufrido varios incendios a lo largo de su historia y numerosos documentos antiguos se habían perdido. Las crónicas conservadas de los grandes maestres solo retrocedían algunos siglos y ninguno de aquellos textos parecía explicar quién había excavado las estructuras originales ni quién había descubierto el extraño método con el que se tallaba la piedra.

Los canteros transmitían sus conocimientos de maestro a aprendiz. No existía, al menos allí, un tratado que revelara su origen. Symeon cambió entonces de objetivo.

Si no podían descubrir el secreto de Arwex, quizá sí pudieran comprender mejor las reglas del juicio.

Encontraron los tres grandes juramentos de los Argion: discreción respecto a los asuntos internos del reino, lealtad absoluta al Trono y compromiso contra toda traición y herejía. 

Más interesante aún era el funcionamiento de sus procesos. Los juicios Argion no seguían un procedimiento completamente rígido. Las pruebas eran presentadas, discutidas y valoradas, pero existía un margen considerable para la interpretación de los jueces. La Orden actuaba investida por la autoridad de la Corona para resolver conflictos internos y aplicar las leyes del reino.

En teoría, la propia Corona podía imponerse sobre una decisión de los Argion, pero hacerlo destruiría buena parte de la legitimidad del proceso. Si Armen aparecía y simplemente ordenaba liberar a Woderyan, podía salvar al duque y perder políticamente mucho más de lo que ganaba.

Necesitaban convencer, no imponer.

Mientras Symeon y Galad investigaban los archivos, llegó a los demás la autorización para visitar a Rodyan.

Alexadar acudió acompañado por Daradoth y Yuria.

El joven se encontraba alojado en aposentos similares a los de su padre: austeros, cómodos y perfectamente vigilados. Dos jueces Argion permanecían presentes durante la conversación.

Rodyan tendría unos veintidós o veintitrés años. Llevaba el cabello algo largo y una pequeña perilla y, cuando vio entrar a Daradoth, su expresión se iluminó con una mezcla casi infantil de fascinación y nerviosismo.

—Es un h-h-h-honor —tartamudeó varias veces—. Un v-v-verdadero honor c-c-conocer a un m-m-miembro del Bello Pueblo.

Después pareció darse cuenta de que estaba ignorando a Yuria y a Alexadar y trató de corregirse torpemente.

La conversación no resultó demasiado esclarecedora.

Rodyan sabía que su padre estaba acusado de alta traición y que él mismo aparecía como cómplice, pero afirmaba desconocer prácticamente todo lo demás. No participaba de forma importante en la política del ducado, apenas intervenía en cuestiones militares y jamás había tenido noticia de los contactos con Robeld de Baun.

—¿Creéis que vuestro padre puede ser culpable? —preguntó Daradoth.

—N-N-No. No puede serlo.

—¿Lo sabéis o simplemente confiáis en él?

Rodyan vaciló.

—C-C-Confío en mi p-padre.

Yuria trató de observar sus reacciones mientras le formulaban preguntas sobre sus obligaciones, su conocimiento de las tropas y su vida cotidiana. El joven hablaba de cabalgar, pintar y visitar propiedades con bastante más entusiasmo que de estrategia o política.

O era un actor extraordinariamente bueno o, sencillamente, no sabía nada.

Cuando llegó el momento de marcharse, Yuria le preguntó si necesitaba algo.

Rodyan meditó seriamente la cuestión.

—Un pudin de chocolate estaría bien —sonreía abstraído, y por primera vez no tartamudeó.

Yuria lo miró durante unos segundos. «Pobre muchacho, su mente no ha crecido acorde con su cuerpo», pensó.

—Preguntaré si pueden traéroslo.

Fuera de la estancia preguntó a los jueces si realmente consideraban necesario mantener detenido a aquel muchacho.

—¿Habéis visto algo que nosotros no veamos? Porque parece incapaz de conspirar contra nadie.

El Argion respondió que todavía no conocía todas las pruebas. Cuando comenzara el juicio, también él podría valorar la acusación contra Rodyan. Hasta entonces, seguiría retenido.

