La Ciudad muerta. El Retorno de la Reina.
El Surcador descendió lentamente junto a la propiedad que Daradoth había descubierto desde el aire. Nadie habló durante la maniobra. Después de lo que habían contemplado desde las alturas, cualquier palabra habría parecido inadecuada.
La casa solariega se encontraba a unos tres kilómetros de Usturna, rodeada por un muro de piedra que en algún momento había sido reforzado con empalizadas y construcciones improvisadas. La propiedad debía de haber pertenecido a algún noble menor o a un terrateniente acomodado, pero su finalidad había cambiado durante los últimos tiempos. Había guardias apostados junto a la verja, otros alrededor del muro y más cuerpos desperdigados en el patio. No parecían haber intentado impedir que alguien entrara.
Parecían haber tratado de evitar que quienes se encontraban dentro pudieran salir.
En el espacio despejado frente a la casa seguía extendiéndose la gran cruz calcinada que habían visto desde el cielo. Estaba formada por haces de paja, ramas y matojos consumidos por el fuego, colocados deliberadamente para que pudieran ser distinguidos desde las alturas. Junto a ella había numerosas personas arrodilladas. Algunas habían caído hacia delante; otras permanecían ladeadas, apoyadas unas contra otras como muñecos abandonados.
Habían muerto rezando.
En cuanto pusieron pie en tierra, una sensación de pesadumbre se abatió sobre ellos. No era solamente la tristeza lógica provocada por la contemplación de tanta muerte. Era algo más profundo, una opresión que parecía surgir del propio suelo, ascender por las piernas y aferrarse al corazón. La luz del día parecía mortecina, como si una gasa gris cubriera el sol. No soplaba la más ligera brisa. No se escuchaban pájaros, insectos ni el balido lejano de una oveja.
Nada.
Daradoth aguzó el oído. El silencio era tan absoluto que resultaba ensordecedor. Las gallinas de los corrales estaban muertas, al igual que los perros, las cabras y todos los animales que podían ver desde allí.
De pronto, el elfo sintió que algo se quebraba en su interior. Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Aquí ha muerto demasiada gente —murmuró.
Galad se acercó a él.
—¿Estás bien, Daradoth?
El elfo se cubrió el rostro con una mano. Los sollozos sacudieron su cuerpo.
—No tiene sentido seguir. Ha muerto demasiada gente… y va a morir mucha más. Todo esto no tiene sentido.
—Claro que lo tiene —replicó Symeon—. Hemos venido a buscar supervivientes. Si todavía queda alguien vivo, debemos encontrarlo.
Las palabras de sus compañeros consiguieron que el elfo recobrara parte de su entereza, aunque las lágrimas siguieron resbalando por sus mejillas. Aldur, sin embargo, no tuvo tanta fortuna. El gigantesco paladín cayó de rodillas, dominado por el dolor que impregnaba aquel lugar, y comenzó a rezar entre sollozos.
Galad invocó el valor de Emmán para ayudarlo a resistir, pero el sufrimiento de la tierra era demasiado intenso. Aldur se agitó, incapaz de dominarse, y tuvieron que intervenir para impedir que se hiciera daño. Finalmente consiguieron sumirlo en un sueño mágico y lo llevaron de vuelta al Surcador, donde quedó al cuidado de los paladines y los tripulantes.
—Debemos darnos prisa —dijo Symeon—. No sabemos qué sucederá cuando anochezca.
Daradoth y Symeon comenzaron a reconocer los alrededores, mientras Galad se acercaba a la entrada de la casa acompañado por Taheem y algunos de los hombres. El elfo encontró varios soldados de Arnualles junto al muro. La mayoría parecían muertos, pero uno de ellos todavía respiraba.
Sus latidos eran débiles y estaban separados por intervalos inquietantemente largos.
Daradoth se arrodilló a su lado e intentó despertarlo. El hombre no reaccionó. No estaba dormido ni inconsciente de una manera normal; parecía atrapado en un estado catatónico, suspendido entre la vida y la muerte. El elfo lo cargó y lo llevó hasta el Surcador para que lo atendieran.
