La Reina Armen en Usturna
Poco después, entraron en la taberna El León Rojo, situada cerca de la entrada oriental a la ciudadela. Allí, entre los parroquianos, había unos cuantos soldados sin uniforme, tomándose un descanso. Galad —que iba sumamente bien disfrazado— y Symeon aguzaron el oído. Algunos habían bebido un poco más de la cuenta.
—Es una locura eso de que ahora tengamos que vigilar los cielos —dijo uno en un momento dado—. ¿Qué brujería puede hacer que los enemigos surquen los cielos a bordo de barcos voladores?
—A mí también me parece una locura —este soldado parecía más sobrio—, pero por lo que he oído a los comerciantes de la confederación, tiene muchos visos de realidad. Consuélate con que, por lo menos, nos han traído nuevos "juguetes" para defendernos de ellos.
Al cabo de dos o tres horas, sin haber escuchado nada más interesante que esa conversación, decidieron cambiar de ubicación y vigilar un rato la puerta occidental, donde se les unieron Yuria y Faewald. Allí el tránsito era intenso, pues era la puerta que conectaba la ciudadela con el puerto. Al cabo de un rato, algo llamó su atención: una pequeña comitiva de enormes vagones tirados por bueyes, protegida por guardias, claramente procedente de la Federación de Príncipes Comerciantes. Los guardias y los carros lucían los colores de Armir.
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| Usturna |
—Los príncipes comerciantes, como es normal, están sacando tajada de esta guerra —dijo Yuria—. Esperemos que no haya nada más, porque supongo que el príncipe Tiladh estará resentido por no haber conseguido su tajada en el comercio de kregora.
—Y nunca estuvo realmente convencido acerca de la cancillería de Ilaith —añadió Symeon—. Pero no olvidemos que la Federación no ha declarado aún la guerra a Robeld de Baun, así que lo más seguro es que esto sea una actividad comercial legal y normal.
Acto seguido se dirigieron hacia el puerto. Este se dividía en el sector norte, en la otra ribera de la desembocadura, y el sector sur, el más cercano a ellos, a aquella parte del río. Allá a lo lejos, donde había calado suficiente (y suponían que también por discreción), se podían avistar las figuras de tres galeones negros anclados. En uno de los muelles se encontraban atracados tres barcos mercantes con los colores de Armir en sus pendones. Y entrando al curso del río surcaban las aguas otros dos barcos mercantes con los colores del principado de Adhëld, impulsados por dos líneas de remeros.
Se dirigieron a una de las tabernas cercanas, donde pronto detectaron un grupo de personas hablando en demhano. Galad se aproximó a ellos y no tardó en entablar conversación invitándolos a una copa. Fingiéndose ignorante, les pidió información sobre la Confederación.
—Ya no somos una Confederación, amigo —respondió uno de los marineros—. Ahora somos una Federación, y nos rige la canciller Ilaith. Dicen que es una guerra y científica fuera de serie.
Según le dijeron, las mercancías que llevaban eran muy normales: sal, especias, grano... nada fuera de lo común. «No parece que estén haciendo nada ilegal, desde luego». Entonces, intervino otro de los integrantes del grupo:
—Lo que sí que me llamó mucho la atención —arrastraba un poco las eses— fue esa yegua nívea que trajimos en un compartimento especial. ¿No la viste, Serim?
—La verdad es que no.
—Yo la pude ver por un momento. No venía en nuestro barco, pero en aquel de allá —señaló otro de las naves armirienses— viajaba en un apartado especial de la bodega. Una yegua de Semathâl, de la estirpe de los Ifritai. Blanca, con crines y cola violáceas. Magnífica. Casi sobrenatural.
—¿Un regalo? —preguntó Galad.
—Pues no tengo ni idea. Pero era bellísima.
Sobre los galeones negros no pudieron decirle nada de utilidad. Así que Galad decidió cambiar a una conversación más inofensivas.
—¿Estaréis en Usturna muchos días?
—No, regresamos mañana mismo. Es un viaje de abastecimiento rutinario.
A continuación, las palabras dejaron paso a la bebida; los marineros retaron a Galad a una competición, pero él se negó educadamente, y volvió junto a sus compañeros. Compartió toda la información que había sonsacado.
—¿Creéis que esa yegua puede ser un regalo de Arnualles a la reina Armen? Según nos dijeron, ha estado largo tiempo enamorado de ella; quizá pretenda contraer esponsales para legitimar de alguna manera su aspiración a hacerse con Esthalia. Aparte de que es posible que esté realmente enamorado, claro.
—Podría ser —coincidió Symeon—. No podemos descartar nada.
