jueves, 21 de mayo de 2026

Entre Luz y Sombra [Campaña Rolemaster] Temporada 5 - Capítulo 25

Entre Luz y Sombra [Campaña Rolemaster] Temporada 5 - Capítulo 25

La Reina Armen en Usturna (y III)

Galad estaba agotado; recuperó su aspecto normal y se apoyó, jadeante, sobre la espada. Miraba al área negra —aunque el calificativo "negra" se quedaba inconmensurablemente corto para describir aquella ausencia de... todo— como hipnotizado, sintiendo escalofríos que recorrían su columna. Y no solo Galad; el grupo y, en mayor o menor medida todos los presentes en las proximidades, tuvieron que esforzarse para no mirar fijamente hacia la mancha.

«Mi señor Emmán, os juro que confío en vos ciegamente, pero esto... esto...», Galad apretaba los dientes y entornaba los ojos,  confuso.

Symeon se descubrió desviándose del camino hacia la reina para acercarse hacia el área de negrura, y tuvo que hacer uso de su fuerza de voluntad para reconducirse. Unos metros más allá, la reina había caído de rodillas, conmocionada, con lágrimas asomando a sus ojos, mirando fijamente la inexistencia. Se giró hacia Symeon, percibiendo su cercanía, y miró más allá de él, a la escalera, hacia Galad, con un gesto de horror. Y entonces, abrió más los ojos, como si se diera cuenta de algo. Se miró a sí misma y a su alrededor. «El influjo de Selene, o de quien fuera ha desaparecido», pensó Symeon, dándose cuenta también de que cualquier sonido procedente del exterior había sido suprimido.

El vestíbulo y los pisos superiores eran un hervidero de gente corriendo y gritando de forma caótica. Yuria miró alrededor y tras asegurarse de que la situación era segura, ayudó a Daradoth a levantarse. Galad canalizó algo de poder al elfo, que recuperó la consciencia; afortunadamente, su enamoramiento sobrenatural por Selene había desaparecido.

La mancha de inexistencia

Symeon llegó al lado de Armen, tendiendo su mano para ayudarla.

—¿Quiénes sois? ¿Por qué me ha pasado esto? —preguntó, azorada.

—Mi reina —urgió el errante—, mi nombre es Symeon, y venimos de Rheynald para rescataros. Coged mi mano y seguidme antes de que sea tarde, os lo ruego.

Armen no opuso más resistencia. Cogió la mano de Symeon y se levantó, recuperando la pose regia que la caracterizaba. Mientras se ponían en marcha hacia las escaleras, ella murmuró, confundida:

—Me... me iba a casar. Con Robeld de Baun. Lo amaba. ¿Cómo... cómo es posible? 

—Os habían hechizado, mi señora —dijo amablemente Symeon por encima del hombro—. Más tarde os lo explicaré, confiad en mí. Vengo de parte de lord Valeryan y lady Edyth.

Comenzaron a ascender las escaleras, acercándose al lugar donde se encontraban Yuria, Galad y Daradoth. La reina se detuvo de repente.

—P... pero... estáis con él —señalaba al paladín—, ¿no es así? 

—Es un enviado de Emmán, majestad, y os acaba de salvar la vida, contra todo lo que pueda parecer. Un paladín de Emmán. El más grande entre ellos, el propio Brazo de Emmán. 

—Pero... la mancha negra...

—Os lo explicaré más tarde, pero debemos salir de aquí o ya no podremos hacerlo. Apresuraos. 

Tras una brevísima presentación, se pusieron en marcha enfilando hacia el piso de arriba. Yuria aprovechó para preguntar a la reina acerca del paradero de Deoran Ethnos, el príncipe comerciante que habían apresado en la Confederación.

—Creo que lo encerraron en los calabozos hace unos días —contestó ella, jadeando—. Siento no saber más, pero no prestaba mucha atención más allá de los preparativos de la boda. La boda con Robeld de Baun, bendito Emmán, ¿cómo es posible? —se quedó pensativa.