Durante su reconocimiento también descubrió indicios de violencia. Varios guardias habían sido atacados por los prisioneros. La posición de los cuerpos y las heridas mostraban que aquellos hombres y mujeres habían tratado de abrirse paso hacia el exterior. Los soldados habían intentado detenerlos y el enfrentamiento había acabado con la muerte de ambos bandos.
Casi todos los prisioneros lucían en alguna parte del cuerpo el pequeño tatuaje de una copa. «El Santo Grial emmanita, sin duda», pensó. Algunos tenían la espalda cubierta de latigazos o mostraban señales de haber sufrido otras torturas.
La finca había sido convertida en uno de los centros de reeducación para emmanitas ordenados por Robeld de Baun.
Unos minutos después, Galad, seguido por el resto, atravesó la puerta principal de la casa manteniéndose alerta. En el interior, la oscuridad hizo que la opresión se volviera todavía más intensa. El paladín sintió una presión en el pecho y se detuvo durante unos instantes. La estancia principal era amplia, pero estaba repleta de cadáveres. Había más en los pasillos, en las habitaciones anexas y en las cocinas.
Una mujer yacía de espaldas, abrazada a dos niños.
Los cuerpos estaban mejor conservados de lo que habría correspondido al tiempo transcurrido desde la catástrofe. No parecían deteriorarse de una manera normal. Era como si incluso los procesos de la muerte se hubieran ralentizado bajo la influencia de aquella pesadumbre.
En una de las habitaciones habían improvisado una pequeña capilla. Había bancos, restos de velas y una cruz rota. Las señales de lucha mostraban que los últimos días habían sido caóticos. Quizá los prisioneros se hubieran reunido allí para rezar. Quizá los guardias hubieran intentado detenerlos. O quizá todos, carceleros y cautivos, hubieran buscado refugio en la fe cuando las pesadillas comenzaron.
Al llegar a la cocina y el comedor comunal, Daradoth levantó una mano.
—Esperad.
Aguzó el oído.
Entre el silencio percibió un latido. Después otro. Y otro más.
Había decenas.
En las mesas y los bancos se amontonaban unas cuarenta personas. Parecían cadáveres, pero todavía respiraban. Sus corazones latían con una lentitud extrema y la mayoría se encontraban en un estado semejante al del guardia hallado junto al muro.
Al fondo de la estancia, dos niños de doce o trece años permanecían acurrucados en un banco. Estaban despiertos, aunque apenas conservaban fuerzas para mantener los ojos abiertos. Uno de ellos sollozaba en sueños.
Galad se acercó y apoyó una mano sobre su frente, invocando el poder de Emmán. El niño se estremeció y abrió los ojos. En ellos había una tristeza tan profunda que durante unos instantes el paladín no supo qué decir.
—Ayudadnos… —susurró el muchacho.
—Eso haremos —respondió Galad, con lágrimas asomando en sus ojos—. Ya estáis a salvo.
Sacaron primero a los niños. Les dieron agua con cuidado y prepararon unas gachas muy diluidas para que pudieran recuperar fuerzas sin hacerse daño. Uno de los paladines permaneció junto a ellos mientras los demás regresaban a la casa.
Contaron cuarenta y tres supervivientes, la mayor parte emmanitas, aunque también había media docena de guardias de Arnualles. Todos se encontraban al borde de la muerte. El Surcador no podía transportarlos a todos. Incluso abandonando parte de la carga, apenas podrían acomodar a veinte, además de la tripulación.
—No podemos dejarlos aquí —protestó Galad.
—Tampoco podemos llevarlos a todos —respondió Symeon—. Y si esperamos demasiado, caerá la noche. No quiero que todavía estemos aquí cuando oscurezca.
Eligieron a quienes parecían tener más posibilidades de sobrevivir, incluyendo a los dos niños y a uno de los guardias, que podría proporcionar información cuando recuperara la consciencia. Los paladines y los marineros trasladaron los cuerpos con mucho cuidado.
Mientras tanto, Daradoth y Symeon se alejaron hacia el norte para determinar hasta dónde se extendía la influencia de la ciudad. Caminaron un par de kilómetros a paso vivo. La sensación de pesadumbre no disminuyó. Aunque cada vez encontraban menos cadáveres humanos, los animales seguían muertos y el silencio continuaba siendo absoluto.
