miércoles, 8 de abril de 2026

KILLER: en vivo ¡y a muerte!

KILLER: en vivo ¡y a muerte!

Del Killer ya hablamos brevemente en su día, el juego de rol en vivo de, en fin, matarse unos a otros. También vienen muchos escenarios donde te dan diferentes condiciones de victoria: todos contra todos (un clásico), dos equipos, en espiral (cada uno tiene un objetivo y, cuando te lo cargas, obtienes su objetivo)... A menudo, el secretismo es parte del juego y no sabes quién viene a por ti o si tienes aliados, lo que aumenta los niveles de estrés del juego, de por sí elevados. 

A grandes rasgos, el manual te describe diferentes armas INOFENSIVAS con las que apiolar a tus oponentes: pegatinas como si fueran cuchillos, pegatinas de veneno para pegar en los vasos, globos de agua para simular granadas, pistolas de agua para simular… En fin, imagino que lo pilláis. Los cuchillos eran populares porque eran baratos, pero el veneno también daba mucha risa, aunque costase Dios y ayuda ponerlo en la comida: eventualmente, la gente lo puso en sitios como en las botas de goma de hacer prácticas, bolígrafos y gomas de borrar. Los explosivos también se daban bastante, aunque no eran los globos llenos de harina que describe el manual, sino más bien papeles donde ponía “BUM” y cosas parecidas.



Las partidas de Killer se convirtieron en el buque insignia de La Granja de Gandalf. Las primeras partidas tuvieron tanto éxito que se repetirían a lo largo de los años a través de las diferentes generaciones de miembros del club. Siendo algo que se jugaba "en tiempo real", el resto del alumnado (y los profesores) eran testigos de las partidas y los "asesinatos" (a menudo, sin entender ni torta de lo que ocurría). Otro jugador y yo tuvimos un tenso encuentro en el hall de la facultad en pleno intercambio de clases, dando vueltas en círculo amenazándonos con “cuchillos” (una pegatina de mierda, no os creáis) al grito de “No te acerques, que te rajo” y otras lindezas. Imaginad la cara del personal.

 

O que un grupo de alumnos estuviera charlando en la cafetería y uno de ellos (el único de la Granja: algunos se esforzaban por tener una vida civil más o menos normal) se levantase sin decir palabra, sacara dos espadas (dos tubos de papel de cocina, no os vayáis a creer) y dejara listo de papeles a un enemigo que había visto.



Durante varios días muy estresantes, la facultad era el escenario de las mortíferas partidas en las que todo valía (al principio, al menos) para llevarte por delante a tus rivales. Algunas zonas eran seguras, como las clases durante horario lectivo (otra cosa era entrar por la puerta poniendo cara de loco para que otro jugador saliera corriendo por encima de las mesas hacia la salida de incendios donde le esperaban tus secuaces para apiolarlo), la biblioteca (en una ocasión, un jugador entró dentro rodando a la vez que un teléfono móvil-bomba que sonó dentro, matándole de facto), la cafetería (para poder zamparte un bocadillo de tortilla sin vomitarlo de puros nervios), los departamentos… Obedecía a motivos prácticos más que otra cosa, para que no nos metiera un puro el profesorado por andar jugando a indios y vaqueros. El mundo exterior a la facultad era seguro (aunque era posible irte a casa y morir envenenado o que te pusieran una bomba en la cartera dentro de la facultad) para garantizar un mínimo de civismo. 

 

Había gente que no iba a la facultad los primeros días del killer para que no les mataran al principio y tener más opciones de llegar al final. Ja y rejá, querido público.

También era seguro el cuartel general de los organizadores, por donde debías pasarte a diario a recibir un dinero que podrías emplear para comprar armas (no te las podías traer de casa) y demostrar que seguías jugando (ausentarse varios días de la facultad acababa en expulsión de la partida). Este cuartel general era, indirectamente, una trampa mortal porque aunque dentro no te podían matar, las emboscadas a la salida estaban a la orden del día y el saqueo de los cuerpos, también. Se vieron más de una vez emboscadas a la entrada, cuando solo quedaba un jugador de un equipo y los tres o cuatro del otro le esperaban armados hasta los dientes en la puerta para cuando viniera a firmar. Cada defunción se celebraba con la correspondiente necrológica que se colgaba en el panel público de la Granja, que era lo que la mayoría de la gente ajena al club veía y que fue, poco a poco, lo que la fue atrayendo. Ay, la carnaza y los tiburones. 

Como ya he dicho, las armas eran muy inocentonas. Así, si la policía te registraba (algo no del todo raro en los 90) y te encontraba una pistola de agua de plástico azul transparente, como mucho pensaba que eras gilipollas.