Alexadar coincidía con la impresión de los demás. Había conocido al muchacho desde niño y le costaba imaginarlo como artífice de una conspiración. Pero aquello tampoco era una prueba.

Después de reunirse de nuevo a bordo del Empíreo, compararon cuanto habían averiguado.

La biblioteca no había revelado el origen de Arwex.

Rodyan tampoco había aportado nada que explicara cómo habían llegado las cartas de su padre a manos de los acusadores.

Seguían casi en el mismo lugar.

Daradoth propuso entonces otra prueba con la Vicisitud. Hasta aquel momento habían comprobado que la magia era mucho más difícil dentro de Arwex, pero no habían observado con precisión qué ocurría en las hebras cuando alguien intentaba utilizarla.

Primero realizaron la prueba lejos de la influencia de la fortaleza. Mientras Daradoth canalizaba un hechizo sencillo, los demás observaron la Vicisitud. Nuevas hebras aparecían, vibraban, interactuaban con las existentes y desaparecían cuando terminaba el efecto. Un hechizo más poderoso producía una perturbación mayor.

Después repitieron el experimento dentro de Arwex.

Daradoth comenzó utilizando la cantidad normal de poder. Nada.

Aumentó la energía. Nada.

Siguió forzándose hasta gastar una cantidad desproporcionada para un efecto insignificante.

El hechizo no llegó a manifestarse.

Galad, sin embargo, creyó ver algo: una de aquellas hebras perfectamente rectas había vibrado. Muy poco, casi imperceptiblemente. Pero juraría que había vibrado.

—Así que no es completamente imposible —murmuró.

—He usado una barbaridad de poder para conseguir que una hebra se mueva ligeramente —respondió Daradoth, agotado.

Eso quizá significara que la estructura podía ser forzada, solo que hacía falta una cantidad de energía enorme.

Y conocían enemigos capaces de utilizar cantidades enormes de poder, aunque no sabían si sería suficiente para quebrar la la fortaleza.

Galad realizó una segunda prueba. Canalizó una de sus auras protectoras en una zona donde todavía podía manifestarla y se aproximó a las estructuras de Arwex. El efecto comenzó a debilitarse hasta apagarse.

Symeon intentó activar la luz de su diadema dentro de uno de los edificios. No ocurrió nada.

Arwex no anulaba únicamente los hechizos que se intentaban lanzar desde dentro, también apagaba efectos ya existentes y podía inutilizar reliquias. Aquello explicaba la cámara donde los Argion guardaban sus objetos peligrosos, aunque el efecto allí parecía todavía más intenso.

—Mágicamente esto es casi inexpugnable —concluyó Galad.

—Casi —repitió Daradoth.

La pequeña vibración que había provocado al forzar la Vicisitud impedía utilizar la palabra absolutamente. No obstante, Galad no podía poner la mano en el fuego por aquello, quizá solo había sido una sensación suya.

Al atardecer, lady Theryn llegó al Empíreo acompañada por dos Argion.

Gwintar había aceptado la invitación.

Vendría antes del amanecer, cuando la mayoría de los nobles continuara durmiendo. No quería convertir una simple visita al dirigible en un acontecimiento político ni alimentar rumores sobre reuniones secretas.

Symeon agradeció la respuesta.

Antes de terminar el día intentó localizar a sir Eygène de Rheynald. Desde que lo había visto entre los Argion, una conversación pendiente pesaba sobre él. Eygène era hermano de Valeryan y, por difíciles que hubieran sido sus relaciones, Symeon sentía que debía hablar con él acerca de lo sucedido en Rheynald y del estado en que se encontraba el antiguo marqués.

No consiguió encontrarlo.

Al parecer había abandonado temporalmente la fortaleza por algún asunto de la Orden.

Symeon dejó un mensaje solicitando hablar con él cuando regresara. Después volvió al Empíreo.

Poco antes del amanecer, varias figuras ascendieron por el camino que llevaba hasta la terraza donde estaba anclado el dirigible. Gwintar de Hasalon cumplía su palabra. Lo acompañaban lady Theryn de Gwendar y sir Awald de Tharenn, además de algunos hombres de escolta que permanecieron abajo.