Daradoth se elevó sobre los árboles y las colinas.
A medida que ascendía, la opresión comenzó a debilitarse.
Descendió junto a Symeon.
—Cuanto más me alejo del suelo, menos intensa es la tristeza —explicó—. Está arraigada en la tierra.
—Entonces no podemos enviar una legión —dijo Symeon—. Si esto ha sido capaz de derrumbar a Aldur, ¿qué hará con hombres normales obligados a permanecer aquí durante días?
—Pero todavía debe de haber supervivientes.
—Seguramente muchos. Y cada hora morirá alguno. Pero no podemos rescatar a toda la región nosotros solos.
La conclusión era amarga. Podían salvar a quienes habían encontrado, regresar con más medios e intentar organizar nuevas expediciones, pero permanecer allí durante semanas supondría abandonar el resto de sus obligaciones y, probablemente, acabar sucumbiendo también a la influencia que impregnaba Usturna.
Cuando regresaron a la finca, los veinte elegidos ya se encontraban a bordo. A los demás les dieron toda el agua y el alimento que pudieron. Intentaron hacerlos beber, humedecieron sus labios y dejaron provisiones preparadas a la espera de poder regresar a por ellos.
El agua del pozo de la finca tenía un color verdoso y apagado.
—No la bebáis —advirtió Daradoth—. Está corrompida.
No olía a podredumbre ni había cadáveres en su interior. Simplemente parecía muerta, como si algo hubiera consumido su propia naturaleza.
Antes de que anocheciera, el Surcador abandonó el lugar.
El simple hecho de ascender proporcionó un alivio inmediato. La opresión disminuyó y el aire pareció más limpio. Aldur continuó dormido durante buena parte del viaje.
Symeon entró de nuevo en el Mundo Onírico. Desde allí contempló la región marchita y las pequeñas llamas blancas que aparecían dispersas por el terreno. Algunas se mantenían débiles, otras parpadeaban y se apagaban delante de sus ojos.
Cada luz que desaparecía era una vida que acababa de extinguirse.
El errante despertó sin decir nada.
Al atardecer del siguiente día, el Surcador regresó a Gwartan. El mal tiempo los había obligado a elevarse por encima de las nubes durante parte del viaje, pero el piloto consiguió orientarse y llevarlos hasta el campamento.
Yuria había aprovechado su ausencia. El Empíreo estaba prácticamente reparado. No se había limitado a devolverlo a su estado anterior: había reforzado las estructuras dañadas, revisado las líneas de sustentación y ordenado instalar un gran arpón en la proa, con un arco de giro amplio. También se habían incorporado parapetos móviles que podían levantarse durante un combate y abatirse cuando no fueran necesarios.
Seguía sin ser una fortaleza volante, pero estaba mucho mejor preparado para sobrevivir a un nuevo enfrentamiento.
La llegada de los supervivientes provocó una gran conmoción. Ilaith y Armen acudieron de inmediato. La reina contempló los cuerpos consumidos, los rostros hundidos y a los dos niños que los paladines transportaban en brazos.
—¿Esto es todo lo que queda de Usturna? —preguntó.
—Es lo que hemos podido traer —respondió Galad—. Hay más supervivientes. Muchos más, seguramente. Pero toda la región está impregnada por una fuerza que provoca desesperación. No sabemos cuánto tiempo podría resistir allí una persona normal.
—Cada minuto que pasa muere alguien —añadió Daradoth—. Pero enviar tropas sin preparación podría condenarlas también.
Aldur, ya despierto, pidió disculpas por haberse derrumbado.
—No tenéis nada de lo que avergonzaros —dijo Armen—. Si algo semejante ha sido capaz de vencer la voluntad de un paladín, no podemos tratarlo como un peligro ordinario.
Los rescatados comenzaron a mejorar lentamente al alejarse de Usturna. Los dos niños fueron los primeros en recuperar la capacidad de hablar con cierta coherencia. Aun así, ambos sufrían un trauma terrible. Se sobresaltaban ante cualquier sombra y se negaban a dormir si no había un paladín a su lado.
Al día siguiente, Galad trató de hablar con ellos.
—¿Podéis decirme qué sucedió en la casa?
Los muchachos se miraron.
—Las pesadillas —respondió uno, tembloroso—. Nos perseguían.
