Buenas,
Nuevo rolato sobre la campaña “La Sombra de la Reina de los Dragones”. Esta parte de la campaña es un poco valle, con bastantes trabajos e investigaciones para Kalaman. Aquí os dejo con el rolato, narrado de forma neutra. Si vas a jugar esta campaña oficial, mejor no lo leas, porque, aunque hemos metido cambios, te la vas a spoilear de cabo a rabo.
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PRÓLOGO:
«Ni el hierro más templado resiste el martillo sin descanso, ni el hombre más fuerte sirve a su señor si olvida cuándo debe reposar».
Grognir de Garnet.
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Las semanas que siguieron a la caída de Vogler estuvieron marcadas por un incesante ir y venir. Los asuntos personales de los héroes, unidos a las misiones que la Mariscal Vendri les encomendaba, los obligaban a entrar y salir de Kalaman una y otra vez. Apenas tenían tiempo para descansar antes de que una nueva tarea reclamara sus espadas.
Aunque las autoridades les habían reservado aposentos en el castillo, los Verdescudo no tardaron en demostrar que su compromiso iba mucho más allá de blandir el acero en el campo de batalla. Todos ellos, y muy especialmente Umi, arrimaron el hombro para levantar y organizar el campamento de refugiados de Vogler, instalado junto a la Puerta del Guerrero. Allí se habilitaron un comedor comunal, bajo la atenta dirección de Yalme, y un hospital de campaña para atender a los heridos, enfermos y desamparados que habían logrado escapar de la destrucción.
No fueron pocas las horas que los héroes dedicaron a aquella labor. Cargaron tablones, distribuyeron provisiones, ayudaron a levantar tiendas y atendieron las necesidades de quienes habían perdido cuanto poseían. Ni siquiera la presencia del inoportuno bardo kender Vóskar, que parecía empeñado en hacer resonar sus canciones y comentarios allá donde se encontrase, consiguió apartarlos de su cometido.
Mientras tanto, dentro de los muros de Kalaman, Valeria comenzó a predicar sobre el regreso de los dioses. Sus palabras se dirigían, sobre todo, a quienes profesaban la fe en Paladine. La caballera hablaba de la esperanza renovada, de la protección que los dioses podían volver a ofrecer a los mortales y de la necesidad de resistir con entereza ante los tiempos oscuros que se avecinaban. Muchos la escuchaban con devoción; otros, con escepticismo. Pero incluso entre estos últimos hubo quienes encontraron consuelo en sus palabras.
Elesseryn, por su parte, cumplió con el encargo que lo había llevado hasta la botica de Wyhan, donde entregó el pergamino que le habían confiado. Según pudo averiguar, aquel documento constituía una nueva parte de la prueba de la Alta Hechicería a la que se estaba sometiendo. La entrega dio pie a una larga discusión con la maga de túnica negra acerca de la naturaleza de la magia, sus principios y el camino que debía seguir quien aspirase a dominarla. Como cabía esperar, ambos abandonaron la conversación sin haber alcanzado acuerdo alguno, ni siquiera sobre el color de túnica que más convenía al joven mago elfo.
Más adelante, tras desembolsar una considerable suma de oro, Elesseryn consiguió que los responsables de una carbonería le cedieran un patio cerrado, donde pudo llevar a cabo el ritual para invocar a su nuevo familiar. Entre las sombras y el olor persistente del carbón, la criatura respondió a su llamada: un búho élfico, cuya presencia habría de acompañarlo en las jornadas venideras.
Brottor dedicó buena parte de aquellos días a recorrer el mercado y frecuentar los rincones menos respetables de Kalaman. Con paciencia y discreción, fue estableciendo contacto con algunas de las figuras más destacadas de los bajos fondos de la ciudad. En tiempos de paz, tales individuos quizá habrían sido considerados poco más que ladrones, contrabandistas o maleantes; pero, cuando la guerra acecha, incluso las voces más despreciables pueden revelar secretos de incalculable valor.