Los marineros desplegaron la escala y Yuria los recibió a bordo.

Gwintar visita el Empíreo

La reacción de los Argion fue exactamente la que esperaban.

Incluso Gwintar, hombre difícil de impresionar, recorrió la cubierta observando con atención los mecanismos de la nave. Awald se interesó especialmente por la curiosa ballista instalada en la proa y Theryn no tardó en fijarse en cada objeto extraño que encontraba a su alrededor.

Yuria dio la orden. El Empíreo se elevó.

Durante algunos minutos sobrevolaron las laderas de Arwex. Las montañas descendieron bajo ellos y las nubes comenzaron a teñirse con la primera luz del amanecer.

—Extraordinario —admitió Gwintar.

Theryn permanecía fascinada. 

Habían conseguido que subieran. Ahora quedaba la parte difícil.

Symeon, Galad y Yuria se ocuparon de mantener entretenidos a los acompañantes mientras Daradoth invitaba al gran maestre a conocer el interior de la nave.

—Si queréis acompañarme, mi señor. Hay algo que debemos mostraros.

Gwintar percibió inmediatamente que aquello no formaba parte de una visita turística. Aun así, siguió al elfo.

Dentro del camarote lo esperaban Alexadar, Faewald y una figura encapuchada. Gwintar se detuvo. Daradoth cerró la puerta.

—Disculpad el engaño —dijo—. Pero creemos que esta es la única forma de afrontar lo que está ocurriendo con ciertas garantías.

El gran maestre miró hacia la figura.

—Os dijimos que la reina Armen había sido dominada por los aliados de Robeld de Baun. Nosotros conseguimos liberarla.

Daradoth hizo una pausa.

—La reina está aquí.

Armen se quitó la capucha.

Durante un instante Gwintar no dijo nada. La iluminación del camarote era tenue, pero no necesitó acercarse. Conocía aquel rostro.

—Majestad… ¿sois realmente vos?

Armen se puso en pie.

—Soy yo. Esta es mi voz y este es mi sello.

Gwintar hincó una rodilla.

—Entonces era cierto.

Armen le relató lo esencial.

Robeld y sus aliados habían utilizado magia de la Sombra para anular su voluntad. Habían manipulado sus sentimientos hasta hacerle creer que estaba enamorada del marqués y convertirla en instrumento de su causa.

—Hace algunos años os habría dicho que algo semejante era imposible —admitió la reina—. Ahora ya no me atrevo a negar nada.

Gwintar la escuchó en silencio.

—Entonces sed bienvenida a Arwex, majestad. Y lamento profundamente lo sucedido a vuestra caravana.

El rostro de Armen se endureció.

—Alguien informó a Robeld de nuestro itinerario y de nuestra posición. Quiero descubrir quién fue. Pero antes necesito encontrar a mi hijo.

Matwann continuaba desaparecido.

Y por encima de todo aquello se encontraba el problema que había destruido el reino.

—Y quiero terminar esta guerra civil.

Alexadar intervino.

La aparición de Armen cambiaba por completo la situación política. Randor había tomado decisiones cada vez más erráticas y, en opinión del marqués, ya no era el gobernante que Esthalia necesitaba.

Gwintar no llegó tan lejos.

Su juramento seguía siendo hacia el Trono y Randor continuaba siendo el rey, pero escuchó.

Armen tampoco le pidió que cancelara el juicio de Woderyan.

—No quiero que anuléis el proceso —dijo—. Quiero que conozcáis la verdad antes de que me presente ante todos. Pronto tendré que revelarme. Necesito que estéis preparado para lo que ocurrirá cuando lo haga.

Gwintar asintió lentamente.

Había un obstáculo evidente.

—Vuestra palabra bastará para muchos, majestad. Para otros no. Si debemos afirmar que actuasteis bajo un hechizo, necesitaremos alguna forma de demostrar que algo semejante es posible.

Tras unos momentos de discusión estéril, Faewald planteó una idea.

Fuera de Arwex, donde la magia funcionaba normalmente, uno de los compañeros podía demostrar delante de testigos que era posible someter parcialmente la voluntad de una persona. No sería comparable al dominio sufrido por Armen, pero bastaría para demostrar que la voluntad humana podía alterarse mediante magia.