En una ocasión, un jugador metió una grabadora (de las de cinta) en el cuartel general y así se enteró de lo que tramaban muchos jugadores. Esto os puede dar una idea de que, si bien había unas reglas más o menos claras, la improvisación iba que volaba. La verdad es que valían más cosas al principio pero, a medida que jugábamos partidas, el juego se iba depurando para adaptarse a nuestras animaladas:

  • Se prohibió implicar a personas no jugadoras (no puedes llenar la mochila de tu novia no friki de explosivos y mandarla en plan talibán contra alguien desprevenido).

  • Se prohibieron los daños colaterales (total, porque puse una pegatina de veneno en la cafetera del bar y me lleve por delante a media docena de jugadores y unos cincuenta civiles no jugadores).

  • Se prohibió también dinamitar la facultad en parte o por completo como forma de resetear el juego.

  • Las pistolas eran originalmente "tubos de papel y decir pum-pum", pero generaba discusiones: esperé a un jugador a la puerta de la cafetería para soltarle DOS balazos (uno para cancelar su chaleco antibalas y el otro, para mandarlo al otro barrio) y el cerbatanazo con el que me obsequió de vuelta se consideró inválido porque ya estaba muerto. Las pistolas serían a partir de entonces pistolas de agua, menos rápidas. Debo admitir (aunque no me acuerde, pero el otro ya os digo yo que sí que se acuerda) que alguien me chivó de extranjis (y tan extranjis: los muertos no pueden revelar cosas a los jugadores) lo del chaleco antibalas y por eso disparé dos veces.

  • De estas hubo unas cuantas, pero qué risas. 



En un juego de matarse unos a otros, lo normal eran las puñaladas traperas. El secretismo no ayudaba a que la gente se relajara y aunque a menudo se forjaban alianzas, estas raramente duraban mucho. Se habló mucho de tres jugadores aliados que sembraban el terror en una partida hasta que dos de ellos fueron liquidados por la espalda de sendos cerbatanazos del tercero en discordia (un boli BIC y granos de arroz; lo normal era ir a la facultad con los carrillos llenos para soltar las perdigonadas sin pensarlo mucho acompañadas de una buena dosis de salivazos. El truco era sonreír para que los granos de arroz te bajaran por las comisuras). 

Este mismo jugador me la jugaría bien jugada en otra ocasión al fingir hacerme un placaje de risa para indicar que luego, jaja, nos teníamos que ir a entrenar a rugby. En clase de Producción Animal me informó en susurros que estaba muerto por la pegatina de veneno que tenía detrás de la rodilla y que me había puesto con el placaje. No he apretado más los dientes en clase en mi vida.

Porque mentir, estafar y liarla parda se hacía mucho. En el Killer de la mafia un jugador manipuló a una jugadora fingiendo ser de su equipo y la engañó para que le diese todo su dinero y poder comprar una pistola antes que nadie. En cuanto tuvo la pistola, ella fue la primera balaseada. Otro jugador bastante peludo se afeitó la barba y se puso una peluca sobre sus melenas, se vistió de profesor con unas gafas falsas y todo eso para matar a un solo jugador random que le miró con cara de quién coño es este señor y por qué me está matando. 

Una señora de la limpieza entró al cuarto de escobas y nos encontró a mí y a otro jugador escondidos a la espera de un incauto y se pensó que allí estaba pasando algo raro y sexual. No hubo tiempo para explicaciones porque el incauto de marras apareció, salimos en tromba y, como nos rompió la cuerda para estrangularle (una tira de papel higiénico), resolvimos tirarle contra la puerta metálica que habíamos electrificado (conectándola con otra tira de papel higiénico a un enchufe). Todo esto suena muy bestia, pero no dejaba de ser un juego tonto de pegatinas y papel higiénico. Los más pasados de vueltas usaban pistolas de agua, ojo con ellos.

A alguno le metieron una bomba en la taquilla y hablamos de unos tiempos en los que hablar de bombas era todavía tabú. En el edificio viejo que derribaron hace poco, las de la limpieza (eternas sufridoras de estas partidas) escucharon una conversación fuera de contexto sobre hacer saltar a alguien por los aires como si fuera Carrero Blanco. Y la gente quejándose del asesino de la katana aquel.

En mis tiempos hubo bastantes partidas de multitud de temáticas: mafia, ciencia ficción, fantasía y no sé cuántas más, y se siguieron haciendo con los años. En estos momentos, mientras terminas de leer esta entrada, tu enemigo te está preparando una buena... 






Red de Rol

via Rol de los 90

April 8, 2026 at 03:21AM