La siguiente hora la emplearon para observar y memorizar la estructura de la ciudadela, y que Yuria pudiera hacer un croquis que les sirviera para planificar una posible incursión en busca de Armen. De vuelta en el Empíreo, Daradoth la ayudó a completarlo, describiéndole lo que había visto desde el aire. Durante largo rato estuvieron discutiendo su curso de acción. Finalmente, decidieron que la mejor opción sería que Daradoth usara sus poderes para sobrevolar la ciudadela y explorarla para detectar alguna señal de presencia de la reina.
Esa misma noche, Daradoth dejó el Empíreo, se acercó a pie, y se elevó desde el exterior de la ciudad. Lo primero que le llamó la atención fue que, desde cada torre del perímetro de la ciudadela, un cono de luz se proyectaba hacia arriba, moviéndose de un lado a otro. Haciendo uso de sus capacidades de invisibilidad no le costó evitar ser detectado, y sobrevoló la muralla. Desde allí arriba, pudo ver que los conos de luz eran proyectados por sendas diademas que lucían otros tantos ástaros atezados en sus frentes.
Tras superar la muralla interior, se elevó sobre la torre. Y allí, en la parte más alta, pudo ver cinco figuras. Cuatro de ellas estaban encapuchadas, la quinta no, revelándola como una elfa oscura. Una elfa oscura que parecía hacer decaer la luz a su alrededor; este efecto tuvo su explicación cuando Daradoth se apercibió de la daga que llevaba en su cinto. «Maldición, la kothmor». Al sentir la sombra, se le erizó el vello de la nuca y su corazón se aceleró; su visión se tornó roja. Desenvainó a Sannarialáth y se acercó a ella todo lo deprisa que su hechizo de volar le permitía, amparado todavía en su invisibilidad.
No obstante, cuando apenas se encontraba a unos cincuenta metros de distancia, la elfa volvió la cabeza hacia él. Daradoth pudo, en ese momento, contener su sed de sangre, y se detuvo en el acto, presa de un sudor frío y de recuerdos de un insoportable dolor; la vieja herida de su muslo palpitaba. Comenzó a retroceder, de espaldas.
La elfa empuñó la daga negra, envolviéndose todavía más en el aura de sombra. Daradoth bajó su altura para protegerse con la muralla, y se alejó rápidamente. Volvió al Empíreo y se reunió de nuevo con los demás, un poco conmocionado.
—Tal y como yo lo veo, lo mejor es que vuelvas a intentarlo a mediodía —propuso Yuria—. Seguro que es más fácil que por la noche.
—Podemos sobrevolar la ciudadela a gran altura con el dirigible y usar la lente ercestre para asegurarnos de que no hay elfos en la torre —añadió Faewald.
Y así lo hicieron. El día siguiente, alrededor de mediodía, el Empíreo sobrevolaba la ciudadela indetectable, a enorme altura. Con el catalejo, Daradoth pudo ver que en el techo de la torre solo había dos soldados. Humanos. Suspiró con alivio.
—Aun así —dijo, contando lo que veía a sus compañeros—, prefiero permanecer vigilante y averiguar su rutina, antes de lanzarme a un nido de víboras.
Así que permanecieron estacionarios y vigilando desde el dirigible durante unas horas. El número de soldados fue cambiando a lo largo del día, pero ni rastro de la elfa oscura y sus compañeros. Ya por la tarde, prácticamente anocheciendo, los soldados se retiraron, dejando la azotea vacía. Aproximadamente quince minutos después, hacían acto de aparición tres figuras encapuchadas. Parecía que no querían coincidir con los humanos. «Perfecto, será más fácil así».
Tras descansar, poco antes del mediodía, volvieron a sobrevolar la ciudad, y Daradoth desapareció de la vista y se lanzó hacia la ciudadela. Lo primero que le llamó la atención fue la presencia de un nutrido grupo de caballos que el día anterior no habían estado allí. Pero enseguida se centró en el edificio del homenaje; había cuatro guardias en el tejado, pero esperaba que no supusieran ningún problema.
Tras un descenso algo accidentado, Daradoth se dispuso a inspeccionar todas las ventanas abiertas que hubiera en las fachadas de los cuatro pisos. Y tuvo fortuna. En la esquina noreste del edificio, a través de una de las pocas ventanas abiertas (reforzadas todas ellas, eso sí, con gruesas rejas), vio una habitación ocupada por cuatro mujeres. Tres de ellas parecían doncellas, y la cuarta, a la que dedicaban sus atenciones, sin duda coincidía con la descripción de la reina Armen. Parecían estar ayudándola a probarse un aparatoso vestido de ceremonia, y no había guardias presentes. Daradoth se quedó inmóvil, a la escucha.
—La verdad es que estoy realmente emocionada —dijo la reina.
—Sí, mi señora —contestó una de las doncellas—, va a ser una boda preciosa. Magnífica.