Stormwood, entretanto, acudió a los archivos y a la biblioteca del castillo para investigar unas armaduras que había visto en el risco de Vogler. Sus pesquisas arrojaron un resultado sorprendente: se trataba de armaduras solámnicas anteriores al Cataclismo. Más aún, sus características parecían corresponder a las tradiciones artesanales de aquella misma provincia de Solamnia en la que ahora se encontraban. Aquel descubrimiento abría nuevos interrogantes, aunque todavía no ofrecía respuestas concluyentes.
Los héroes averiguaron también que los Bakaris, padre e hijo, se habían instalado en la posada más distinguida de Kalaman, conocida como El Faro Inmóvil. Desde allí continuaban maniobrando para ejercer su influencia sobre el Consejo de la ciudad, apoyándose en sus vínculos con la alta nobleza y en las prerrogativas que aún conservaban por su linaje.
Sin embargo, aquellos asuntos no eran sino una parte de las obligaciones que pesaban sobre los Verdescudo. La Mariscal Vendri tenía otros cometidos para ellos, misiones que exigían discreción, valor y la capacidad de actuar allí donde las fuerzas regulares de Kalaman no podían hacerlo con facilidad.
Y así comenzaron sus nuevas aventuras.
El primer encargo consistía en localizar a Tatiana Rookledust, una gnoma que llevaba décadas viviendo en Foscaterra. Las autoridades de Kalaman deseaban consultarla acerca de la misteriosa dracomotora y, si era posible, convencerla para que se incorporase a la ciudad como ingeniera y consejera.
No era una misión exenta de peligro. El hogar de la gnoma, situado al suroeste de Kalaman, estaba siendo atacado por goblins pertenecientes al Ejército de los Dragones. Cuando los Verdescudo llegaron al lugar, no tardaron en intervenir. El enfrentamiento fue breve, pero suficiente para dejar claro que el enemigo se aventuraba cada vez más cerca de las tierras que rodeaban Kalaman. Gracias a la intervención de los héroes, Tatiana pudo ponerse a salvo y no tardó en aceptar la invitación para acompañarlos a la ciudad.
La gnoma les explicó el verdadero origen de la dracomotora. En realidad, aquella máquina había sido concebida como una desbrozadora destinada a limpiar los campos de malas hierbas. Había sido su comprador quien le había solicitado que le diera apariencia de dragón, sin que ella imaginase las consecuencias que semejante encargo podría acarrear.
Los héroes, conscientes del temor que la máquina podía inspirar entre los refugiados de Vogler, aconsejaron a Tatiana que no revelase semejante detalle a nadie en Kalaman y, muy especialmente, que guardase silencio ante los habitantes del campamento.
La gnoma accedió a acompañarlos y, una vez en la ciudad, comenzó a prestar sus servicios como consejera. Los Verdescudo se encargaron de presentársela a Than, facilitando así su incorporación a los esfuerzos defensivos de Kalaman.
Pero Tatiana no llegó con las manos vacías. Puso a disposición de la ciudad su más reciente invento: el charlalejos, una ingeniosa creación que prometía resultar de gran utilidad en aquellos días en los que la comunicación entre los distintos puestos y autoridades podía marcar la diferencia entre la vida y la muerte.
En sus constantes viajes por los caminos de la región, los héroes habían observado también un fenómeno inquietante. Bandidos, mercenarios y hombres de armas de dudosa reputación se desplazaban de un lugar a otro, buscando fortuna y oportunidades en aquella guerra que, aunque todavía no había alcanzado todas las tierras de Ansalon, ya comenzaba a atraer a quienes deseaban enriquecerse a costa del sufrimiento ajeno.
La siguiente tarea encomendada a los Verdescudo tenía un cariz mucho más sombrío. Dos batidores enviados para vigilar los movimientos del Ejército de los Dragones en las inmediaciones de Vogler habían desaparecido. Llevaban varios días sin establecer contacto con Kalaman, y su silencio comenzaba a despertar los peores temores. Los héroes partieron hacia el oeste y cruzaron el río por un lugar apartado, procurando mantenerse tan lejos del pueblo como les fue posible. Su destino era una arboleda de abedules grises, donde los exploradores habían establecido su campamento.
Durante el trayecto se encontraron con Ser Donald Uth Kalyn, caballero de Solamnia que había jurado ante la Piedra Blanca acudir al este para investigar los rumores de guerra. El caballero compartió con ellos sus impresiones sobre la situación y les habló de otro de sus hermanos de orden, Durstan Rial, de Maelgoth, quien también se encontraba por la región de Kalaman y quizá pudiera prestarles ayuda.