«Quizá no pudieron ponerlo bajo su influjo como hicieron con ella», pensó Yuria.

—No os preocupéis, seguro que fue un hechizo. Pero si es así, creo que tendremos que desistir de su rescate —anunció—. Debemos volver al Empíreo inmediatamente, temo que ya no quede nada de él. 

—¿Empíreo? ¿Qué...? —comenzó la reina.

—Lo veréis enseguida, mi señora.

Antes de llegar al piso superior, un escalofrío en la nuca llamó la atención de Galad, Yuria, Symeon y Daradoth, que se giraron para mirar hacia la mancha negra. Cuatro enormes figuras habían aparecido alrededor de ella, mirándola fijamente. Sendas balanzas doradas brillaban en sus muñecas. 

—Maldición —espetó Symeon—, ya tardaban en aparecer. Rápido...

Se interrumpió, anonadado, al ver que los cuatro mediadores, que parecían en trance, daban un par de pasos hacia  la mancha y desaparecían, sin más. Aquella mancha... era tan... Symeon dio un pasos hacia abajo, sin darse cuenta. «¿¡Pero qué estoy haciendo, por todas las espirales!?». Se giró a sus compañeros, que miraban también fijamente la mancha negra.

—¡Vamos! ¡Reaccionad, no hay tiempo que perder! —instó, cogiendo de nuevo la mano de la reina y precipitándose hacia delante. El resto lo siguió. 

Los guardias y sirvientes habían formado un pequeño grupo en el vestíbulo, indecisos. Pero no se atrevían a acercarse a ellos, igual que los que había en el piso superior, que en lugar de intentar detenerlos, se alejaban lo más rápido y lo más lejos posible.

Otros cuatro mediadores aparecieron junto a la mancha, mirándola fijamente. Y junto a ellos, una figura mucho mayor, de unos tres metros de alto, encapuchada y con la vestimenta llena de runas. El coloso agarró a dos de los mediadores por el pecho, reteniéndolos.

—Otros cuatro, y uno de esos seres que vimos en Doedia —anunció Symeon—. ¡Vamos, vamos!

Pero no pudieron dar más de un par de pasos antes de que Galad, Daradoth y Symeon sintieran una voz estentórea en su mente que los compelió:

DETENEOS 

No pudieron evitar detenerse. Yuria siguió un poco más hasta que se dio cuenta de que los demás se habían parado.

SOIS LOS RESPONSABLES DE ESTO, 
Y QUIERO SABER CÓMO LO HABÉIS HECHO
 

Daradoth y Symeon no pudieron evitar pensar en la escena, y cómo Galad lo había hecho.

El paladín sintió enseguida cómo algo llegaba a su mente e intentaba escarbar.

Afortunadamente, en ese instante, cuatro mediadores más se materializaron en la escena, lo que requirió la atención del enorme desconocido. Yuria aprovechó la oportunidad, haciendo reaccionar a sus compañeros y se adentraron en el piso superior. Lo más rápido que pudieron entraron de nuevo a la que había sido la habitación de la reina, y sin tiempo a decir nada, Daradoth abrió un portal en el mismo sitio donde había estado el anterior, ya desaparecido.

Yuria suspiró y, por qué no decirlo, se llenó de orgullo. El Empíreo parecía haber sufrido un fuerte castigo, pero todavía estaba en el aire. Los ataques flamígeros habían parecido disminuir en gran medida.

—¡Vamos! —urgió—. ¡Hay que saltar!

Daradoth y Symeon no tuvieron ningún problema, les siguió Yuria, y por último Galad, que ayudó a Armen a saltar.

Yuria agarró con fuerza el timón y Symeon se situó bajo la válvula del globo con el artefacto enanil que le tendió Suras, accediendo a su poder al instante y lanzando una tremenda lengua de fuego sin esperar a las órdenes de Yuria.