«Una boda, maldita sea», pensó Daradoth. «Y ella no parece forzada en absoluto. ¿Acaso le han lavado el cerebro? ¿La habrán coaccionado? ¿O hechizado?». No podía esperar más; decidió utilizar sus poderes sin reservas, y abrió un pórtico en la fachada del torreón. Lo atravesó y se hizo visible, ante las miradas sobrecogidas de terror de la reina y sus doncellas.
—¡Rápido! —gritó una—. ¡Vámonos de aquí, nos atacan!
El resto del grupo reaccionó, con dos de las doncellas agarrando a la reina para ponerla a salvo. Daradoth chasqueó los labios con un gesto de contrariedad. Decidió salir de allí y volver con sus compañeros. Les contó todo lo que había averiguado.
—Pues la situación es peor de lo que imaginaba entonces —dijo Yuria—. No solo se va a casar, sino que lo va a hacer voluntariamente.
—Algo raro pasa —dijo Galad.
—Sin duda. Tenemos que sacarla de allí y deshacer el hechizo, o el influjo que tengan sobre ella. Pero ahora va a ser mucho más difícil.
Por la tarde, Aldur se encontró aparte con Galad. El gigantesco paladín estaba preocupado por el destino de los creyentes de Emmán a los que estaban arrestando. Según había escuchado, los llevaban a un "centro de reeducación". Quizá podrían rescatar a algunos de ellos, si no a todos.
—Me sorprende lo poco que has pensado en esto, Galad.
—Es cierto, y me disculpo por ello —se santiguó—. Y tienes razón, pero tenemos asuntos muy urgentes que reclaman nuestra atención. Pero no te preocupes Aldur, haremos cuanto esté en nuestra mano.
Más tarde se reunieron de nuevo, para planificar la incursión definitiva que les permitiera sacar a Armen de allí. Le dieron muchas vueltas, porque era realmente complicado. Finalmente, Yuria zanjó la discusión, que parecía que no iba a acabar nunca:
—Ya está bien. Haremos lo siguiente: con el sol alto, sobrevolaremos la ciudadela a una altura suficiente para quedar fuera del alcance de sus proyectiles, y descenderemos con una maniobra brusca hasta la explanada junto a la torre. —Pensó durante unos momentos, haciendo unos garabatos en papel—. Haciendo cálculos de presión y temperatura, calculo que puedo hacer que el Empíreo descienda unos trescientos metros en poco más de treinta segundos. Será duro, no os voy a engañar, y nos lanzarán un montón de ataques, pero creo que la nave resistirá, dudo que las flechas o los pivotes supongan un problema serio. El verdadero problema serán los hechizos; teniendo artefactos que proyectan conos de luz, seguramente tendrán más sorpresas.
—Los paladines pueden encargarse de eso —dijo Galad.
—Parece arriesgado, pero realmente no veo otra alternativa —añadió Daradoth.
—Hagámoslo —a Faewald le brillaban los ojos, emocionado ante la perspectiva de salvar a su reina—, tenemos que rescatar a su majestad y execrar a ese arribista.
—Sí, pero será mañana, porque acaba de caer la noche —zanjó Yuria, aguando un poco las expectativas de Faewald.
Así que se retiraron a descansar.
Pero no fue una noche tranquila. Cuando hacía un par de horas que Symeon había conciliado el sueño, algo lo sacudió. Una especie de onda de choque que conmovió su consciencia, y que lo hizo despertarse durante unos segundos en el mundo onírico. Vio a Nirintalath fugazmente, mientras sentía la fuerza pasar a través de su cuerpo, y se despertó en el mundo de vigilia. Agarró el pomo de Nirintalath y le preguntó mentalmente si era seguro que accediera al mundo onírico; no recibió una respuesta en palabras, sino más bien sensaciones, e, interpretando que lo que le había transmitido era seguridad, entró a la dimensión superior.
Todo parecía tranquilo; se encontraba a bordo de la representación onírica del Empíreo, y la figura de Nirintalath en su forma de muchacha se encontraba de pie, paciente, a su lado. Pero enseguida le llamó la atención algo: una enorme e infinitamente alta columna de Sombra, que se erguía donde debía de encontrarse el edificio del homenaje de la ciudadela en el mundo de vigilia. Tras unos minutos, la columna palpitó con un leve zumbido unas cuantas veces, y luego volvió a su estado de reposo.
—Por favor —dijo, volviéndose hacia Nirintalath—, haz el favor de avisarme si sucede algo fuera de lugar.
Nirintalath, que estaba muchísimo más calmada desde que hacía unos días había sentido el dolor del ejército enemigo, se limitó a asentir con la cabeza. Symeon reunió inmediatamente al grupo para explicarles lo que pasaba. Galad apostó por que se trataba de un portal, y que alguien debía de haberlo atravesado.