Viejo conocido y admirador de Frederick el Recto, Ser Donald no dudó en reconocer en Valeria las cualidades que, a su juicio, distinguían a los verdaderos caballeros de Solamnia. Allí mismo, movido por la convicción que le inspiraba la mujer, la nombró Caballero de la Corona. Aquel reconocimiento, pronunciado lejos de los salones de la nobleza y en una tierra amenazada por la guerra, suponía un momento de especial significado para Valeria. Pero no había tiempo para celebraciones...
Al alcanzar la arboleda, los Verdescudo descubrieron que sus temores estaban justificados. Uno de los batidores yacía muerto. El otro, malherido y sometido a crueles tormentos, se encontraba en manos del bajomaestre Gholcag, el mismo ogro del que los héroes habían logrado escapar durante los acontecimientos de Vogler. El ogro no estaba solo. Varios draconianos lo acompañaban, y otros aguardaban ocultos entre los árboles, dispuestos a caer sobre cualquiera que se aproximase al campamento.
El combate estalló con una violencia terrible.
Los aceros chocaron bajo las ramas desnudas de los abedules, mientras las criaturas draconianas se lanzaban contra los intrusos con garras, armas y una ferocidad que poco tenía de humana. Gholcag, cuya fuerza bastaba para hacer temblar a un guerrero experimentado, volvió a demostrar por qué se había ganado una reputación tan temible.
Pero los Verdescudo no eran ya los aventureros que habían partido de Vogler semanas atrás. Habían combatido juntos, sufrido juntos y aprendido a confiar los unos en los otros. Cada golpe encontraba su respuesta; cada brecha en sus defensas era cubierta por un compañero.
Incluso cuando uno de los draconianos kapak, escurridizo y astuto, trató de escapar para dar la voz de alarma, los héroes lograron frustrar su huida. No permitirían que el enemigo conociese sus movimientos antes de que pudieran regresar a Kalaman con la información obtenida.
Una vez concluido el enfrentamiento, los aventureros atendieron al batidor superviviente y consiguieron salvarle la vida. Cuando estuvo en condiciones de hablar, este les reveló noticias de enorme gravedad.
El Ejército de los Dragones había dividido sus fuerzas para lanzar ataques contra diversas comunidades de Trasterra y Foscaterra. No se trataba de simples incursiones destinadas al saqueo, sino de una estrategia calculada para debilitar toda la región.
Según había podido averiguar, el propósito del enemigo era aislar Kalaman de las ciudades solámnicas situadas al oeste, entre ellas Maelgoth y Palanthas. Si lograban cortar las comunicaciones y someter las comunidades intermedias, la ciudad quedaría cada vez más sola, privada de posibles refuerzos y obligada a afrontar la amenaza con sus propios recursos.
El batidor insistió en que debía ser él mismo quien comunicase aquellas noticias al Consejo de Kalaman. Los héroes accedieron a llevarlo consigo y emprendieron el camino de regreso.
No obstante, la jornada aún les reservaba un encuentro inesperado.
En el camino se toparon con un reducido grupo de soldados pertenecientes al Regimiento Acorazado. Apenas una docena de hombres seguían con vida: los últimos supervivientes de una fuerza que había contado con más de seis docenas de efectivos.
Tras la derrota sufrida en Vogler y una huida en la que habían salvado la vida por muy poco, los soldados habían seguido una ruta tortuosa, evitando los caminos principales para esquivar las patrullas enemigas y alcanzar Kalaman.
Entre ellos se encontraba Garrote, que recibió a los héroes con evidente alegría. Deseaba descansar después de tantas penurias y encontrar un empleo en la ciudad, quizá con el respaldo de los Verdescudo.
La necesidad de soldados era acuciante, y las autoridades de Kalaman no podían permitirse el lujo de rechazar a quienes todavía estaban dispuestos a luchar. Garrote y los escasos supervivientes del Regimiento Acorazado fueron, por tanto, recibidos en las filas de las fuerzas defensoras de la ciudad.