Daradoth confirmó que podía provocar una compulsión sencilla. Obligar a alguien a realizar un acto que normalmente no haría, siempre que no implicara hacerse daño.

Gwintar meditó la propuesta.

—Eso podría resultar útil.

No demostraría por sí mismo que Armen hubiera sido controlada, pero demostraría que su historia no era imposible.

El gran maestre se incorporó.

—Vuestro secreto permanecerá conmigo hasta que decidáis revelarlo.

Armen inclinó la cabeza.

—Gracias.

Gwintar miró entonces a Alexadar.

—Pero respecto a Estigian, nada de esto cambia una cuestión fundamental. Solo las pruebas podrán salvar al duque.

Daradoth acompañó al gran maestre de regreso a cubierta.

Antes de reunirse con los demás, Gwintar lo detuvo, y habló en voz queda:

—Lord Ithaulgir.

Daradoth se volvió.

—¿Estáis completamente seguro de que la reina se encuentra libre de la influencia de Robeld?

—Sí.

El elfo no dudó.

—Hemos tomado precauciones para evitar que vuelva a ocurrir. Nada es absolutamente infalible, pero estoy convencido de que ahora mismo actúa por voluntad propia.

Gwintar permaneció pensativo.

—No era eso lo único que quería preguntaros.

Daradoth esperó.

—¿Qué opináis de ella como gobernante?

La pregunta lo sorprendió más que cualquier otra que el gran maestre hubiera formulado aquella mañana. Hasta hacía poco, Daradoth habría considerado que la disputa entre dos gobernantes humanos apenas tenía que ver con él.

Ya no podía permitirse ese lujo.

—La conozco desde hace pocos días —respondió—, pero me parece una mujer que comprende qué es realmente importante. Randor está consumido por conflictos que, comparados con lo que está ocurriendo en Aredia, son pequeños. Armen sabe que existe una guerra entre Luz y Sombra y comprende que todos tendremos que unirnos para combatirla.

Gwintar lo observó sin interrumpir.

—Creo que Esthalia estaría mejor gobernada por alguien capaz de entender eso.

El gran maestre no respondió inmediatamente. Después volvió con sus compañeros.

La visita había terminado, pero algo había cambiado.

Cuando el Empíreo regresó a su anclaje y los Argion se alejaron, Daradoth contó a Armen la última conversación. La reina agradeció sus palabras, aunque su reacción fue más sombría de lo que esperaba.

—No sé si estoy preparada para gobernar como debería mientras mi hijo siga desaparecido.

La ausencia de Matwann estaba empezando a pesar sobre todas sus decisiones.

—Lo encontraremos —aseguró Galad.

—Necesito encontrarlo.

Faewald planteó entonces una posibilidad sencilla que ninguno había considerado suficientemente.

Cuando Armen revelara públicamente quién era, podría ordenar a los propios Argion que colaboraran en la búsqueda del príncipe.

La Orden tenía hombres, contactos y autoridad por todo el reino.

Armen permaneció pensativa.

—Quizá tengáis razón.

Aquello daba todavía más motivos para no prolongar demasiado su ocultación.

Pero antes querían preparar el terreno.

Daradoth decidió aprovechar el interés que su presencia había despertado entre los Grandes y envió mensajes formales solicitando entrevistas privadas con los principales nobles reunidos en Arwex. Quería saber qué pensaban realmente de Woderyan, de Randor, de Robeld y, sobre todo, de Armen.

Si la reina iba a presentarse ante ellos, necesitaban saber qué clase de sala encontraría.

Poco después del mediodía resonaron cuernos en el camino. Una nueva comitiva ascendía hacia Arwex; sobre ella ondeaban los colores de Dahier.

Lady Erwinna había llegado.

La representante plenipotenciaria de Aleyre Shotald viajaba acompañada por una comitiva suficientemente importante para dejar claro que no se trataba de una simple mensajera. Era la única de las principales casas que había enviado a una representante en lugar de acudir personalmente, pero el rango y la confianza depositada en Erwinna hacían difícil interpretar aquello como una ofensa.