—¿Mientras dormíais?
El niño negó lentamente con la cabeza.
—Abríamos los ojos… y seguían allí.
Hablaron de sombras y monstruos que recorrían las estancias buscándolos. Sentían un sueño irresistible, pero habían conseguido mantenerse despiertos y ocultos. No sabían por qué habían sobrevivido cuando tantos adultos habían caído.
Galad examinó a los muchachos con sus sentidos sobrenaturales.
—Tienen poder —anunció—. Mucho más de lo habitual para alguien de su edad.
Quizá esa sensibilidad les hubiera permitido resistir. O quizá precisamente por ella hubieran sido capaces de percibir las criaturas que se movían entre el mundo material y los sueños.
Galad encargó a los paladines hacerse cargo de ellos. Cuando se recuperaran, podrían formarse como novicios si así lo deseaban.
La catástrofe de Usturna trastocaba todos los planes. Robeld de Baun había perdido su base principal, sus almacenes y uno de sus centros de poder, pero decenas de miles de inocentes podían haber muerto con ellos. Armen comprendía que debían intentar rescatar a cuantos pudieran, aunque también sabía que Esthalia no podía permanecer paralizada.
—Debemos reunir a los Grandes del Reino —dijo—. Alexadar Stadyr fue siempre uno de mis hombres más fieles. También debemos hablar con Woderyan Estigian y, si es posible, con Aleyre Shotald, la duquesa de Dahier. No podremos enfrentarnos a Robeld mientras cada señor actúe por separado, o en las filas del rey.
Ilaith debía permanecer en el frente, pero puso a disposición de la reina todos los recursos que pudo. El Empíreo, el Surcador y el Horizonte partirían juntos. Los dos últimos regresarían a la finca para rescatar a los supervivientes que habían quedado atrás, siempre durante las horas de luz. El Empíreo continuaría después hacia Strawen con Armen y sus compañeros.
Antes de partir, Daradoth advirtió a Ilaith:
—No permanezcáis demasiado tiempo en un mismo lugar. La Sombra os buscaba, y no sabemos cuántos de sus agentes sobrevivieron a lo sucedido.
La canciller asintió.
—Vosotros tampoco olvidéis que ahora lleváis en el dirigible algo mucho más valioso que cualquier ejército.
Miró a Armen.
La reina no respondió, pero su expresión dejó claro que comprendía perfectamente el peligro.
Los tres dirigibles partieron hacia el norte. Durante el viaje sobrevolaron a lo lejos la ciudad de Baun, solar de Robeld. Las tropas de la Federación habían cruzado el río y preparaban el asalto. Desde el aire, Yuria examinó las posiciones, los incendios y el movimiento de las unidades. Se irguió, orgullosa al ver que los planes que había trazado en Gwartan se seguían al dedillo y funcionaban a la perfección.
—No resistirá más de dos días —calculó—. Quizá menos.
Las fuerzas federales avanzaban con rapidez hacia las minas de hierro y pronto enlazarían con otros contingentes. El marqués de Arnualles se había visto sorprendido por la violencia de la ofensiva y todavía no había conseguido reorganizar una respuesta eficaz.
Una jornada después, los dirigibles alcanzaron de nuevo las proximidades de Usturna, esta vez siguiendo la línea de costa.
El olor llegó mucho antes que la ciudad.
Una pestilencia insoportable se extendía sobre el mar. A lo largo de varios kilómetros, la superficie se encontraba cubierta de peces muertos. Las olas los empujaban hacia las playas, donde formaban una alfombra putrefacta. No era solamente la tierra la que había sucumbido. La muerte se había adentrado también en el océano.
Cuando Usturna apareció en el horizonte, pudieron ver la ciudadela, el puerto y los barcos abandonados. De los galeones negros que habían estado anclados allí antes de la catástrofe, solamente quedaban dos. Los demás habían partido o habían sido evacuados.
Todo el puerto estaba cubierto de cadáveres. Había barcos amarrados a medias, mercancías abandonadas en los muelles y carros volcados. Nadie había intentado recoger nada.
El Empíreo se separó de los otros dos dirigibles y comenzó a aproximarse a la ciudadela. Querían comprobar si la esfera de inexistencia había crecido y si quedaba algún indicio de los elfos oscuros o de los agentes de la Sombra.