Mientras el dirigible ganaba altura a una velocidad que a Yuria le parecía exasperantemente lenta y remontaba la línea de azotea del edificio del homenaje, a la ercestre le llamó la atención una sombra que percibió por el rabillo del ojo. Se giró. Allí, en la azotea de la torre más occidental, había una figura grande, aunque dentro de los estándares humanos, con una armadura azul marino de gran calidad y laboriosamente trabajada, y un yelmo impresionante. En la mano derecha empuñaba una lanza impresionante, que parecía devorar la luz de su alrededor y que proyectaba un aura de penumbra alrededor de él. Alzó el arma, haciendo el gesto de arrojar.

—¡Daradoth! —chilló—. ¡En la torre, nos ataca el brazo oscuro!

A pesar de su cansancio al haber sido expuesto a los efectos del talismán de Yuria, Daradoth se movió como un rayo y, llegando en un instante a estribor, lanzó a Sannarialáth hacia el enemigo. No tuvo éxito en su ataque, pero la espada, convertida en un rayo plateado, sorprendió lo suficiente al hombre de la armadura como para evitar que arrojara la lanza.

Los siguientes segundos fueron angustiosamente largos. Ni Daradoth ni Galad pudieron impedir que el brazo oscuro impactara con su lanza arcana en el Empíreo, provocando unas explosiones de tinieblas heladas que dejaron fuera de combate a un par de paladines y de pasajeros. Y, para dificultar más cosas, mientras se elevaban sobre la azotea, apareció por una puerta una elfa oscura. Daradoth sintió un escalofrío y la antigua herida del muslo le palpitó cuando vio que la elfa empuñaba una de las dagas negras de Trelteran, una kothmor; afortunadamente, el aturdimiento impidió que fuera presa de la visión roja. La elfa y otros dos elfos oscuros que la acompañaban se lanzaron a la carrera hacia el borde del terrado.

—¡Quieren saltar!  —rugió Daradoth—. ¡Van a saltar al Empíreo! ¡Más llama, Symeon!

Fue Galad el que tomó cartas en el asunto. Desde la proa vio el salto sobrenatural de los enemigos, y entonces, con una brevísima oración, canalizó el poder de Emmán. El aire se densificó ante los elfos oscuros, haciendo que se detuvieran en su salto y provocando su caída hacia el vacío. La lanza oscura impactó de nuevo en el dirigible, hiriendo levemente a un par de tripulantes, pero por fin la sabiduría de Symeon con el artefacto enanil y la mano experta de Yuria permitieron que el dirigible virara rápidamente y dejaran atrás la ciudadela. 

La reina Armen, en el centro de la cubierta, parecía extremadamente conmovida por todo lo que había sucedido en el último minuto escaso. 

—Nunca... nunca había vivido algo así —la escuchó murmurar Galad; la reina estaba casi sin aliento. Sus ojos, brillantes de emoción, contemplando el glorioso (aunque algo renqueante) vuelo del Empíreo.

Para gran pesar de Galad, uno de los paladines había resultado muerto durante el combate, y Aldur se encontraba herido de consideración. Aparte de ellos, había abundantes heridos en la tripulación, y Galad consumió hasta las últimas reservas de su poder para recuperarlos todo lo que pudo. Finalmente se tumbó, agotado y apenas consciente.

A una distancia segura, Yuria hizo descender el Empíreo. Las siguientes horas serían agotadoras, reparando y sustituyendo piezas y aparejo para dejar el dirigible en un estado aceptable.

Finalmente, ya descansados, con los marineros y algunos pasajeros trabajando en los parches, el grupo se pudo reunir en condiciones con la reina Armen. 

—Debo reconocer  —empezó ella, que previamente ya había tenido una conversación con Symeon y Daradoth, en la que le habían explicado la amenaza que enfrentaban y de lo que era capaz—, que estoy absolutamente sorprendida por todo lo que he vivido durante los últimos días, y las revelaciones que me habéis transmitido. Y debo felicitaros a vos —se giró hacia Yuria, señalando hacia el Empíreo— por la invención de tan gran ingenio. Pero todavía no tengo del todo claro a quién servís.

—Servimos a la Luz, mi señora —contestó Yuria—. Y dentro de sus rangos, servimos a lady Ilaith Meral, la Canciller de la Federación de Príncipes Comerciantes.