Además, llevaba consigo algo mucho más importante: la carta sellada de Aleyre para Gwintar.

Armen la observó llegar desde el Empíreo. Dahier ya estaba en Arwex. El cerco político alrededor del juicio se cerraba.

Daradoth comenzó a recibir respuestas a sus invitaciones. Los representantes de Wartan, Uterlan y Rowal aceptaron recibirlo en los días siguientes. No todos mostraban el mismo entusiasmo, pero ninguno parecía dispuesto a rechazar abiertamente la visita de un elfo.

El juicio todavía no comenzaría de inmediato. Faltaban las últimas delegaciones. Aquello les daba unas horas, y Armen quiso utilizarlas.

Recordaba aproximadamente el lugar donde su caravana había sido emboscada. Desde Arwex, el viaje por aire era largo, pero posible.

—Quiero volver allí.

Daradoth no podía acompañarlos. Había solicitado personalmente las entrevistas con los Grandes y desaparecer justo cuando comenzaban a responder habría sido difícil de justificar.

El Empíreo partiría sin él y sin Symeon. Armen viajaría con varios de los compañeros y con Arakariann, cuya experiencia como montaraz podía resultar útil si quedaba algún rastro. Daradoth permanecería en Arwex junto al errante para continuar el trabajo político. Antes de partir acordaron que utilizaría el búho de ónice para avisarlos en cuanto la última delegación llegase o se anunciara el comienzo del juicio.

El Empíreo levantó el vuelo.

El viento procedente de las Amaryn complicó un poco el viaje. Yuria tuvo que corregir el rumbo en varias ocasiones y la nave avanzó más lentamente de lo esperado. Cuando llegaron a la región donde Armen situaba la emboscada todavía era de noche, por lo que aguardaron hasta disponer de suficiente luz para reconocer el terreno.

En cuanto amaneció el siguiente día, comenzaron la búsqueda.

Galad tenía una posibilidad que no quería desaprovechar. Églaras. El poder que podía canalizar a través de la espada estaba muy por encima de sus capacidades normales y existía una invocación que le permitiría localizar a una persona incluso sin haberla conocido, siempre que se encontrara dentro de un radio de unas quince millas. Pero Galad conocía el precio de empuñar aquella espada.

Miró a Yuria.

—Si se me va de las manos, vigiladme —lanzó una mirada muy significativa al talismán de la ercestre.

Después cerró los dedos alrededor de la empuñadura.

El poder lo inundó. Y, con él, llegó la voz. No era una posesión violenta, no intentaba aplastar su voluntad. Aquella vez trataba de convencerlo.

Tenéis que comprender que es la única vía.

Galad apretó los dientes.

La realidad está corrompida. Todo está corrompido.

—Tiene que existir otra forma —respondió mentalmente—. Lo que se corrompe puede purificarse.

Pero la certeza que acompañaba aquella voz resultaba mucho más difícil de rechazar que una simple orden. Por primera vez, Galad comprendió una parte de su razonamiento.

Quizá Norafel y Emmán tuvieran razón. Quizá la realidad hubiera llegado a un punto en el que repararla fuese imposible. La idea lo aterrorizó.

No la aceptó, no todavía. Se concedería una oportunidad más. Una penúltima oportunidad para demostrar que el mundo podía salvarse sin destruirlo.

Y entonces, utilizó el poder de la espada. Sin embargo, no encontró a Matwann dentro del alcance del hechizo. El príncipe no estaba allí.

Galad mantuvo a Églaras entre sus manos y decidió realizar una segunda petición, mucho más sencilla. Una pregunta a Emmán. Una respuesta: sí o no.

—¿Matwann sigue vivo?

La certeza llegó inmediatamente.

SÍ.

Galad abrió los ojos.

Armen lo estaba observando.

—No sé dónde está —dijo—. Pero puedo aseguraros una cosa. —La reina apenas respiraba—. El príncipe Matwann está vivo.

Armen cerró los ojos.

El alivio que recorrió su rostro fue tan intenso que durante unos segundos pareció perder toda la tensión acumulada durante semanas.