Symeon sintió algo por el rabillo del ojo.
Un destello, allá arriba.
Se giró, pero no había nada.
—He visto algo —advirtió—. Algo grande que se acercaba.
Galad intentó detectar cualquier presencia hostil. No encontró nada. Daradoth escrutó el cielo, pero tampoco descubrió ninguna forma ni movimiento.
Yuria alteró el rumbo para alejarse de la dirección señalada por Symeon, sin dejar de aproximarse a la ciudadela desde otro ángulo.
Entonces el errante lo vio.
Una criatura enorme, formada por sombras y fuego, se precipitaba desde el cielo hacia el Empíreo. La visión duró apenas un instante, como si el Mundo Onírico se hubiera superpuesto a la realidad.
—¡Cuidado! —gritó.
El dirigible sufrió un bandazo brutal, sin causa visible.
Los tripulantes resbalaron por la cubierta. Varios paladines cayeron al suelo y uno estuvo a punto de precipitarse por la borda, aunque consiguió agarrarse a la batayola. Yuria se aferró al timón y luchó por recuperar el control. No habían visto nada golpear el casco, no había corriente de aire y ninguna de las defensas parecía dañada.
Pero algo los había atacado.
Durante la maniobra, Galad pudo ver por fin la mancha de inexistencia.
Seguía en la entrada del edificio principal de la ciudadela, un círculo de negro absoluto en medio de la realidad. No parecía haber crecido, pero en cuanto fijó la vista en ella sintió que algo tiraba de su voluntad, invitándolo a acercarse.
El paladín permaneció unos instantes hipnotizado.
—La mancha sigue allí —alcanzó a decir.
—¡Apartaos de la borda! —ordenó Yuria—. ¡Atad las cuerdas y preparaos para otro impacto!
El Empíreo ascendió y viró hacia el mar. Symeon seguía mirando hacia el cielo, temiendo que la criatura volviera a aparecer. Sin embargo, en cuanto dejaron atrás la costa, no se produjo ningún otro ataque.
A veinte o treinta kilómetros de Usturna se reunieron con los otros dirigibles. Les transmitieron mediante señales que no debían aproximarse a la ciudad. Se limitarían a recoger a los supervivientes de la finca durante el día y abandonarían la región antes del anochecer. Si percibían cualquier fenómeno extraño, debían huir hacia el mar.
El Empíreo continuó hacia el este.
Al adentrarse en las tierras de Strawen, encontraron una región que parecía haber cambiado de dueño sin apenas combatir.
Los pueblos seguían en pie. Las aldeas no habían sido incendiadas y los campos permanecían cultivados, salvo por contadas excepciones. Sin embargo, en las torres y fortalezas ondeaba el yelmo ribeteado de Arnualles junto al estandarte de Esthalia.
En los pendones de Robeld aparecían ya los lambrequines reservados a la Corona.
Armen los contempló desde la borda.
—Está reclamando el trono —dijo—. Ya ni siquiera intenta ocultarlo.
—Quizá crea que habéis muerto en Usturna —sugirió Symeon.
—O quizá sepa que sigo viva y confíe en que nadie pueda encontrarme.
Más al sur vieron una gran columna de soldados de Arnualles que abandonaba el frente. Algunos marchaban hacia Usturna, seguramente preocupados por sus familias o enviados para averiguar qué había ocurrido. Otros contingentes descendían desde el norte con antorchas.
La ciudad de Strawen no mostraba daños de consideración, pero también se encontraba bajo el estandarte de Arnualles. Alexadar Stadyr no estaba allí.
Mientras continuaban hacia el este, divisaron una pequeña columna en una calzada: una docena de jinetes de Arnualles escoltaba varios carros y a cinco prisioneros encadenados.
—Quizá sepan dónde está el marqués —dijo Galad.
El Empíreo descendió delante de ellos.
Los soldados detuvieron la caravana y formaron con las armas desenvainadas. Sobre la borda aparecieron los paladines, envueltos en auras de poder. Galad dirigió su voluntad hacia el hombre que parecía estar al mando.
—¡Deponed las armas! —ordenó—. No tiene por qué derramarse sangre.