La tercera misión llevó a los Verdescudo hacia el este de Kalaman.
Habían llegado rumores de que grupos de draconianos estaban atacando a los viajeros que se aventuraban por los caminos que conducían a Estwilde. Aquellas incursiones no parecían fortuitas: el enemigo estaba cerrando progresivamente las rutas orientales y dificultando el tránsito de personas, mercancías y provisiones. Las pesquisas señalaron una importante finca agrícola, situada a unos veintisiete kilómetros al este de la ciudad, que había caído en manos de las fuerzas enemigas.
Los héroes se dirigieron allí sin demora.
Al llegar, descubrieron que la propiedad se había convertido en una posición militar. La ocupaban oficiales humanos del Ejército de los Dragones, acompañados de draconianos y hobgoblins. Desde aquel lugar podían hostigar a los viajeros, controlar los caminos y amenazar el abastecimiento de Kalaman.
Los Verdescudo prepararon una emboscada y se lanzaron sobre los ocupantes.
La lucha fue cruenta. Los defensores respondieron con fiereza, decididos a conservar aquella posición, y durante un tiempo el resultado pareció incierto. Sin embargo, la disciplina y la determinación de los héroes terminaron inclinando la balanza del lado de la luz.
Cuando el combate concluyó, registraron la base enemiga. Entre sus pertenencias encontraron provisiones, pertrechos y varias armas mágicas que, tras examinar su naturaleza y utilidad, se repartieron entre ellos.
Habían arrebatado al enemigo una posición estratégica, pero la victoria también les permitió comprender mejor la amplitud de la amenaza que se cernía sobre Kalaman. Los caminos ya no eran seguros. Las comunidades rurales estaban expuestas. Y, mientras los defensores de la ciudad trataban de organizar sus fuerzas, el Ejército de los Dragones extendía sus tentáculos por las tierras circundantes.
De regreso a la ciudad, a escasos kilómetros de esta, se toparon con una pareja de draconianos con un prisionero, un clérigo de Mishakal. Rescataron sin problemas al sacerdote y reclutaron así más fuerzas para la ciudad.
Juntando todo lo sucedido en Vogler, unido a lo obtenido estas últimas semanas más lo confesado por algún prisionero hecho, inclusive con ayuda de Wyhan que escrutó el alma del prisionero, obtuvieron en claro lo siguiente sobre esta amenaza emergente:
Eran mucho más que una simple banda de asaltantes motivados por la codicia. Según habían podido averiguar, las fuerzas presentes en la región apenas constituían una fracción del Ejército del Dragón Rojo: menos de la mitad de sus efectivos. Otras seis décimas partes se encontraban al sur del continente, ocupadas en una empresa desconocida. Y lo que era aún peor, la suma de ambos ejércitos no representaba sino una de las cinco grandes huestes que conformaban el poder militar de la Reina de los Dragones.
Poseían una estructura marcial propia y bien definida. Soldados rasos, cabos y sargentos constituían la base de sus filas; por encima se encontraban los bajomaestres, equivalentes a capitanes o tenientes, y después los altomaestres, generales o subcomandantes que, además de autoridad militar, podían ejercer un considerable poder religioso. En la cúspide se hallaba el comandante supremo, el temido Lord de los Dragones. Sus soldados vestían armaduras negras, adornadas con filigranas rojas y el símbolo de Takhisis, la Reina de los Dragones. Eran piezas costosas y de excelente factura.
Contaban también con criaturas bípedas de rasgos dracónicos, a las que los soldados llamaban draconianos. Seres terribles que, incluso después de muertos, podían seguir siendo una amenaza.
La altamaestre Kansaldi Ojos de Fuego dirigía el Ejército del Dragón Rojo. Sus soldados la temían y aseguraban que era capaz de percibir las mentiras. Había asumido el mando en sustitución de alguien de rango superior y se apoyaba en dos consejeros: un nigromante de túnica negra cuyo nombre aún desconocían y un clérigo de Takhisis llamado Belephaion.
Al no disponer de todas sus fuerzas, Kansaldi había comenzado a reclutar bandidos y mercenarios de la región, atraídos por las generosas pagas del ejército. Pero el peligro no terminaba ahí. Criaturas malignas que hasta entonces habían actuado de manera dispersa comenzaban a unirse bajo sus estandartes: ogros, trolls, goblins y otros seres de semejante calaña.