—Gracias a Emmán.

Después, su expresión volvió a endurecerse.

—Espero que no esté sufriendo.

Ahora tenían una certeza. Pero todavía necesitaban encontrarlo.

El Empíreo descendió cerca del lugar donde había tenido lugar la emboscada.

Después de varios meses apenas quedaba nada reconocible como una escena de combate. La lluvia había borrado las huellas, la vegetación había vuelto a crecer y cualquier rastro que pudiera haber dejado un caballo o un hombre había desaparecido hacía mucho tiempo.

Sí encontraron restos de la caravana. Madera quebrada, fragmentos abandonados. Señales suficientes para confirmar que estaban en el lugar correcto. Arakariann examinó los alrededores, pero ni siquiera un montaraz podía seguir un rastro de varios meses después de lluvias y cambios de estación.

El grupo amplió la búsqueda, y desde el aire localizaron algunas granjas dispersas por la región.

No esperaban demasiado. La primera no aportó nada. La siguiente tampoco.

Hasta que encontraron a unos campesinos que recordaban algo extraño.

Meses atrás, poco después de la fecha de la emboscada, un caballero había pasado cerca de aquellas tierras. Estaba herido y ensangrentado, y no iba solo. Lo acompañaba un niño.

Armen quedó inmóvil. Pidieron una descripción.

No era suficiente para estar absolutamente seguros, pero la edad del muchacho, su aspecto y el momento en que habían pasado por allí encajaban. El niño permanecía muy cerca del caballero. Como si dependiera completamente de él.

—¿Hacia dónde fueron? —preguntó Armen.

El campesino señaló.

Hacia el norte.

La reina siguió aquella dirección con la mirada.

Por primera vez desde que habían comenzado a buscar a Matwann no tenían una visión, una sospecha ni una interpretación de un sueño. Tenían un testigo. Alguien había sacado al príncipe de la emboscada, seguramente sir Caelred Harn, hombre de toda confianza de la reina asignado a la protección del príncipe.

Y Matwann estaba vivo.

Mientras el Empíreo permanecía lejos de Arwex, Daradoth comenzó su propia búsqueda.

No perseguía huellas. Perseguía lealtades.

La primera de sus entrevistas fue con el duque de Rowal. El noble lo recibió con la cortesía que cabía esperar ante un miembro del Bello Pueblo, aunque su posición política parecía bastante clara. Para él, Robeld de Baun era un traidor al reino y Armen había seguido el mismo camino al anunciar su compromiso con el marqués mientras continuaba casada con Randor.

Había también una cuestión religiosa. Romper de aquella manera sus votos matrimoniales resultaba, a sus ojos, algo cercano a la herejía.

Daradoth no lo contradijo frontalmente.

—¿Y si aquello que creéis saber sobre la reina no fuera cierto?

El duque lo observó con atención.

—¿Qué queréis decir?

—Que quizá no actuase libremente.

La respuesta no fue una conversión inmediata. Pero tampoco un rechazo. El duque de Rowal consideraba a Woderyan un hombre con el que nunca había tenido especial afinidad y no ocultaba sus reservas hacia él. Sin embargo, tampoco parecía dispuesto a condenarlo antes de conocer las pruebas.

—Veremos qué presentan —dijo—. Si ha traicionado al reino, deberá responder por ello. Si no lo ha hecho, también debe quedar demostrado.

Era poco. Pero, en aquel momento, poco bastaba. No todos los hombres reunidos en Arwex habían decidido ya el resultado del juicio.

Daradoth abandonó los aposentos sabiendo que todavía quedaban varias entrevistas por delante.

A cientos de kilómetros de allí, el Empíreo preparaba el regreso mientras Armen contemplaba hacia el norte, siguiendo un camino que un caballero ensangrentado y un niño habían recorrido meses atrás.

En Arwex comenzaban a moverse las lealtades.

Y en algún lugar de Esthalia, por primera vez desde su desaparición, sabían con certeza que el príncipe Matwann seguía vivo.

 





Red de Rol

via Rol Ex Machina

November 1, 2026 at 05:16AM