Uno de los paladines lanzó un rayo contra el suelo. La descarga hizo encabritarse a los caballos. Daradoth descendió desde el dirigible de un salto, aterrizando delante de la columna con una mano apoyada sobre la empuñadura de Sannarialáth.
La resistencia de los soldados se quebró.
Las espadas cayeron al camino.
El hombre que dirigía la caravana no era un militar, sino un recaudador de impuestos al servicio de Robeld. Afirmó que el marqués de Arnualles era ya su legítimo rey y que probablemente se dirigía hacia el frente sur.
—¿Y Alexadar Stadyr? —preguntó Daradoth.
El recaudador sonrió con desprecio.
—Huyó después del primer combate. Apenas presentó batalla con una pequeña parte de sus tropas. Dicen que se esconde como una rata en el monasterio de San Odran de los Brezos.
Los prisioneros eran terratenientes de varios pueblos que se habían negado a entregar impuestos a Robeld. Uno de ellos incluso había reunido una pequeña leva, que los soldados de Arnualles habían derrotado sin dificultad.
Durante el interrogatorio, el recaudador mencionó los rumores procedentes de Usturna.
—No sé qué habéis hecho allí, brujos malnacidos, pero las noticias que llegan desde el oeste son preocupantes.
El rostro de varios soldados cambió. Uno de ellos dio un paso adelante.
—¿Qué ha ocurrido en Usturna? Mis hijos viven allí.
El silencio cayó sobre el camino.
—En Usturna solo encontraréis muerte —respondió Symeon.
—¿Están muertos? —preguntó otro—. Mis hermanos viven en el puerto.
—Y mi mujer y mis hijos —dijo otro.
—No sabemos quién ha sobrevivido —intervino Galad—. Pero la ciudad ha sido destruida. Había elfos oscuros y servidores de la Sombra dentro de sus murallas. Vuestro señor permitió que entraran.
Uno de los soldados comenzó a llorar.
—Robeld sirve a Esthalia —dijo el recaudador, aunque su voz había perdido buena parte de la arrogancia.
—Robeld dice servir a Esthalia —replicó Daradoth—. Pero está reclamando la corona y se ha aliado con criaturas que han llevado la muerte a su propia ciudad. Averiguad a quién obedece realmente antes de volver a empuñar las armas por él.
Los soldados fueron desarmados, pero Galad y los paladines se negaron a ejecutar a hombres que se habían rendido. Los dejaron libres después de dispersarlos y advertirles que no intentaran seguirlos.
Los cinco prisioneros recuperaron sus caballos. Algunos querían regresar a sus pueblos para organizar la evacuación de sus familias; otros estaban dispuestos a guiarlos hasta el monasterio. Todos parecían resentidos con Alexadar, pues creían que el marqués los había abandonado, pero confirmaron que se encontraba en San Odran.
El Empíreo reanudó el vuelo.
![]() |
| Alexadar Stadyr, marqués de Strawen |
El monasterio de San Odran de los Brezos se levantaba sobre una colina cercana a la frontera con el ducado de Estigia. Era un lugar frío y austero, construido en piedra gris, rodeado por grandes campos de brezo. Tenía una capilla, una torre con campanario, huertos y un recinto amurallado suficientemente amplio para albergar a varios centenares de personas.
En lo alto de la torre ondeaba el estandarte de Strawen, aunque se encontraba medio recogido.
Dentro del recinto se amontonaban tiendas de campaña, caballos y soldados. Alexadar no estaba solo: conservaba todavía varios centenares de hombres y una parte importante de su guardia.
La aproximación del Empíreo provocó la alarma. Las puertas se cerraron y los arqueros ocuparon las murallas. El dirigible descendió en un campo cercano. Daradoth, Galad, Symeon y Faewald se dirigieron al monasterio, dejando sus armas en el Empíreo cuando los defensores exigieron que entraran desarmados.
—Venimos desde Rheynald —anunció Daradoth ante la puerta—. Queremos hablar con el marqués de Strawen.
—¿En nombre de quién?
—En nombre de la reina Armen.
Hubo un largo silencio.