Según los rumores, algunos draconianos podían lanzar conjuros, dominar las mentes ajenas, adoptar la apariencia de los enemigos a los que daban muerte e incluso perpetrar horrores aún peores.
Además, el Ejército de los Dragones empleaba guivernos y dragonnels como monturas voladoras, criaturas salvajes emparentadas con los dragones, aunque de menor tamaño.
En definitiva, todos cuantos componían aquel ejército servían a la Reina de los Dragones con una devoción que rozaba el fanatismo. No conocían el temor ni parecían albergar dudas sobre su causa. Y eso los convertía en los peores enemigos posibles: fanáticos dispuestos a morir por su diosa.
La situación era crítica. Sin embargo, pese a rodear Kalaman, el Ejército de los Dragones aún no se decidía a lanzar el asalto definitivo. ¿Qué aguardaba Kansaldi? ¿Qué oscuros designios urdían sus consejeros?
Mientras aquellas preguntas seguían sin respuesta, la Mariscal Vendri encomendó a los héroes una nueva misión. Una tarea difícil, más peligrosa que cualquiera de las anteriores y cuyo desenlace podía resultar decisivo para el destino de Kalaman...
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EPÍLOGO I:
Fray Pertival vagó sin rumbo aparente por las calles de Kalaman, el Faro del Este, cuyos esplendores contemplaba con ojos de fingida curiosidad. Cerca de los puertos se internó en un callejón estrecho, húmedo y sumido en las sombras. Allí, el aire crepitó con energía arcana cuando el clérigo recuperó su verdadera forma: un draconiano delgado, sin alas y cubierto de escamas doradas.
Se inclinó sobre un charco de agua estancada y murmuró un conjuro en la antigua lengua dracónica. La superficie tembló y mostró el rostro de un mago de negra túnica, cuyo cuello lucía un pentáculo con una cabeza de rata en su centro.
—Dime, Perzt-Nay, ¿estás dentro?
—Han mordido el anzuelo, mi señor. Estoy dentro.
—Ya sabes lo que debes hacer, Perzt-Nay.
La conexión se desvaneció. Una vez más, el aire vibró con un chisporroteo de magia, y la figura del draconiano menguó y se transformó. En su lugar quedó un muchacho humano de unos diez años, desharrapado y con el aspecto famélico de un huérfano de los puertos.
Sin mirar atrás, salió del callejón. Tenía trabajo que hacer...
EPÍLOGO II:
Bajo cielos teñidos de sombras, donde ruge el acero y la magia oscura reclama su poder, la Compañía Verdescudo alza sus armas sin temor. Frente a las huestes draconianas, su valor será la llama que ni la noche podrá vencer.
Entre garras y escamas, los draconianos avanzan, mas los héroes de Verdescudo no se quiebran ni se amilanan. Relámpagos negros rasgan el cielo, y hechizos malditos cubren la tierra de hielo. Pero ni el terror ni la muerte detendrán su acero, pues late en sus pechos el juramento de Ispin, su compañero.
Las cadenas se rompen, las tinieblas retroceden, y las voces de los cautivos de nuevo se atreven. Donde reinaba el miedo, vuelve a alzarse la esperanza; donde el mal sembró silencio, resuena la venganza.
¡Alzad vuestras copas, cantad con fervor, que los Verdescudo combaten con hierro y honor! Que tiemblen los siervos de la Reina Oscura al escuchar su canción: ¡pues mientras quede un alma libre, jamás caerá Ansalon!
Séptimo Cantar de la Compañía Verdescudo.
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Se avecinan tiempo oscuros para Kalaman, nuestros héroes han hecho todo lo posible, pero los acontecimientos comienzan a suceder en cascada. ¿Qué será lo próximo que amenace la ciudad y su paz?
Y como es costumbre a continuación las fichas de los personajes en el estado actual tras la misión rolatada:
Héroes de la Saga Verdescudo V.5.0
Marcados saludos.-
Red de Rol
via Crónicas del Clan Lobo Gris
October 23, 2026 at 10:44AM