—Pero de todas maneras no podemos hacer nada, así que me seguiría ciñendo al plan que trazamos ayer. La clave está creo yo, en que debemos hacerlo rápido, para evitar contraataques.
—Descansemos, pues —apostilló Yuria—. Necesitamos estar despejados por la mañana.
A media mañana, sobrevolaron la ciudadela de nuevo; bajaban lentamente, mientras se preparaban para la incursión, Aldur organizaba a los paladines y Daradoth miraba por el catalejo. Los guardias de la muralla, entre los que se contaban varios ástaros, no los veían, pero permanecían atentos.
—Tenemos que ser muy rápidos en esto, Yuria. No creo que podamos aguantar mucho tiempo defendiendo el...
Se interrumpió. En la azotea había tres figuras encapuchadas... y algo más.
—Hay tres elfos oscuros encapuchados, que miran de vez en cuando hacia arriba haciendo visera con la mano. Ni rastro de humanos. Diría que no quieren hacerlos coincidir. Pero lo más extraño es que entre los elfos, encadenado al suelo de la azotea, hay un arcón cerrado. Y parece un artefacto mágico en sí mismo.
—¿Será eso lo que notó Symeon esta noche? —aventuró Galad.
—Pues es muy probable —Yuria chasqueó la lengua, y se dirigió rápidamente al timón—. ¡Suras! ¡Egrenia! ¡Navegantes! ¡Preparaos, porque va a empezar el baile!
Daradoth tendió el catalejo a Symeon. Puso las manos en los hombros de sus amigos, desapareció a la visión mundana, y se lanzó por la borda. Voló rápidamente hasta la misma ventana del día anterior, rogando a Nassaroth que no hubieran cambiado los aposentos de la reina. La ventana estaba entreabierta, así que Daradoth escuchó. Soltó un suspiro de alivio cuando oyó la cháchara de las doncellas, y entre las voces, la de Armen, que recordaba claramente de la incursión anterior. Y además, sonaba un arpa.
—La reina está aquí —transmitió su voz a través del Ebiryth, donde Yuria lo oyó claramente—. En la habitación que os dije ayer; proceded.
Yuria inspiró hondo y empuñó los mandos del dirigible, mientras Symeon recibía el artefacto enano de manos de Suras. El dirigible fue describiendo círculos, bajando de cota a una velocidad considerable, lo que alteró el estómago de algunos de los pasajeros. El Empíreo vibraba, fulguraba y se encontraba envuelto en las quedas fanfarrias celestiales que anunciaban el empleo del poder de Emmán.
Abajo dieron las voces de alarma, y comenzaron a sonar las campanas. Ya habían visto el ingenio volador y se aprestaban a hacerle frente. Symeon se aseguró, enredando el brazo en una jarcia, dispuesto a usar el artefacto en cuanto recibiera la señal de su amiga.
El Empíreo llegó a la cota aproximada de trescientos metros. Una bola de fuego surgió de una de las torres dirigiéndose hacia ellos; pero no tuvo el alcance suficiente, y explotó antes de alcanzarlos.
—¡Suras, Egrenia! —rugió Yuria—. ¡Ahora!
Los tripulantes abrieron las compuertas y escotillas necesarias para prácticamente vaciar la bolsa de gas del dirigible, y este se precipitó en una caída vertiginosa hacia tierra. Galad, Symeon, Aldur, Faewald y la propia Yuria sintieron como si durante unos instantes sus pies y sus estómagos quisieran separarse de la madera de cubierta y de sus cuerpos respectivamente. Algún miembro de la tripulación perdió el equilibrio y la compostura durante unos segundos.
Daradoth hizo aparecer un pórtico en la fachada. Quien estaba tañendo el arpa, al parecer un juglar de largo bigote y perilla, dejó de hacerlo, y las mujeres dejaron de charlar y reírse. Todos se callaron y miraron hacia él, cuando entró, ya visible. No parecía haber guardias en la habitación.
—Mi señora... —empezó Daradoth, pero las mujeres ya habían reaccionado. Se habían levantado y se aprestaban a salir hacia la puerta.
El Empíreo cayó durante unos treinta segundos. Decenas de flechas y pivotes de ballesta golpearon contra el casco y el globo, y alguna alcanzó a alguno de los pasajeros, sin herirlos de gravedad. Los paladines levantaron sus protecciones celestiales, invocando el poder de Emmán, y consiguieron anular la mayoría de las bolas de fuego que les lanzaron desde las murallas. Pero una de ellas traspasó las defensas, e impactó en la proa de la nave. Dos de los paladines, Egrenia, Sharëd y Arakariann fueron afectados por el fuego, afortunadamente sin efectos graves. Pero un conjunto entero de jarcias fue afectado, resintiendo así la navegación del dirigible.
Red de Rol
via Rol Ex Machina
March 26, 2026 at 10:50AM