Los dejaron entrar después de comprobar que no portaban armas ocultas. Fueron conducidos a una sala grande donde los esperaba Alexadar Stadyr, acompañado por su sobrino Daren, poco más que un muchacho, orgulloso e impulsivo, varios generales y un escriba.
El marqués había cambiado desde la última vez que lo habían visto. Tenía profundas ojeras, el rostro pálido y los hombros encorvados bajo el peso de las últimas semanas. Una mesa grande lo separaba de los visitantes.
—Los viajeros llegados con buena voluntad siempre son bien recibidos —dijo, aunque su voz estaba agotada—. Pero comprenderéis que, en estas circunstancias, la confianza es un lujo. ¿A qué debo vuestra visita?
Daradoth dejó sobre la mesa el anillo que Armen les había entregado.
—La reina desea reunir de nuevo a los Grandes del Reino. Quiere restablecer el orden en Esthalia.
Alexadar examinó el anillo, pero no lo tocó.
—¿Creéis que esto demuestra algo? Robeld también pronuncia el nombre de la reina mientras ocupa mis fortalezas y compra a mis vasallos. ¿Quién me asegura que no os ha entregado él mismo esa sortija?
—¿Creéis que un paladín de Emmán vendría a engañaros en nombre de Robeld? —preguntó Galad.
—Hay paladines luchando en sus ejércitos.
—Entonces no son verdaderos paladines.
Alexadar negó con la cabeza.
—Necesito algo más que palabras.
Galad invocó el poder de Emmán. Una presencia luminosa lo envolvió, aumentando su figura y llenando la sala de una autoridad casi tangible. Después proyectó sobre Alexadar una oleada de energía que alivió temporalmente su agotamiento.
Los generales del marqués llevaron las manos a sus armas.
Symeon pidió a todos que cerraran los ojos y activó durante un instante la luz sagrada de su diadema. Ninguna criatura de la Sombra reaccionó a ella.
—Solo quería asegurarme de que aquí no hubiera servidores ocultos de nuestros enemigos —explicó.
Alexadar permaneció en silencio.
—Supongamos que no servís a Robeld —concedió finalmente—. ¿Qué queréis que haga?
—Salid al patio —dijo Daradoth—. La prueba que pedís se encuentra allí.
—Si la reina está realmente cerca, no debe exponerse.
—No bajará hasta que vos mismo hayáis cerrado las puertas y garantizado su seguridad.
Alexadar dio las órdenes necesarias.
Faewald regresó al Empíreo. Poco después volvió acompañado por varias figuras encapuchadas. Armen caminaba en el centro, escoltada por paladines y hombres de confianza. Entraron en el monasterio con la máxima discreción y fueron conducidos a la sala.
Todos se pusieron en pie.
Durante unos instantes, nadie habló. Y entonces, Armen se quitó la capucha.
Alexadar abrió mucho los ojos. La fatiga desapareció de su rostro durante un momento, sustituida por una mezcla de asombro, alivio y emoción. Después rodeó la mesa, cayó de rodillas y bajó la cabeza.
—Majestad… Entonces es verdad. Estáis viva.
—Viva estoy —respondió Armen—. Y jamás entregué voluntariamente mi voluntad a Robeld de Baun.
El sobrino de Alexadar tardó unos segundos más en comprenderlo. Después también hincó una rodilla en tierra. Los generales, los guardias y todos los presentes los imitaron.
—Majestad —dijo Alexadar, con lágrimas en los ojos—. Entonces Strawen no ha caído. Solo hemos sido engañados.
—Levantaos, mis fieles.
Cuando volvieron a sentarse, Alexadar dirigió la mirada hacia los compañeros de la reina.
—Os debo más de lo que podré pagar jamás. No sé cómo conseguisteis rescatarla, pero tenéis toda mi admiración y todo mi agradecimiento.
Galad pensó en los muertos de Usturna, en las doncellas desaparecidas, en la mancha de inexistencia y en la ciudad convertida en un cementerio.
«Espero que haya valido la pena todo el sacrificio».
Alexadar explicó lo sucedido en Strawen. Robeld había presentado pruebas de que Armen estaba con él y de que ambos iban a contraer matrimonio. Muchos vasallos habían creído que, al rendirse, no traicionaban a la reina, sino que obedecían su voluntad.