Armen permaneció pensativa. No le había pasado desapercibido el título de Ilaith ni el cambio en el nombre de la Confederación. Era una mujer inteligente. 

—Ya veo. Poco antes de empezar nuestra... no me voy a andar con perífrasis; poco antes de empezar nuestra guerra civil, me llegó noticia de que Alexann Stadyr había firmado una alianza entre nuestras naciones.

—Así es, mi señora —ratificó Yuria—. De hecho, en estos momentos, lady Ilaith debe de estar comandando sus legiones en el sur y entrando en Gweden por diversos puntos. 

Esto no pareció ser del completo agrado de Armen. Pero si quería salvar su país y ponerse al frente, no iba a tener más remedio que aceptar algunos tragos amargos.

—¿Y así de importantes le parecemos, Yuria? ¿Tan alegremente manda sus tropas en expedición a un país extranjero?

Yuria intentó armarse de paciencia; tenía muchas cosas en que pensar, pero aquella conversación era muy importante. 

—Ya os hemos dicho que el conflicto no es entre países, sino entre dos adversarios mucho más grandes y primigenios: Luz y Sombra. Supongo que Daradoth os lo habrá explicado con pelos y señales.

—Sí, así es, lo ha hecho.

—Pues, con todo el respeto —intervino Daradoth, cuya presencia todavía afectaba visiblemente a Ilaith y la hacía encogerse—, dadle la importancia que tiene. No penséis que esto son mezquinos conflictos políticos. Robeld de Baun es ahora una herramienta de Sombra y, como tal, hará todo lo posible por acabar con los fieles a Luz.  

—En la propia Usturna están persiguiendo a los emmanitas —añadió Galad, apretando los dientes en un gesto de rabia—, ¿qué puede haber más execrable que eso? Y nos hemos ido sin poder ayudarles, eso no puede quedar así, en algún momento tendremos que volver —miró al resto del grupo, esperando su afirmación. 

—Sí, lo siento por ellos Galad —dijo Yuria—. De todas formas, si la guerra evoluciona como espero, Usturna será liberada dentro de unas semanas o meses, y con ella los emmanitas.

Symeon rebulló discretamente. «Usturna y su gente tienen las horas contadas, amigo mío», pensó el errante. «Lo que has hecho va a atraer muy pronto a esos enormes engendros oníricos, y pocos de sus habitantes van a sobrevivir». Prefirió callar por el momento.

—Y la razón de que estemos aquí —continúo Daradoth— es que pensamos que sois la mejor candidata a reinar en Esthalia, y queremos ayudaros, igual que Ilaith. Llevamos preocupados por Esthalia desde hace mucho tiempo, desde que nos enteramos de la aparición de una daga negra en un barco naufragado.

La reina pareció recordar algo.

—Oh. ¿No seréis por ventura vosotros los que os reunisteis con el marqués de Strawen y pidieron una audiencia conmigo? 

—Los mismos, majestad. Querríamos haber llegado mucho antes para evitar lo que ha pasado, pero el hecho es que aquí estamos y vos os habéis liberado del influjo de esa mujer, de Selene.

A continuación, Daradoth puso a Armen en antecedentes de quién era Selene y los kaloriones. Le habló de la existencia (evidente, después de lo que habían vivido) de la magia y el poder sobrenatural, y le narró en profundidad el origen de Luz y Sombra y su conflicto metafísico. Como siempre que Daradoth hacía esto, el tirón invisible de la Vicisitud erizó el vello de todo el grupo, y arrastró a Armen en un remolino de atracción a la causa de Luz.

—Y me alegro sobremanera de que hayáis llegado, os lo aseguro. Desde hoy mismo empezaré a trabajar para derrotar a esa maldita Sombra. Gracias por esta revelación. Realmente me habéis iluminado, Daradoth. Gracias. Debemos trazar planes, entonces.

—Así es —coincidió Yuria. 

 





Red de Rol

via Rol Ex Machina

May 21, 2026 at 11:40AM