—Solo pude presentar una batalla —confesó—. Después tuve que retirarme. Si hubiera combatido por cada pueblo y cada fortaleza, Robeld habría quemado las aldeas y hecho matar a mi propia gente. No quise concederle esa victoria.
—No habéis obrado como un cobarde —dijo Armen—. Habéis conservado a vuestros hombres y evitado una matanza. Gracias por eso.
—Los que permanecieron fieles creen que los abandoné. Los demás pensaban que servían a vuestra causa. Ahora que estáis aquí, quizá podamos recuperar la marca con rapidez, pero no será sencillo. Apenas dispongo de media legión. Mi hijo Alexann se encuentra más al sur con otra fuerza semejante. Robeld ha situado sus guarniciones de manera que puedan reunirse rápidamente si intentamos expulsarlas una a una. Sus generales parecen brillantes.
Armen le explicó que, a pesar de todo, contaba con el apoyo de Sermia y de la Federación de Príncipes Comerciantes, que les daban una ventaja decisiva. Alexadar se mostró inquieto.
—¿La Federación está invadiendo nuestro país, majestad?
—Sé cómo suena —respondió la reina—. Pero esa ofensiva forma parte de una guerra mucho mayor. Ilaith no gobernará Esthalia ni decidirá por sus nobles. Yo guiaré el reino. Pero necesitamos su ayuda para derrotar a la Sombra y a quienes se han aliado con ella.
Daradoth y los demás expusieron someramente lo ocurrido en la Federación, la nueva cancillería de Ilaith, la guerra civil entre los príncipes y la campaña iniciada contra Robeld, además de una ligera explicación sobre Luz y Sombra, mencionando las peligrosas dagas negras que el marqués ya conocía. Alexadar escuchó con una mezcla de sorpresa y preocupación.
—Necesitamos a los demás Grandes —dijo finalmente Armen—. ¿Qué sabéis de ellos?
—Poco. Mi situación me ha mantenido aislado. Pero las noticias que llegan de Estigia no son buenas.
—¿Qué ha ocurrido con Woderyan? —preguntó Armen.
Alexadar dudó antes de responder.
—El duque Estigian ha sido arrestado por los caballeros Argion.
Un silencio repentino se apoderó de la estancia.
—¿De qué se lo acusa? —preguntó Daradoth.
—Alta traición, connivencia con Robeld de Baun y otros cargos. Dicen que existen pruebas sólidas. Lo trasladaron a Arwex hace varios días.
—No lo creo —dijo Armen—. Woderyan jamás habría conspirado con Robeld.
—Yo tampoco —coincidió Alexadar—. Pero la acusación nos coloca en una posición terrible. Si los Argion condenan a uno de los Grandes por haber mantenido contactos ambiguos, ningún otro noble se atreverá a moverse. Y si lo absuelven sin una explicación convincente, Robeld afirmará que la Orden protege a los traidores.
—Robeld no necesita que Estigian sea culpable —dijo Symeon—. Le basta con que todos discutamos mientras él decide qué es verdad en nombre de la reina.
Alexadar asintió.
—Exactamente. Aunque vuestra aparición cambia la situación, majestad. Ahora podéis desmentir sus palabras.
Armen se puso en pie.
—Entonces debemos dirigirnos a Arwex cuanto antes. Pero no iremos solos. Necesitamos reunir a todos los aliados que podamos por el camino.
Alexadar volvió a arrodillarse.
—Os acompañaré, majestad.
—¿Y vuestra marca?
—Mi hijo y mi sobrino pueden mantener unidos a los hombres que quedan. Mi lugar está junto a vos. Además, antes de llegar a Arwex quizá podamos conseguir el apoyo de Aleyre Shotald. Si alguien puede ayudarnos a presentar un frente común ante los Argion, es ella.
Armen miró a sus compañeros.
Usturna había muerto. Robeld reclamaba la corona. Estigian estaba preso y la Orden Argion se disponía a juzgar a uno de los hombres más poderosos del reino.
Pero por primera vez desde su liberación, la reina de Esthalia volvía a tener a uno de sus Grandes arrodillado ante ella.
—Partiremos cuanto antes —sentenció.
Red de Rol
via Rol Ex Machina
July 13, 2026 at 08:21AM
